Mi espada, mi conjuro.
La puerta. Magia.
La mazmorra. Un troll.
Nos gusta la fantasía

"Sabe, oh príncipe, que entre los años en que los océanos anegaron Atlantis y las resplandecientes ciudades [...] hubo una edad no sonada en la que brillantes reinos ocuparon la tierra como el manto azul entre las estrellas."

LA

en la tinta

Mi espada, mi conjuro. La puerta, magia, Igni. La mazmorra,
un troll. El mundo. Nos gusta la fantasía.


- La fantasía es la poción mágica de la literatura -

Nuestra
definiciónde
Fantasía

Dícese de tener la espada a mano y el conjuro aprendido, abrir la puerta a ganzúa, recorrer las mazmorras, enfrentarse al troll, al gnoll y al conjurador de la torre. Explorar un universo imaginario... o no.

Russ Nicholson

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noviembre 13, 2013

Reseña: 'Kraken', de China Miéville

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China Miéville irrumpió en el año 2000 de la mejor forma posible, con Perdido Street Station (“La estación de calle Perdido”, La Factoría de Ideas en castellano en 2001); era fantasía del nuevo milenio, rompedora, inclasificable, caótica, y arrasó con todo ganando el Arthur C. Clarke Award y el British Fantasy Award de 2001, quedando nominada al Hugo, al Nebula, al World Fantasy, al Locus y al British Science Fiction Award. En ella presentaba la ciudad de Nueva Crobuzón en el mundo de Bas-Lag (de inspiración steampunk), el mismo donde seguiría con sus dos siguientes novelas, The Scar y The Iron Council, ambas multipremiadas y nominadas a tantos otros premios (y también editadas por La Factoría de Ideas como “La cicatriz” y “El Consejo de Hierro”).

Quizás interesado en experimentar fuera de Bas-Lag, sus siguientes novelas, Un Lun Dun (2007), The city & the city (“La ciudad y la ciudad”, La Factoría de ideas), Kraken (2010), Embassytown (Fantascy, 2013) y Railsea (2012), las establecería en otras localizaciones, a menudo nuestro propio mundo apuntándose a lo que hoy se conoce como fantasía urbana. Muchas de ellas fueron premiadas o nominadas también, y es que Miéville parece despertar pasiones haga lo que haga.

Aparte de sus novelas, China Miéville ha guionizado cómic para DC ("Hellblazer" y la actual serie de "Dial H for Hero") y escenarios de campaña de "Pathfinder", a parte de militar en la International Socialist Organization y la International Socialist Network, y ser candidato para el Socialist Workers Party en UK en las elecciones de 2001. Habiendo estudiado antropología social, doctorándose en Relaciones Internacionales por la London School of Economics (2001), en la actualidad enseña escritura creativa en la universidad de Warwick. Con un currículum tan impresionante, es de extrañar que pueda mantener un buen ritmo de publicaciones (académicas, además de obras de ficción), y sin embargo lo logra, manteniendo un nivel de calidad altísimo. Y es que China Miéville es un genio; y como tal, siguiendo el tópico, un excéntrico. Así lo atestiguan sus novelas, que suelen mezclar las ideas más extravagantes con una soltura casi "vanceana" para crear mundos surrealistas, desbordantes de imaginación, y a la vez, coherentes y creíbles.


“Las soluciones que propone a los dilemas que va planteando desde el inicio de la narración son, a veces, brillantes”
Kraken, la última de sus obras publicada en España de la mano de La Factoría de Ideas (premiada en 2011 con el premio Locus a la mejor novela de fantasía), es un perfecto ejemplo de ello, la quintaesencia de Miéville y la demostración de que se pueden plantear los conceptos más retorcidos y desarrollarlos sin caer en el absurdo que un autor menos hábil no podría esquivar. Y es que Kraken parece, bajo un primer escrutinio, una locura, puro delirio: el Kraken, pieza estrella de la exposición, ha desaparecido, literalmente, del museo; ¿cómo puede alguien robar ocho metros de calamar gigante ("Architeuthis Dux") flotando en un tanque en formol sin que nadie, ni los guardias, ni los visitantes, ni ningún encargado se percate? Billy, uno de los conservadores tampoco se lo explica, y por más que insista en su desconocimiento, extraños personajes empiezan a aparecer en su vida empeñados en que está vinculado de algún modo con todo el asunto. Una brigada especial de la policía dedicada a documentar y contrarrestar (cuando suponen un peligro) los cultos y sectas que brotan como setas en el cuerpo del Londres oculto quiere reclutarlo para la investigación al mismo tiempo que la secreta iglesia del Kraken lo reclama como profeta. El Tatuaje, el bidimensional señor de los bajos fondos, manda a capturarle a dos esbirros, Goss y Subby, cuyo mero nombre evoca las escenas más desagradables de los últimos cientos años de historia londinense. Y por sobre de todos ellos flota una sensación de malestar de origen incierto, de inminencia, un miasma psíquico de miedo y expectación que sugiere que esta vez si, esta vez el final de todo está realmente cerca. La solución de Billy ante este embrollo es una huida hacia adelante; un intento de escapar a esta situación donde se ha metido sin saber cómo ni porqué, a base de intentar resolverla.

La desaparición del Kraken puede ser solo un "mcguffin" para introducirnos en el complicado submundo de Londres, una ciudad que vive a la sombra de la que todos conocemos, por donde se mueven magos, cultistas, entidades sobrenaturales sindicadas, bandas de maleantes místicos y reyes del crimen enfrentados; o puede tratarse realmente del desencadenante del fin del mundo, por el que tantos suspiran, deseosos de un final –y una otra vida feliz y definitiva– tras este mundo convulso y cada vez más agotador. En esta comedia oscura entran y salen excelentes personajes e inolvidables secundarios, tales como Leon (que parece un alter ego del própio Miéville), Billy, Wati (el líder sindical de los familiares mágicos), Goss y Subby, el Tatuaje, Dean Purcell, los Londromantes, el camaleón proletario, Colingswood, y muchos, muchos más; moldeados con este humor oculto bajo una capa de total seriedad que los hace a todos entrañables. Y el mayor personaje de todos es quizás (a parte del Kraken) la propia ciudad de Londres; Miéville parece estar obsesionado con las ciudades, ya que en todas aquellas de sus novelas que he leído las trata casi como entes vivos e independientes, formados por millones de células humanas, cemento e historia acumulada en sedimentos. La propia ciudad (Londres, Nueva Crobuzón, las ciudades hermanas de La ciudad y la ciudad) toma parte de los acontecimientos, ya sea personalmente o a través de sus agentes; pero no es nada raro en un contexto donde el mar mismo tiene una embajada en la ciudad, como la tienen tantas otras fuerzas sobrenaturales.


Este concepto de las ciudades parece heredero del planteado por Fritz Leiber en su Nuestra señora de las tinieblas, novela de terror donde creaba la práctica mágica de la “Megapolisománcia”, técnica mediante la cual se podía usar y canalizar el poder inherente de las urbes para fines personales; más tarde, Warren Ellis usaría la misma idea para crear a Jack Hawksmoor, dios de las ciudades, uno de los miembros originales del cómic “The Authority”; pero en ninguno de estos otros ejemplos el autor logra crear una sensación de personalidad propia tan marcada para su ciudad como Miéville.

“Una novela completa y bien tramada, ágil, entretenida y compleja”
Kraken es, definitivamente, fantasía urbana, pero está a las antípodas de otros ejemplos (los libros de “Harry Dresden”, por ejemplo) de este subgénero en alza; al lado de la fantasía punk de Miéville, la mayoría de las demás parecen inocentes y desprovistas de color. Olvidémonos, cuando leemos a Miéville, de los arquetipos del género; sus magos no siguen el estereotipo Merliniano: aquí son arúspices de Londres que con una sierra mecánica abren la piel de asfalto de la ciudad para leer las tripas de la urbe y agentes de policía desaliñadas con más instinto que entrenamiento formal. Aquí, entre las páginas de Kraken, “villanos” y “héroes” son conceptos abstractos y completamente desdibujados; solo hay intereses, e intereses opuestos.

Y hablando de intereses, el interés de Miéville por temas sociales se nota en varios puntos, siempre de forma discreta; sus ideas políticas se deslizan de forma casi subliminal y toman una gran fuerza bajo el aspecto de metáforas como la huelga de familiares mágicos y el modo como termina, o la relación del poder establecido con el Tatuaje, rey de los bajos fondos. Este tipo de relaciones también se podían establecer en su trilogía de Bas-Lag, especialmente en El Consejo de Hierro, donde se respira un agradable espíritu antisistema.

Desde un punto de vista más “técnico”, Kraken me parece casi irreprochable. Como viene siendo frecuente desde los tiempos del Drácula de BramStoker, la narración corre a cargo de más de un protagonista, con lo que obtenemos una mejor visión de conjunto. Esta técnica contribuye, además, a agilizar las cosas y a poder cambiar de escenario fácilmente saltando de un narrador a otro sin pasar por entre medios aburridos entre acción y acción. Miéville usa el lenguaje sin pudor, adaptando o inventando términos según le conviene, dando con ello sensación de mayor realismo. La trama principal se resuelve, creo, de forma correcta y limpia, sin demasiados cabos sueltos; y en más de un momento uno tiene que reconocer que las soluciones que propone a los dilemas que va planteando desde el inicio de la narración son, a veces, brillantes. Quizás, si es que hay que encontrarle algún defecto, diría que uno o dos de los personajes evolucionan hasta finales que parecían poco dignos de su peso dramático, pero tal vez esto se puede achacar o a un intento de reforzar el realismo (en la vida real, el peso dramático que uno tenga no influye para nada en lo que tenga que pasar) o a otra muestra del humor negro del autor.


En resumen, la saga de Bas-Lag (La cicatriz, La estación de la calle Perdido, El Consejo de Hierro) es la trilogía por la que conocí a Miéville, y me gustó tanto que cada vez que anunciaba otra obra no perteneciente al ciclo de Bas Lag, solía predisponerme negativamente a ella. Citando a Neil Gaiman (en el documental The people vs. George Lucas), “Los fans saben exactamente lo que quieren; los fans quieren más de lo último que han leído y les ha gustado. Eso es lo que los fans quieren. Les ha gustado esto que hiciste, quieren otro igual [...]”. No innovar, no arriesgarse; me identifico con esto. Como fan de muchas obras de ficción, es difícil aceptar que el autor quiera diversificar, tomar otros caminos, experimentar; cuando amamos unos personajes, un mundo inventado, queremos que sus creadores lo sigan alimentando; nos apropiamos de su creación. Si Tolkien siguiera vivo, no se le pediría que emprendiera un nuevo proyecto; se le exigiría más acerca de El señor de los anillos. Una segunda parte. Un spin off con alguno de sus personajes. Reconozco que es una actitud inconsciente normalmente, e infantil; pero aún así, completamente normal cuando nos movemos en estos campos de la fantasía, donde el autor nos lleva a evocar otra realidad y, si lo hace con maestría, consigue que la añoremos cuando termina el libro,

Esta era exactamente la sensación que tenía con Miéville. Disfruté tanto sus novelas de Bas-Lag que tenía cierta predisposición negativa a cada obra que sacaba fuera de aquel universo. Deseaba leer más acerca de Nueva Crobuzón, no asistir a tramas de novela negra en ciudades bipolares o a conflictos diplomáticos en embajadas de planetas extraños; quería más de lo mismo. Cuando leí La ciudad y la ciudad me gustó, pero no me acabó de conquistar, aún reconociendo que es una excelente novela muy merecedora de los premios que ganó. Ni lo hizo El rey rata, ni Embassytown. Ha tenido que ser Kraken la primera novela desde El Consejo de Hierro que me devuelva la sensación que sentía al leer La estación de la calle Perdido. No porque Kraken esté a su altura, no lo está, sino por presentarme un escenario que conserva su espíritu de fantasía urbana y steampunk, y que, además, es una novela completa y bien tramada, ágil, entretenida y compleja. Con Kraken me he reencontrado con Miéville, pero es un viaje que se puede hacer a la inversa. Si no habéis leído aún nada suyo, empezad con Kraken, querréis seguir con todo lo demás, y al final, Nueva Crobuzón os estará esperando.

La Factoría de Ideas. Rústica con solapas, 448 páginas en color, 20,95 €.

4 comentarios

Tengo unas ganas de leer a este autor...
De hecho compré no hace mucho Embassytown, a ver si me pongo al lío =)

Besotes

Muy buena reseña. De Miéville he leído Calle Perdido y todo lo que ha escrito desde La Ciudad y La Ciudad hasta Railsea. O sea, me faltan dos de Bas-Lag. ¡Y tengo que decir que para mí todas las que he leído me han gustado más que Calle Perdido! Que me gusta un montón, ojo. Me parecen novelas más solidas.

Es probable que tenga que releer Perdido, lo reconozco. Fue uno de los primeros libros que leí en inglés y no me resultó especialmente fácil.

En cuanto a Kraken... seguramente no es el mejor de Miéville, pero sigue siendo mi favorito. Alucino con su riqueza imaginativa y su habilidad con el lenguaje. Algo, por lo que he podido ver, a lo que la traducción no le está haciendo justicia (por más que no envidie la tarea titánica a la que la traductora ha tenido que enfrentarse).

Creo recordar que comenté en su momento en esta reseña... pero con mi mala cabeza... Yo personalmente tengo el libro de Kraken entre mis grandes deseados de la lista de "pendientes". Este junto con Embassytown han sido dos de los que más me han llamado la atención este año, aunque reconozco que este último por la temática... me encandila cual anillo de Sauron. xD

Estoy leyendo Kraken y lo que menos tiene es agilidad, que tenga que aparecer un personaje como Dane a contarte porque es importante que el protagonista haga tal o cual cosa, te saca totalmente de la verosimilitud, actualmente en el capítulo 29 y voy a pensar un momento a ver si lo continúo o no.

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