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Mi espada, mi conjuro.
La puerta. Magia.
La mazmorra. Un troll.
Nos gusta la fantasía

"Sabe, oh príncipe, que entre los años en que los océanos anegaron Atlantis y las resplandecientes ciudades [...] hubo una edad no sonada en la que brillantes reinos ocuparon la tierra como el manto azul entre las estrellas."

LA

en la tinta

Mi espada, mi conjuro. La puerta, magia, Igni. La mazmorra,
un troll. El mundo. Nos gusta la fantasía.


- La fantasía es la poción mágica de la literatura -

Mi espada, mi conjuro. La puerta, magia, Igni. La mazmorra, un troll. El mundo. Nos gusta la fantasía en todas sus formas.

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“Algunos libros son probados, otros devorados, poquísimos masticados y digeridos.”
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17 de noviembre de 2021

Distinguir al héroe del villano no es fácil en ‘Batman: Caballero Blanco’, un pata negra con un buqué especial


¿Cómo saber quién es el héroe, quién el villano?

Seguro que conocéis el sello DC Black Label, pero por si alguien no lo sabe, dejad que diga que se trata de una colección con lo mejorcito que se ha escrito y dibujado en el universo DC —aunque también abarca obras del sello Vertigo como 100 Balas, Scalped, o V de Vendetta—, y además no requiere tener una excelsa cantidad de información o conocimiento previo sobre el universo, ya que todas las historias que se editan —y quedan por editar— son independientes de la línea de continuidad del universo DC. Esto quiere decir que los artistas que han participado en esas historias lo han hecho con plena libertad creativa y, como ya se sabe, no hay nada mejor que dejar trotar a la bella musa de la inspiración para que los resultados sean cuanto menos... interesantes. 

Uno de los títulos más llamativos publicados en DC Black Label es Batman: Caballero Blanco, que en el momento de esta reseña llegó a su segunda edición y está a punto de salir la tercera. El volumen se presenta en formato de tapa dura, tiene 232 páginas, e incluye los números 1 a 8 de las grapas publicadas en Estados Unidos entre 2017 y 2018 (también en España por ECC). Al dibujo y guion se encuentra Sean Murphy, al que conoceréis entre otras muchas cosas por trabajos en series como Hellblazer y American Vampire, junto a una buena cantidad de números de series de DC dedicadas a Batman. Pese a que el título Caballero Blanco pueda recordar al Dos Caras de las películas de Christopher Nolan, no va a ser este el caso: es al propio Joker a quien veremos desarrollarse de una forma nunca antes vista. 


El Joker, por Sean Murphy.
DC Comics

Para no darle demasiadas vueltas al tema, y a título personal, puedo decir abiertamente que Batman: Caballero Blanco me ha encantado desde todos los puntos de vista, ya sea en el apartado artístico gracias al color que Matt Hollingsworth aplica a los dibujos de Murphy, así como en la variedad y riqueza argumental del guion. Aquí no hay una historia plana en la que nos movemos del punto A al punto B —con muchos kapaw, punch o ploc entre medias—, sino que tenemos entre manos un argumento meditado que ya empieza a tirar desde el principio de recursos narrativos de primer nivel (véase la llamada analepsis o flashback): al poco se sigue el ansiado “hace un año...”, la clásica pero muy interesante forma de anticipar acontecimientos sin que entendamos en realidad nada de lo que está sucediendo, hasta el momento en que, siguiendo la línea temporal, llegamos justo a ese instante ya mencionado —tranquilos, que esto no es spoiler—. 

Se puede percibir cómo las viñetas van girando cada vez más cerca del propio Batman, acosándolo y encerrándolo hasta el desenlace final.
Otro de los factores más interesantes a tener en cuenta en Batman: Caballero Blanco es que se muestra un lado del Joker que estamos poco acostumbrados a ver: su lado más íntimo y personal, no solo en su relación con Harley Quinn, sino también con otras personas de su entorno. De esta forma se nos permite entender hasta dónde llega la locura del personaje y cual era la dinámica que podía acontecer en su vida sobreviviendo a un día normal —se entiende que sin matar a nadie ni volar nada por los aires—. Sinceramente, me ha parecido magistral el modo en el que las tendencias, sobreprotectoras por un lado, autodestructivas por el otro, de Batman, se combinan con otras de tipo obsesivo como la que caracteriza al Príncipe Payaso del Crimen. 


Sean Murphy.
Dark Horse

Otros personajes del repertorio como Batgirl, Nightwing, el Comisario Gordon, el detective Bullock, la propia Harleen y el mismo Mr. Frío, también muestran actitudes y tendencias que nos hacen preguntarnos cosas como ¿realmente Batman es un héroe, o sólo es otro demente más mimado por Gordon? ¿Es posible que la megalomanía no sea algo solo propio de los villanos, sino que también pueda padecerla el propio Batman? O... ¿qué pasaría si el Joker se curase y pudiese enfocar su inteligencia para conseguir un determinado fin? ¿Será todo esto el fin de Batman? Como podéis ver, son muchísimos los interrogantes que se plantean en esta entrega de Batman.

Otra de las cosas que me gustaría destacar de Batman: Caballero Blanco es la importancia de que sea el propio Sean Murphy el que dibuje y guionice el cómic. Con esto me refiero a que hay ocasiones en que no tiene por qué salir bien —a veces quien es bueno dibujando es malo escribiendo, y viceversa—, pero en el caso de Murphy esto es algo que supera perfectamente: se puede percibir cómo las viñetas van girando cada vez más cerca del propio Batman, acosándolo y encerrándolo hasta el desenlace final. 


Joker, Harley y Gordon.
DC Comics

En mi humilde opinión, pocos cómics he visto tan perfectos, tan bien hilvanados y tan interesantes. Lo mejor del apartado artístico en este caso es que esa intención se traduce precisamente en los escenarios: verdaderos contrapicados y escenas de acción que te hacen volar por las páginas gracias a la especial importancia que se le da a los fondos de dichas escenas. Sin ir más lejos, esto me recuerda bastante a los trabajos de Mark Buckingham para Fábulas y a muchas otras historias del Universo Marvel, a lo que he de sumar el haber encontrado máquinas de escribir a lo largo de la trama —a un tamaño normal, no como parte del entorno como se hacía antiguamente con el fin de reclamar la autoría de Bill Finder frente a Bob Kane en su lucha por los derechos de Batman—. Pensando que la historia está narrada en una época en la que mayoritariamente se usan ordenadores, el hecho de que aparezcan máquinas de escribir me parece un detalle sutil e indicativo.


Batman: Caballero Blanco

Batman: White Knight, 2018. Sean Murphy. Traducción de Víctor Ibáñez. ECC Ediciones, 2020, 232 págs. Tapa dura, 25 €.
En definitiva, Batman: Caballero Blanco es un cómic de esos dignos de recordar y que puede leer cualquier persona con los conocimientos básicos sobre Batman. Aquí se incluye conocer a los villanos más relevantes como el Joker, la forma que tiene Batman de sobreproteger a su equipo, saber quién es Batgirl, quién el comisario Gordon, quién Harley Quinn, o la razón por la cual Mr. Frío mantiene a su mujer en una probeta gigante. No hace falta siquiera saber que ha habido varios chicos en el papel de Robin, que Nightwing es el segundo, y que el primero, Jason Todd, se cree que fue asesinado por el Joker. Si mientras leéis el cómic enchufáis además la banda sonora de alguno de los videojuegos de Batman de Rocksteady Studios, puedo garantizaros una inmersión total en la historia, y que os sentiréis como si vuestra casa estuviese en mitad de la ciudad de Gotham, a salvo, claro está, de que un maníaco arranque vuestra casa de cuajo, os lave el cerebro u os utilice para fastidiar a Batman. ¿De verdad os lo vais a perder?

noviembre 17, 2021y

7 de diciembre de 2020

‘¡Qué absurdo!’, la curiosa historia de Edward Gorey según Lori Mortensen

Impedimenta publica la biografía ilustrada de Edward Gorey, autor de culto cuya vida y obra se ve reflejada en las palabras de Lori Mortensen y el dibujo de Chloe Bristol en un libro infantil perfectamente editado.

Condensar en apenas cuarenta páginas la vida y obra de Edward Gorey no es fácil, pero Lori Mortensen lo consigue. Con ¡Qué absurdo!, Mortensen se ha propuesto presentar a los más pequeños de la casa el curriculum vitae de Gorey, y esto incluye su infancia, sus excentricidades, sus inspiraciones artísticas y sus rasgos sociales, todo mezclado en un cóctel muy divertido y agradable a la vista que se ha vertido en un libro que Impedimenta ha editado con estilo y buen hacer.

Mortensen, como experta en libros infantiles —tiene más de cien libros en su haber— e influenciada por la colección de poemas ilustrados por Gorey The Man Who Sang the Sillies, presenta en ¡Qué absurdo! una forma sencilla y eficaz de introducir a los niños en el mundo de las biografías. Por tanto, la figura de aquel que dedicó su vida a las historias ilustradas —siempre bajo la apariencia de libros cortos pero cargados de significado y no exentos de sinsentido— sirve como tema principal de lo que a su vez es una historia corta ilustrada al estilo de las de Gorey. Es decir, Mortensen crea a la vez que homenajea al autor de culto. 

«Un niño brillante.
Un niño sin hermanos.
Un niño delicado que miraba
por la ventana,
que hacía dibujos asalchichados
de trenes con destino a la ciudad
y que aprendió a leer
por su cuenta.»

Estas líneas de texto son un ejemplo de por qué ¡Qué absurdo! es una buena forma de hacer que los niños se interesen por las biografías y por la lectura en general: mediante un personaje real cuya infancia se vio a su vez marcada por la lectura y el arte. Mortensen, con tal de hacer atractiva la lectura, ha diversificado el texto en pequeños segmentos fáciles de digerir a base de mensajes directos y, sobre todo, descriptivos que dan una idea clara de cómo era Gorey.


El joven Edward garabatea y dibuja donde sea.
Chloe Bristol

No olvidemos que ¡Qué absurdo! es un libro ilustrado, así que no tendría sentido callarse su parte gráfica. Las palabras de Mortensen se ven aquí acompañadas por las ilustraciones de Chloe Bristol en su primer libro ilustrado. Ella también se vio marcada por Gorey desde niña, así que su devoción por el autor se ha visto sin duda reflejada en lo divertido de sus dibujos, en sus figuras alargadas y en sus ambientes victorianos de sillones de cuero, casas eduardianas y abrigos misteriosos. El estilo de Bristol parece que ha nacido para poner imagen a las palabras de Mortensen y, más importante todavía, al espíritu de Gorey.


¡Qué absurdo! La curiosa historia de Edward Gorey

Nonsense! The Curious Story of Edward Gorey, 2020. Lori Mortensen (texto) y Chloe Bristol (ilustraciones). Traducción de Miguel Ros González. Impedimenta, 2020, 40 págs. Tapa dura, 20 €.

Un libro de estas características no podría existir sin su parte más física, es decir, la que se toca, la que se huele, la que se mira. No es ya por lo desenfadado de los dibujos de Bristol, sino por el libro en sí: Impedimenta presenta una edición llamativa, no solo para el niño o la niña, también para aquellos adultos que gustan de los libros bien editados —y que no dudarán en añadir este título a su tesoro bibliófilo—. La edición de ¡Qué absurdo! podemos calificarla de elegante, con sus relieves en la portada —tanto el título como las figuras presentes tienen textura—, su «Este libro pertenece a:» de la primera página —donde los niños y no tan niños pueden escribir su nombre—, sus páginas gruesas como cartulina —duraderas y de color cremoso con detalles de papel antiguo—, su buena tapa dura y el olor a tinta que desprende todo el conjunto —narices, uníos—.

«A algunos no les gustaban sus historias. ¿A quién se le ocurriría escribir cuentos con finales tan desdichados y rocambolescos?» ¡Qué absurdo!, independientemente de que sea una obra infantil que los adultos también podrán disfrutar —aunque por razones evidentes estos no le sacarán todo el provecho, más aún si conocen los trabajos de Gorey—, es un libro perfectamente editado, ideal para llamar la atención sobre una figura clave e influyente de los libros ilustrados del siglo pasado. ¡Qué absurdo! consigue a su vez dejarnos con ganas de echar mano de algún Amphigorey o dos, así como de otros trabajos de Edward Gorey, Ogdred Weary, Edward Bloody o Garrod Weedy, tanto da.


Edward Gorey.

diciembre 07, 2020y

2 de diciembre de 2020

‘En silencio’ de David Ouimet, imágenes de una lectura solitaria

El artista pretende con este libro de dibujos transmitir un mensaje esperanzador para todos aquellos que viven en un mundo introspectivo poblado de palabras y sueños aguardando el momento idóneo para hacerse escuchar.

El silencio no es solo la ausencia de cualquier tipo de sonido, es aquello que nos permite sumergirnos en la lectura de un libro, en las imágenes de una película o serie de televisión, incluso en los recovecos de un videojuego, sin ser molestados por agentes externos que arruinen la experiencia. También puede tener connotaciones metafóricas, y si vamos un poco más allá, alegóricas. El silencio, símbolo inconfundible de la meditación y lo introspectivo, es también un síntoma de la soledad que tanto perturba al ser humano desde hace mucho tiempo. El silencio, sumado a la soledad —no necesariamente relacionados entre sí, como muchos creen—, tiene la capacidad de provocar temor y la reacción de eso de lo que «hay que huir» como si de la peste se tratase. Y esto es algo que David Ouimet ha conseguido representar con En silencio —el original I Go Quiet se traduciría como «Callo» o «Enmudezco»—.

Elogiado previamente por autores de la talla de Neil Gaiman o Philip Pullman, En silencio nos propone un breve paseo por el silencio de la mano de una «chica introvertida que lucha por encontrar su sitio en un mundo repleto de ruido». Esa es, sin mayores ambages, la premisa de este libro ilustrado que en apenas cincuenta página consigue condensar lo que todos los que se consideran ávidos lectores han sentido —o sufrido— alguna vez. El silencio que presenta Ouimet no es el mismo que el de la novela de Patrick Rothfuss La música del silencio, por establecer un paralelismo: mientras que la novela del autor de El nombre del viento es una oda abstracta que contraviene las leyes de la novela y que emplea la palabra para evocar sensaciones, En silencio parte de la imagen para narrar lo que en realidad es un microrelato. La cualidad pictórica de Ouimet, reconocido artista y músico internacional que también ha hecho portadas de discos y libros, consigue transmitir de forma sencilla y directa esa sensación onírica buscada —por aquello de la diversidad de pareceres, el estilo seguro no gustará a todo el mundo—, donde la anónima niña protagonista del relato es el único vehículo de la fábula que además continúa en I Get Loud —«Hago ruido»—.


La temible y ruidosa masa gris.
DAvid Ouimet

Para poder disfrutar de lo que ofrece En silencio hay que ser consciente de sus limitaciones. Como se ha dicho, se trata de un microrelato ilustrado a página completa —auténticas splash pages—, por lo que el método más recomendable no es pasar las hojas sin más, sino detenerse en cada detalle, o de lo contrario habremos dado cuenta del libro en menos de lo que tarda Gandalf en decir mellon. Es evidente que En silencio es una propuesta ilustrada para los más pequeños de la casa. Es muy probable que los adultos no terminen de encontrarle el punto dado que el mensaje expuesto está muy trillado, aunque se envuelva de forma original y no exenta de atractivo. Ese público infantil podrá sacarle sin duda todo el jugo a esa «rara» afición llamada lectura que suele ser motivo de discordia y provocar el pánico general las más de las veces. Con todo, el mensaje de Ouimet deja a las claras que el silencio (y no la soledad, como pueda parecer) es deseable y que hay que combatir a la masa gris carente de personalidad, aunque la reacción más básica sea echar a correr sin mirar atrás. Ya lo dice Gaiman, al desear «que este libro hubiese existido cuando era niño. Así no me habría sentido tan solo».

«Canto el silencio tan alto como puedo», dice la niña anónima enmascarada de la portada. «Soy diferente. Soy la nota desafinada. Me vuelvo ratón. Me vuelvo gris». Es el silencio en su máxima expresión, resonando con fuerza a través de las épocas. No hace falta decir más.

La edición, al detalle

Minotauro ha incluido En silencio dentro de su colección «Minotauro ilustrados», donde también figuran de momento otros dos títulos: La llamada de Cthulhu y la primera entrega (de dos) de En las montañas de la locura de H. P. Lovecraft, ambos ilustrados por François Baranger. La elección del formato de gran tamaño encaja bien con lo que quiere contar Ouimet mediante pocas palabras y mucha imagen.


Es bueno soñar el lugar en el que querríamos estar.
David Ouimet

Hablamos de un libro que de por sí llama la atención en la librería, ya que la editorial ha agrandado el tamaño de la edición original de Cannongate Books —que tiene algunos centímetros menos— para que encaje en el diseño de la colección, acompañándola de una faja con el título de la obra junto a las citas de Gaiman y Pullman. De haber respetado el tamaño original es bastante probable que el libro hubiese pasado desapercibido entre los muchos títulos infantiles de su correspondiente sección, donde siempre hay que competir con los habituales Pinochos, Alicias y Potters en diferentes propuestas editoriales también ilustradas, siempre en pugna por ser el regalo libresco perfecto. Y no hay duda de que En silencio es un buen regalo, pero no para un adulto, sino para un niño.


En silencio

I Go Quiet, 2020. David Ouimet. Traducción de Sofía González Calvo. Minotauro, col. Minotauro Ilustrados, 2020, 48 págs. Tapa dura con sobrecubierta, 17,95 €.

Por poner una pega a la edición de Minotauro, decir que la sobrecubierta que envuelve el libro, aparte de resultar redundante —se repite el mismo diseño debajo—, no tiene tanta calidad como aparenta. El tema de las «sobrecubiertas revoltosas» es algo propio de la editorial desde hace muchos años, y mientras otros libros con sobrecubierta resisten bien el paso del tiempo, muchas de las que acompañan las publicaciones «duras» de Minotauro terminan curvándose hacia afuera en cuanto el frío o calor bajan o suben unos grados y la parte afectada es casi siempre la parte superior del volumen—¿en qué casa hay un clima tan perfectamente controlado como en los archivos vaticanos?—. El caso de En silencio no es una rara excepción, ya que ocurre lo mismo en otros títulos de Minotauro como por ejemplo la edición de El Hobbit de J. R. R. Tolkien ilustrada por Alan Lee. El tema está en las sobrecubiertas plastificadas y no en las «apapeladas» de obras como Beren y Lúthien o La caída e Gondolin.

El efecto que causa el ejemplar transcurrido un par de meses —e incluso algunas semanas— es pobre comparándolo con el momento en que llega a casa, por no hablar de que al ser una sobrecubierta mate se aprecian rayas por doquier pese a haber sido sacado del estante un par de veces, o tres si tenemos en cuenta la ocasión en que este libro visita la mesa donde se ha elaborado este comentario afanoso que no pretende hacer ruido.

diciembre 02, 2020y

1 de diciembre de 2020

‘Un poco de odio’ de Joe Abercrombie: un vals de odio, humo y engranajes


Lord Grimdark nos brinda la posibilidad de descubrir desde un palco de lujo la presión de una incipiente Revolución Industrial gracias a una novela que se ha quedado a medio fuelle por culpa de un cuarteto amoroso y en la que los personajes parecen cortados por un patrón ya conocido.

El funeral de la ambientación medieval fantástica, aquella que siempre nos mostró el camino de los propósitos elevados y a los héroes de capa y espada que trataban azarosamente de recorrerlo; el de las damiselas en apuros, dulces y etéreas, asediadas por el inefable monstruo azuzado por el diablo; la que nos presentaba a los hechiceros como seres de habilidades sorprendentes y brillantes, viva encarnación de lo pecaminoso y malvado, o de la lucha entre lo bondadoso y cristalino, ya fue celebrado por Lord Grimdark cuando dio a luz «La primera ley». Es el escritor que inaugura un nuevo concepto: el de la paradójica fantasía realista.

A aquellos que aún no conozcan al bueno de Joe les puedo decir que fue precisamente eso lo que me cautivó. Historias que me daban algo distinto a lo que solía leer dentro del género fantástico, una magia alejada del concepto de Dragones y mazmorras y que se basa en las habilidades reales que puede tener una persona especialmente astuta, descripciones realizadas a golpe de metrónomo para reflejar ciudades que existen o existieron en nuestra realidad con la habilidad propia del arquitecto que controla de forma magistral el plano bajo la escuadra y el cartabón. Temas como el desnudo, la sangre, el sexo, o la violencia se convirtieron en escenas tan habituales como la descripción de una cena o una caminata por el bosque. El honor entendido per se, el conseguido por enfrentarse al Mal, o el obtenido por defender al terrateniente de turno, es ahora considerado como una forma más de los poderosos y de las convenciones sociales para aplastar las esperanzas y el libre albedrío del hombre. Las conspiraciones políticas ya no entienden de blasones, reinos y altos ideales, sino que tiende a la más pura ambición contada sin ambages. Abercrombie utiliza el espejo de nuestra propia historia para que entendamos cuál es la evolución racional en su Círculo del Mundo, y de paso ha demostrado con creces ser uno de los escritores de fantasía más originales de su tiempo.


El artista John Anthony Di Giovanni retrata una escena de la novela.
Subterranean Press

Es esa originalidad la que le ha llevado a tener una gran producción literaria, habida cuenta de que existen un total de siete libros ambientados en este universo —ocho contando el aquí presente—, y lo que ha propiciado que hoy venga a hablar sobre su penúltima novela, Un poco de odio, primera entrega de una nueva trilogía ambientada en el mundo de «La primera ley» y que se ha bautizado como «La era de la locura». Esta serie de libros se presenta como una nueva ocasión de captar adeptos a las historias de Abercrombie, pese a que a título personal, y habiendo leído solamente Un poco de odio —para devorar The Trouble with Peace en español habrá que esperar un poco más—, creo que está ligeramente desaprovechada.

Para que os hagáis una composición de lugar, Un poco de odio se puede dividir perfectamente en tres partes bien diferenciadas:

  1. Una introducción de personajes en la que conoceremos a muchos de los descendientes de los protagonistas de «La primera ley» y su posición geográfica con tal de comprender dónde se encuentra cada uno y como toman parte en los acontecimientos a lo largo de la historia.

  2. La muestra de cómo comienza la industrialización a mellar la confianza y la esperanza de un pueblo hastiado de luchar en sucesivas guerras, obligado a bajar la cabeza y ceder ante eso que llaman «progreso», unido a las invasiones del Norte sobre algunos protectorados que la Unión consiguió en los últimos conflictos armados.

  3. El nudo amoroso compuesto por cuatro de los personajes principales, que amenaza con seguir desarrollándose en futuras entregas.

En cuanto al primer punto, puedo ser poco explicativa en este aspecto, porque para aquellos que no hayan terminado aún los primeros libros puedo revelar accidentalmente la aparición de ciertos personajes de «La primera ley». Pasamos directamente al segundo punto. 

A este respecto, tras lo sucedido en la anterior trilogía podremos ver el mundo sumido en profundas turbaciones ocasionadas por la industrialización. Al igual que sucediera en nuestra historia durante la segunda mitad del siglo XVIII, la construcción de fábricas empieza a marchar sin descanso, destruyendo bosques y praderas, llenando de un humo denso las ciudades, contaminando ríos e implementando en aras de una mayor productividad la construcción de un ferrocarril que una el Norte con la Unión. Para lograrlo, deben expropiarse numerosas tierras que la bestia de acero se encontrará en el camino —para más información, recomiendo el visionado de la película dirigida por Henry King, Jesse James (1939), aka Tierra de audaces, con Tyrone Power y Henry Fonda en el reparto—, provocando con ello que la gran crisis económica obligue a gran cantidad de población a emigrar del campo a las grandes ciudades para así poder encontrar sustento. 


Personajes de la novela según John Anthony Di Giovanni.
Subterranean Press

Como os podéis figurar, toda esta mano de obra desesperada termina en las garras de un nuevo tipo de depredador —éste no tiene dientes afilados ni escupe fuego—, el de un nuevo estamento social denominado burguesía, que pese a no ser de sangre real como aquellos que antaño se enriquecían cobrando los diezmos y tributos a los campesinos, será quien exprima a los emigrantes convertidos en obreros. Estos nuevos amos son los que van a esgrimir el látigo en los latifundios levantados sobre las tierras de los mismos que ahora trabajan en ellas; los que alzarán las fábricas en las que mueren hombres y niños bajo el rotar imparable de sus engranajes, o los que controlan los bancos que desahucian a los que se endeudan y no encuentran trabajo para poder pagar las facturas. Es el caldo de cultivo perfecto para que las tripas de la revolución empiecen a sonar con ruido ronco reclamando alimento y creando un odio destilado que puede provocar un auténtico estallido, una materia prima que en manos de Joe Abercrombie no puede sino hacernos salivar.

Mientras tanto, y para variar, la cosa anda algo descontrolada en el Norte. El panzudo Scale Mano de Hierro y su astuto hermano Calder el Negro, padre de Stour Ocaso “El Gran Lobo”, tratan de reconquistar los territorios que la Unión consiguió en la última guerra, presionando a las tropas dirigidas por algunos personajes especialmente relevantes en el bando de la Unión y que conoceremos previamente en la trilogía «La primera ley» —y que no quiero mencionar para no chafar sorpresas—, abanderados por Finree dan Brock y Leo dan Bron, alias “El Joven León”, entre otros. Se trata de un conflicto que, según sospecho, apunta a los movimientos nacionalistas que surgieron durante todo el siglo XIX, aunque reconozco que aún es pronto para asegurarlo, ya que lo que sucede en Un poco de odio no es suficiente todavía como para poder afirmarlo con rotundidad.


La aplicación de la ley, por John Anthony Di Giovanni.
Subterranean Press

Puedo decir sin lugar a dudas que es el primer libro de fantasía donde veo que la historia de nuestro mundo es especialmente relevante a la hora de narrar los acontecimientos aquí descritos. Así que como historiadora que soy no puedo más que decirle a Joe Abercrombie que lo ha clavado. No sólo porque es capaz de describir a la perfección la laxitud y la ambición con la que los “nuevos nobles” contemplan todo el proceso de convertir a seres humanos en meras piezas de sus sistemas de producción, sino que tenemos de primera mano una visión de cómo surgen esos primeros movimientos obreros. Ojo al dato: lo más interesante de esto es que podréis entender cómo es posible que haya trabajadores que, partiendo de las mismas demandas, estén en extremos opuestos en cuanto a la forma de exigir justicia para su situación. Sinceramente, me ha parecido una referencia fantástica a la mítica reunión entre mencheviques y bolcheviques, cuando Mártov y Lenin se enfrentaron por el control del Partido Socialdemócrata de Rusia. Evidentemente, al ser esto una obra de ficción, se mezclan ciertos conceptos de forma algo libre y no se necesita ningún conocimiento previo para poder entender estos hechos. Diría más, Abercrombie se toma la libertad de hacer destacar a los dos grupos enfrentados que participan en este proceso revolucionario, anarquistas unos, nuevos socialistas los otros. De cualquier manera, no dejan de ser unos guiños magistrales.

Por esta razón me ha costado escribir esta reseña de forma objetiva, y es que tras lo que acabo de explicar no puedo evitar reconocer que me he sentido algo defraudada con el libro. Me explico: cuando leo una obra con una dificultad narrativa de este tipo y veo que todo encaja como si fuesen engranajes perfectamente engrasados, me chirría el hecho de que algunos personajes parezcan malas copias de otros ya creados y descritos por el mismo autor en otros libros. Ya lo hice notar en mi comentario sobre la «Trilogía del Mar Quebrado», algo que al fin y al cabo achaqué a que esa trilogía está destinada a aquellas personas con poco o ningún contacto con «La primera ley» —se ambientan en un mundo totalmente distinto—, y que además son de estilo young adult gracias a lo cual, y para no complicar la cosa en exceso, se rebaja la cantidad de información aportada a la historia. Sin embargo, Un poco de odio se ha tratado a este respecto como si fuese un reinicio de los libros anteriores, y que para ser sincera, aborrezco con todo mi corazón.


La era de la locura, vol. 1. Un poco de odio

A Little Hatred, 2019. Joe Abercrombie. Traducción de Manu Viciano. Alianza Editorial, col. Runas, 2020, 680 págs. Tapa dura con sobrecubierta, 24,90 €.
Tengo entendido que ha sido el propio autor quien ha incentivado la idea de poder leer la trilogía sin haber leído la anterior, independientemente de las razones obvias de marketing. No solo me parece que empobrece la historia, tan lograda hasta el momento, sino que puede hacer que muchos de los que llevamos largo tiempo acompañando a Lord Grimdark por sus andanzas literarias nos quedemos con cara de pazguatos cuando descubramos a un Gunnar que es igualito a Logen Nuevededos, un Stour Ocaso clavadito a Dow el Negro, un Leo dan Brock calcado a Jezal, una Savine al estilo de la Serpiente de Talins, y así sucesivamente. De hecho, es realmente frustrante reencontrarse con personajes míticos de la primera trilogía a cuyos roles se les despoja de personalidad. Lo siento, pero esto deja muy mal sabor de boca. Y si a esto le sumamos el que la última parte de la novela está dedicada a los “amoríos de corte” entre cuatro de los personajes principales, y que detesto profundamente las historias romanticonas sin lógica ni sentido común, la ecuación arroja el resultado de una obra que me ha costado acabar y que en mi humilde opinión debería haber proseguido en la línea sobre la que marchaba al principio, pero que al final ha terminado cayendo en barrena.

Aún así, pienso que Un poco de odio es interesante desde el punto de vista de cómo está escrito, por la forma en la que se introducen los cambios sociales derivados de una primera revolución industrial y por la capacidad que tiene Abercrombie de entrecruzar determinadas tramas para que todo fluya con una ligereza difícil de encontrar en otras obras del estilo. Es, al fin y al cabo, la fantasía fresca a la que nos tiene acostumbrados Lord Grimdark, por lo que espero de todo corazón que para las siguientes entregas solucione ciertas cosas que me chirrían. Errar es de humanos, y después de todo creo que tras una trayectoria estelar no hay que tener la piel muy fina si al bailar un vals con él Joe Abercrombie nos pega un pisotón. Se ha ganado con creces la carta de la segunda oportunidad: repongámonos y tratemos de seguir su ritmo.

diciembre 01, 2020y

7 de julio de 2020

‘El cazador’, muerte y ambición en 8 bits


Son muchos los pecados que puede llegar a cometer el ser humano en vida, o por lo menos el ser humano de los cuentos, el de las narraciones escritas y el de los relatos contados a la luz de una hoguera, entre la escarcha nocturna y el aullido del viento. Es probable que, de todo el repertorio, el ansia desmedida y la ambición estén en dura pugna con otros famosos pecados de la lista, pero el que seguramente se lleve el premio sea el desafío a la misma muerte. «Eh, eso no es un pecado», dirán algunos, pero no hay duda de que el intento de esquivar a la Imperecedera y, peor aún, escupir en su ojo eterno con certera puntería, es una osadía de primer orden.

Es aquí donde entra en juego El cazador. En este breve cómic de Joe Sparrow, al cuarto conde de Reisenskog, bravucón como él solo, no le basta con poseer tierras y riquezas, sino que harto descontento con su posición social —ese hastío que de vez en cuando sufren los adinerados de los relatos—, decidió un día que se embarcaría en una aventura para matar un ejemplar de cada criatura viva que exista —entiéndase aquí por animales con cuernos, pelo, cola y colmillos—. Sin saberlo, el conde de Reisenskog se condena a sí mismo, por simple audacia aristocrática, en la segunda viñeta del cómic.


Las raíces narrativas de las que se nutre El cazador de Sparrow no son tan evidentes como pudieran parecer —hay aquí algo de tradición oral, también de literatura clásica—, pero no podemos obviar ciertos paralelismos en su espíritu y tono. Sin ir más lejos, en apenas treinta páginas Sparrow refleja el espíritu de los cuentos de Edgar Allan Poe, Neil Gaiman y algo de Charles Dickens, de la tradición popular y de la naturaleza humana, algo que los tres conocen muy bien. El conde de Reisenskog es, sin dudarlo, el paradigma del personaje que termina siendo atormentado por su ambición y su grave falta, aquel que, pese a todo, halla un vacío en su propia existencia. La muerte siempre anda rondando por detrás. «Cada pieza era una victoria. Un fragmento arrebatado a un mundo violento al que imponía cuidadosamente un orden», cuenta el narrador. ¿Quién es entonces el monstruo? ¿Quién, pues, genera el caos?


El cazador

The Hunter, 2015. Joe Sparrow. Traducción de Lorenzo F. Díaz. Nuevo Nueve, 2020, 32 págs. Tapa dura, 15 €.
El cazador es de hecho, y pese a las apariencias, un cómic bastante profundo pero que debido a su extensión puede pasar desapercibido entre la masa de novedades. No se quiere engañar a nadie, se lee en un suspiro, pero deja en el cerebro ese poso de reflexión como solo saben dejar los buenos cuentos.

Por suerte, El cazador no es solo un cuento sobre la naturaleza humana, sino que es un pedacito de maestría artística, muy curiosa además, que le sienta estupendamente a la narración. Hablamos del «pixel art » del que hace gala el cómic y que es uno de sus principales reclamos. Joe Sparrow, artista inglés que ha trabajado en otros ámbitos del mundo del diseño y la animación, presenta en El cazador una curiosidad bien recibida, que bebe del estilo de los videojuegos de 8 y 16 bits para presentarnos el relato. Pero lejos de ser un apartado gráfico estanco, con figuras acartonadas y escenarios cuadriculados, el conjunto resulta muy dinámico, refrescante y placentero para la vista, con secuencias hábilmente diseñadas para una narración que gana en intensidad con cada página que pasamos, y cuya única pega es que no tiene sonido acorde con lo visual.

A modo de conclusión, no dejéis de visitar la web del autor y echar un ojo a algunas de las viñetas de El cazador que Sparrow ha animado a modo de reclamo.

julio 07, 2020y

26 de marzo de 2020

‘The Expanse’ nos muestra el salto de fe hacia la inmensidad en ‘La puerta de Abadón’


Habiendo madurado lo que pensaba contar de La puerta de Abadón, la cuarta entrega de ‘The Expanse’ de James S. A. Corey, he llegado a ciertas conclusiones que me han parecido relevantes. En un mercado sobresaturado de reediciones, novelillas sencillitas para los jóvenes que se inician en el vicio de la lectura y de un montón de libro-morralla, ‘The Expanse’ se destaca como una estrella brillante en mitad de un mar opaco y sin demasiada vida. Resulta obvio que Daniel Abraham y Ty Franck —como sabéis, James S. A. Corey es un pseudónimo— han conseguido encontrar ese punto intermedio que es necesario en toda obra literaria de cierto éxito: ser directa, interesante y lo suficientemente sencilla como para ser fácilmente asimilable para cualquier lector y que a la vez tenga poco margen para meter la pata, una medida, en mi humilde opinión, bastante inteligente.

Me considero una lectora algo particular: no me gusta que cambien los personajes protagonistas entre un libro y otro; tampoco me gusta que cambie el narrador, y bajo ningún concepto me agrada que el género se “contamine” al hacer uso de elementos de ambientaciones diferentes. Para expresarme de la forma más nítida posible, pondré como ejemplo una novela con trasfondo medieval en la que de pronto se abren portales a lo Stargate por los que empiezan a brotar Panzers de la Segunda Guerra Mundial. Hay a quienes estas mezclas le gustan y le permiten tener un espectro más amplio en que distraer su mente. En mi caso lo único que consigue hacer es molestarme y obligarme a dejar de leer lo que tengo entre manos.

A consecuencia de esto, “The Expanse” me está resultando una saga especialmente cómoda. Los personajes protagonistas siguen siendo los mismos, a diferencia de esos pequeños secundarios que, como en libros anteriores, enriquecen el plantel de actores con una mayor gama de matices. Podría decirse que lo único que altera la norma en esta nueva entrega es el escenario, aunque es verdad que al ser una space opera, lo más lógico es que los personajes estén moviéndose constantemente por el “mapa” en busca de misiones con las que complicarse la vida. Sin embargo, en este caso la cosa cambia.


La Roci con cien cañones por banda
© SyFy

Antes de entrar en materia, un pequeño aviso para navegantes: es inevitable que, al hablar de una cuarta entrega, se haga un poco de spoiler —o al menos microspoilers—. Si todavía no habéis llegado hasta este punto y lo que estáis intentando averiguar es si utilizar esta saga para empezar a leer ciencia ficción, es mejor tener en cuenta dos cosas importantes: la primera es que, efectivamente, la recomiendo de corazón, y la segunda es que es mejor leer antes la crítica de la primera entrega, El despertar del Leviatán.

En La puerta de Abadón, los protagonistas se ven inmersos en una batalla legal que les puede llegar a costar su nave, la Rocinante. Como podéis imaginar, mucho han tardado los de Marte en reclamarla, en vista de que es capaz de realizar hazañas dignas de mención, mucho más teniendo en cuenta que Holden y compañía han trabajado más en la órbita de la APE que no en la de La Tierra o la de Marte. Han tratado siempre de mantener su independencia y una aparente neutralidad, pero de nuevo Corey vuelve a sorprendernos al mostrar la irremediable tendencia de los problemas al poner entre interrogaciones las convicciones morales de la antigua tripulación de la Canterbury. Esto es justo lo que hace de “The Expanse” una space opera muy atractiva. Mantener la neutralidad, o en este caso, seguir un estricto código de honor en plena crisis intergaláctica, es algo digno de leer. Son los problemas con la titularidad de la nave —lo que afecta directamente al único hogar que comparten todos los protagonistas—, la moral de la tripulación —que evidentemente ha tenido serios contratiempos para mantenerse a flote— y los trabajos que necesitan realizar como escolta para poder sobrevivir —lo que provoca que a ojos de muchos se hayan terminado convirtiendo en poco menos que en mercenarios— , sumado a las presiones de los distintos bandos a los que no les gusta que la tripulación de la Rocinante sea un elemento imprevisible en el aparente orden espacial, son los ingredientes que al fin y al cabo configuran esta nueva entrega como algo impactante a lo que dedicarle con gran placer nuestro escaso tiempo libre.


Miller en “The Expanse”
© SyFy

Si no tenían bastante con todos los problemas que han afrontado hasta ahora, el hecho de que la protomolécula haya creado un anillo que parece proteger una especie de estación orbital tras haber esquilmado Venus, lo único que nos ofrece como lectores es la definitiva confirmación de que aún no sabemos nada de nada de lo que parece querer ese extraño virus o infección extraterrestre: no sabemos para qué se creó, ni quienes lo hicieron, tampoco sabemos lo que pretende y, evidentemente, el hecho de que la Tierra, la APE y Marte quieran matarse en cuanto cambia la dirección del viento no hace sino complicar aún más la trama y crear verdaderos picos de tensión. En esta entrega, los autores enfocan mucho la atención sobre la miserabilidad humana y cómo ésta es capaz de mandar todo al traste. El miedo, la ira, el odio, el impulso que ofrece la venganza, y la necesidad de demostrar nuestro orgullo por encima del de los demás, puede provocar una verdadera catástrofe.

Pero no todo es truculento. De hecho, me gustaría hablaros de los nuevos secundarios, Anna y Toro —también llamado Sr. Vaca—. En el caso de Anna, reconozco que no me he entusiasmado con ella como lo hice con el famoso botánico de Ganímedes, pero cierto es que no deja de tener una especial importancia en la historia, en mi opinión una relevancia algo cansina y descafeinada, pero una presencia necesaria al fin y al cabo para la evolución de los personajes. En el caso de Toro, creo que la forma de desarrollar el personaje ha sido algo que podría calificarse como “acelerado-pasivo” o, lo que viene a ser lo mismo, un personaje que podría haber sido especialmente chulo pero al que finalmente no le ha dado tiempo a mostrar su verdadero peso y carácter.


The Expanse, vol. 3. La puerta de Abadón

Abaddon's Gate, 2014. James S. A. Corey. Traducción de David Tejera Expósito. Nova, 2019, 576 págs. Rústica con solapas, 21,90 €.
Como he dicho antes, de fondo está lo que sea que la protomolécula ha construido en mitad del espacio, un anillo con su propia área de gravedad alterada a la que Holden bautiza como “la zona lenta” y que en esta entrega pondrá a prueba a todos los implicados. Es un cambio que a muchos se les puede hacer pesada, dado que la capacidad de describir este extraño lugar por parte de los escritores es especialmente intensa, permitiéndote vivir al cien por cien con los personajes la sensación de estar supeditado a ella. Por otra parte, me alegra que la siguiente entrega, La quema de Cíbola, sea más amena y abra todo un horizonte de posibilidades. No estoy diciendo que La puerta de Abadón sea una novela aburrida, sino que transmite una sensación opresiva realmente extraordinaria —de forma intencionada, evidentemente—. En cierta forma es muy interesante que esa sensación sea algo que queda residual en tu mente cuando vuelves a repasar algunos pasajes del libro. Para mí, el hecho de que una obra literaria sea capaz de transmitir esa sensación es lo que la hace destacar como parte de esa "“literatura de calidad”.

Antes de poner el punto y final he de comentar que he detectado alguna que otra errata puntual, algo que no había visto en anteriores entregas. No me han parecido faltas de especial relevancia, pero igualmente habría que tener en cuenta de cara a una posible reedición. Respecto a la traducción, no puedo más que volver a quitarme mi escafandra imaginaria: David Tejera es, de nuevo gracias a su magnífico trabajo, capaz de “hacerme olvidar que estoy leyendo”, y estoy segura de que esta calidad se mantendrá durante mucho tiempo. Es bueno recordad de vez en cuando que la posibilidad de bucear por las sensaciones que provoca una obra escrita depende a partes iguales del escritor que realiza la obra —en este caso escritores—, y de la figura que traduce, encargada de adaptarla a la lengua madre de cada uno. Espero que en un futuro, editoriales como NOVA decidan colocar al traductor en portada, por ser un puesto muy merecido.

marzo 26, 2020y


 

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