Mi espada, mi conjuro.
La puerta. Magia.
La mazmorra. Un troll.
Nos gusta la fantasía

"Sabe, oh príncipe, que entre los años en que los océanos anegaron Atlantis y las resplandecientes ciudades [...] hubo una edad no sonada en la que brillantes reinos ocuparon la tierra como el manto azul entre las estrellas."

LA

en la tinta

Mi espada, mi conjuro. La puerta, magia, Igni. La mazmorra,
un troll. El mundo. Nos gusta la fantasía.


- La fantasía es la poción mágica de la literatura -

Nuestra
definiciónde
Fantasía

Dícese de tener la espada a mano y el conjuro aprendido, abrir la puerta a ganzúa, recorrer las mazmorras, enfrentarse al troll, al gnoll y al conjurador de la torre. Explorar un universo imaginario... o no.

La ilustración de arriba
es obra de Russ Nicholson.

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noviembre 10, 2015

'Neverwhere', el clásico de la fantasía urbana recuperado

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La sola idea de que un autor retoque una obra ya publicada (emitida o proyectada) —aunque sea una práctica habitual desde los inicios de la literatura— me pone los pelos de punta. Hay que confiar, me digo, en su buen criterio. Hay que entender que se trata de su trabajo, que es lógico que lo quiera cuanto más depurado mejor para la posteridad. Pero luego recuerdo cuan peor fue para Star Wars que George Lucas metiera la mano otra vez y reescribiera la historia para intentar hacernos creer que Han Solo no disparó primero. O como T. H. White empobreció sus aventuras de Arturo cortando en ediciones posteriores la parte de Madame Mim, memorable villano que Disney sí tendría en cuenta para su película. 

Retocar, cuando ha pasado el tiempo, puede implicar sustituir la inspirada frescura de un pasaje original que quizás no cuadraba del todo por una versión reflexionada y menos natural. El retoque puede venir a veces acompañado de la mano del censor, que considera que ya no es correcto que el servicio secreto persiga a los niños empuñando pistolas, o del nostálgico de alguna escena que quedó fuera en la primera versión y de pronto parece que puede recuperarse. La intención puede ser buena, el resultado es otra cosa. ¿Quien sabe como sería El Señor de los Anillos si J. R. R. Tolkien, perfeccionista como era, hubiera podido retocarlo en ediciones posteriores? Apocalipsis, una de las mejores y más extensas obras de Stephen King (cuando aún podía escribir una buena novela) es la versión extendida de algo que se publicó originalmente como The Stand; ¿la reedición era o no era necesaria? ¿Mejoró el producto? Sea como sea, reescribir algo ya editado y celebrado por el público es una labor arriesgada.

Así que me preocupa cuando leo que esta edición de Neverwhere de Neil Gaiman que tengo entre mis manos es una nueva edición revisada y actualizada. Pero es Neil Gaiman, así que tiene crédito de sobra. Pero Neverwhere es su primera novela en solitario (se publicó en 1996), tras colaborar con Terry Pratchett en Buenos presagios en 1990, y uno de sus mayores éxitos. Escrita a la par que el guión para la serie de la BBC, Gaiman aprovechó para incluir en la novela todo aquello que los ejecutivos de la cadena británica le rechazaban para la versión televisiva, y allí donde la miniserie pasó sin pena ni gloria, la novela triunfó tanto en Inglaterra como en Estados Unidos.


Antes de sumergirme en ella, este es el estado en que me encuentro: ¿qué habrá corregido Gaiman? ¿qué le habrá parecido superfluo, qué necesitado de una mayor extensión? ¿Cual es, en definitiva, la naturaleza de esta revisión?

Las primeras páginas del volumen lo aclaran y quedo bastante más tranquilo. En una carta a los lectores españoles Gaiman nos relata un poco más de la naturaleza de las primeras ediciones de Neverwhere. La primera, editada por la misma BBC, Gaiman la califica más de "borrador" que de obra terminada; la segunda, la edición norteamericana, una reescritura del original británico, sufrió cortes —citando textualmente— en "los pasajes cómicos". Un nacimiento e infancia muy accidentados para este clásico moderno de la fantasía, pionero de la fantasía urbana... y una justificación, esta vez sí, más que sobrada para una edición definitiva.

En la misma carta a los lectores españoles Gaiman comenta que en las convenciones en países de habla hispana se le preguntaba insistentemente acerca de una reedición traducida. La única disponible era la de Norma Editorial publicada en 1999), ya descatalogada y casi imposible de encontrar. Así, lo que nos ofrece ahora Roca Editorial no es solo la versión definitiva de Neverwhere, sino que es la primera edición de Neverwhere a la que pueden acceder los lectores españoles en muchos años y para muchos, espero, será el descubrimiento de uno de esos libros de cabecera a los que una vez terminados seguimos acudiendo de vez en cuando. Contando conque, además, incluye el relato corto "De cómo el Marqués recuperó su abrigo" la compra es ineludible.

Vayamos al tajo. Gaiman comenta, en la introducción, que la intención inicial era crear algo que supusiera para sus lectores adultos algo como lo que para él había sido de niño la serie de Narnia, Alicia al país de las maravillas o El mago de Oz: un cuento que atrapara la imaginación. Y Neverwhere es, desde el principio, un cuento, uno muy crudo. Como en un cuento clásico, Richard, nuestro protagonista, encuentra al inicio de su viaje a una anciana mendiga, y le regala a la pobre mujer un paraguas para guarecerse del temporal. Pero la mendiga no le obsequia nada a cambio, ningún sabio consejo, ningún objeto aparentemente anodino que más adelante se revele crucial para resolver la trama. Cuando Richard marcha hacia Londres lo hace desarmado, solo ante la perspectiva de vivir por primera vez por su cuenta, de su trabajo, en una ciudad extraña.


Cuando nos reencontramos con Richard en el capítulo siguiente es algo distinto de aquel joven escocés que se iba a la gran ciudad. Han pasado pocos años pero ya es un individuo gris, desprovisto de voluntad e iniciativa. Actúa como se espera que actúe: trabaja en una oficina, tiene un piso alquilado, sus amigos son los compañeros de trabajo y su novia, una pedante arpía que solo le ve como un proyecto de marido perfecto al que aún hay que pulir mucho para que encaje. El futuro de Richard nos lo podemos imaginar perfectamente a partir de este retrato: se casará, seguirá trabajando en persecución de un ascenso, su personalidad se irá diluyendo y algún día, muchos años más tarde, rodeado de críos en una casa en los suburbios, morirá preguntándose qué ha sido de su vida.

Algo se interpone para modificar ese destino: una chica con el interesante poder de encontrar y abrir cualquier puerta —incluso cuando no la hay—, que huye de dos matones que quieren asesinarla como han asesinado a su familia. Usa su poder para cruzar un dintel que la lleve a algún lugar, cualquiera, donde sea —en su desesperación no puede pensar en nada más que en su necesidad de apoyo— que puedan ayudarla.

Y la puerta la lleva a los pies de Richard. Y aquí empieza la aventura. Para ambos. La chica, Lady Puerta, necesita apoyo: pero quien más lo necesita es el propio Richard. Porque cuando ella cae a sus pies, ensangrentada, vestida con harapos, cuando Richard decide ayudarla pese a la desaprobación de su novia, una piedra se introduce en el perfectamente engrasado engranaje de la rutina. Y ya nada podrá volver a ser igual.


En el momento en que Richard elige no apartar los ojos —y aquí Gaiman introduce la crítica social— inicia algo que le llevará a descubrir un submundo que los habitantes del Londres diurno rechazan ver. Es el mundo del mendigo, del vagabundo que existe fuera de la sociedad, entre la suciedad, viviendo a partir de los desperdicios y pidiendo en la calle. A partir de aquí, Gaiman desarrolla este submundo, y lo provee de un aura mágica, épica. Detrás del mendigo hay algo más: bajo Londres, otro Londres, otra sociedad, otra realidad. Como el mismo autor reconoce, tratar este tema de este modo, bajo la metáfora, es peligroso: es demasiado serio como para arriesgarse a caer en la frivolidad. Y aquí es donde radica parte del mérito de Neverwhere. Gaiman consigue navegar entre dos aguas. Por un lado, crear y hacer creíble un mundo de ficción, de fantasía, sumamente atractivo. Por el otro, mostrar en todo momento la otra cara de esta fantasía: la trágica, la reivindicativa. El submundo donde se mueven el Marqués y Lady Puerta es atractivo, mágico y colorido, pero en todo momento es también triste, desesperado y cruel.

En el submundo, Richard se embarca junto a Lady Puerta y el misterioso Marqués de Carabás en uno de estos clásicos viajes en busca de sorpresas. Se les une Cazadora, para servir de guardaespaldas de Lady Puerta frente a los matones —Croup y Vandemar— que la quieren para algún oscuro propósito. La búsqueda les llevará a recorrer los entresijos del Londres de Abajo, una realidad entretejida con alcantarillas, estaciones de metro y pozos olvidados bajo las calles de la ciudad, poblada por tribus diversas y medio enfrentadas entre sí, con peligros innombrables aguardando en cada esquina. El relato de este viaje es cien por cien Gaiman: colorista, entretenido, lleno de humor (¡cuidado con el espacio entre el tren y el andén!) y sátira al estilo de Terry Pratchett, llena de sabiduría vital. Y es un relato bien construido: si la estructura tiene ese aire clásico del héroe que viaja en busca de algo junto a sus amigos, perseguido por siniestros villanos, el detalle le da originalidad. Richard no es un héroe: su esperanza, acompañando a Lady Puerta, es encontrar el modo de volver a su antigua vida gris. Es cobarde e indeciso durante la mayor parte del libro, y cuando encuentra el coraje, se vuelve arrogante y problemático. ¿Lady Puerta? Es una niña en proceso de convertirse en adulta: impulsiva, a veces frágil, a veces dura como el diamante. Ella es quizás el personaje más neutro. El Marqués, un pícaro marchante de favores adicto a las tretas y al engaño: y la Cazadora, otra adicta, al asesinato de cuanta bestia extraordinaria se le pone por delante. Este grupo difícilmente cualifica como "tópico" dentro del género. Richard genera mucha empatía, la Cazadora, a mi personalmente, rechazo. Siempre me ha parecido que liquidar criaturas únicas, aunque sean terribles y antropófagas, es un aspecto triste de las novelas fantásticas. Con cada Smaug que muere el mundo —su mundo fantástico— se vuelve un poco más vulgar.


¿Y los secundarios? Croup y Vandemar son villanos también cien por cien Gaiman. Es decir, son implacables, casi invencibles, crueles, brutales y sin ningún rasgo redentor. Y a la vez encantadores, de un modo oscuro. Gaiman los pinta tan carismáticos como pintó al Corintio de Sandman. Son psicópatas, pero psicópatas que pueden caer bien. La población del submundo es igualmente carismática: el Viejo Bailey, el Conde, Anestesia, Lamia... Y las localizaciones, magníficas. Los emplazamientos del mercado (ese tipo de mercado que tanto le gusta a Gaiman, que aparece también en Stardust o Sandman: abigarrado, ruidoso, vendiendo prodigios al lado de porquerías. El legendario mercado de las hadas, el laberinto, la casa del Ángel Islington o, sobre todo, el Puente de la Noche: momento en que a uno se le ponen los pelos de punta por más veces que lo lea.

El final de Neverwhere llega de un modo un poco súbito, y se resuelve con más rapidez de lo que uno esperaba. Pasa lo mismo en muchas otras obras del autor. En El libro del cementerio (obra que me recuerda bastante a Neverwhere, por cierto) el final es igualmente abrupto: quizás para subrayar que, como suele decirse, lo que importa es el trayecto.

Y qué trayecto. Como en La historia interminable acabamos llenos de interrogantes que, quizás, sean historias para ser contadas en otra ocasión: ¿quienes son las Siete Hermanas, y por qué son tan temibles? ¿Qué pasa con los pastores de Shepherd's Bush? ¿Qué son y de dónde vienen las doradas? Si hay, como se sugiere, una subciudad similar bajo cada gran capital del mundo... ¿cómo son? A algunas preguntas Gaiman ya les ha dado respuesta: el Marqués recupera su abrigo en la historia que complementa la presente edición. A otras, dice que quizás les de respuesta pronto. En la introducción comenta que tiene ganas de darle una continuación a Neverwhere, y que podría girar precisamente en torno a las Siete Hermanas. Y que esta continuación, gran noticia, podría llegar pronto. De ser así, me lanzaré a por ella sin pensarlo un segundo. Así como otros universos de Gaiman me parecen más cerrados, muy satisfactorios pero autocontenidos en la novela que los presenta (Stardust, American Gods, El libro del cementerio) de Neverwhere y Sandman sí ansío saber más: sí deseo continuaciones, sagas enteras de ellas. Ojalá el próximo libro de Gaiman que reseñe se titule precisamente Las Siete Hermanas.


Mientras tanto, el valor de Neverwhere es indiscutible; y su influencia se deja notar en multitud de medios. Como decía, seguramente se la pueda considerar una de las obras pioneras de la hoy en día muy popular fantasía urbana. La inspiración quizás esté detrás de la celebrada serie de cómic de Straczynski, "Midnight Nation", la cual desarrolla una premisa muy similar, literal en algunos aspectos (la invisibilidad del marginal frente al ciudadano normal). Sin movernos del noveno arte, recomendar la adaptación de Neverwhere al cómic dentro de la línea Vertigo a cargo de Mike Carey (responsable, también dentro de Vertigo, de Lucifer) y Glenn Fabry (su diseño de personajes es algo discutible a veces, no me convence su Lady Puerta o su versión del ángel Islington; su Marqués de Carabás, por lo contrario, es excelente), pero la adaptación es bastante literal y merece la pena leerse. En literatura, Neverwhere parece la base sobre la que China Miéville ha escrito muchos de sus libros, desde Un Lun Dun y La estación de la calle Perdido a Kraken. Y es que han pasado muchos años desde Sandman y Neverwhere, pero Gaiman sigue demostrando dos cosas: que a diferencia de tantos otros, sabe seguir siendo relevante y que su obra sobrevive perfectamente al paso del tiempo.

Detalles de la edición
Roca Editorial, octubre de 2015
Tapa dura con sobrecubierta, 384 páginas. 19,90 € (disponible en electrónico)
Traducción de Mónica Faerna

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