Mi espada, mi conjuro.
La puerta. Magia.
La mazmorra. Un troll.
Nos gusta la fantasía

"Sabe, oh príncipe, que entre los años en que los océanos anegaron Atlantis y las resplandecientes ciudades [...] hubo una edad no sonada en la que brillantes reinos ocuparon la tierra como el manto azul entre las estrellas."

LA

en la tinta

Mi espada, mi conjuro. La puerta, magia, Igni. La mazmorra,
un troll. El mundo. Nos gusta la fantasía.


- La fantasía es la poción mágica de la literatura -

Nuestra
definiciónde
Fantasía

Dícese de tener la espada a mano y el conjuro aprendido, abrir la puerta a ganzúa, recorrer las mazmorras, enfrentarse al troll, al gnoll y al conjurador de la torre. Explorar un universo imaginario... o no.

La ilustración de arriba
es obra de Russ Nicholson.

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septiembre 13, 2015

'Grimscribe. Vidas y obras' de Thomas Ligotti

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Thomas Ligotti, autor de culto extremadamente prolífico con una base de adoradores internacional, creciente a medida que su trabajo va dándose a conocer en España, donde era repetidamente ignorado por el mundo editorial. Esto último ha cambiado en gran parte gracias a Valdemar, que editaba no hace mucho una antología suya, Noctuario —con una gran acogida— y que ahora nos sorprende con Grimscribe. Vidas y obras.

Ligotti es un autor inclasificable: su obra labra un camino propio que a veces se acerca a la de Lovecraft, pero más a menudo a la filosofía existencialista y al nihilismo más decadente. La prosa de Ligotti es refinada, densa e intelectual, rica en referentes cultos, recursos literarios y experimentos narrativos. Con algunos de sus relatos se impone la relectura, ya que no es extraño perderse entre sus metáforas y juegos estéticos. No hay —probablemente— autor en el panorama del género de terror actual que esté a su altura en sofisticación. Pasemos a ver por qué analizando un poco los relatos que contiene esta antología.

En primer lugar, encontramos aquellos relatos que por su temática y estilo resultan algo más convencionales y sin duda más asequibles, aunque no por ello menos interesantes. Tenemos por ejemplo "La última fiesta de Arlequín", relato que abre la antología. En él Ligotti nos describe la investigación de un antropólogo en la ciudad de Mirocaw. Mirocaw, que se alza sobre las colinas en un estado del medio oeste, ofrece desde la distancia un efecto óptico entre la parte alta y el suburbio. La primera, a mayor altura, parece superponerse sobre la segunda como si de una máscara se tratara. ¿Cual es la verdadera cara de Mirocaw? Dado que cerca del solsticio de invierno la ciudad celebra un inusual festival que implica la presencia de payasos (precisamente el campo de estudio y pasión personal del antropólogo) éste decide quedarse e investigarlo, y con más interés aún cuando descubre los vínculos de la celebración con antiguos rituales del paganismo europeo y cierta secta siria. Al llegar encuentra la ciudad sumida en el verdor. En el frío del invierno una primavera artificial se ha instalado en las calles con la obsesiva dedicación de la ciudadanía a llenarlo todo de guirnaldas, plantas artificiales, banderines y luces todas verdes: parece como si quisieran inundarlo todo con este recordatorio de la vida ante el memento mori que supone el cambio estacional, o como si se intentara sobrecompensar un trasfondo mórbido. "La última fiesta de Arlequín" está dedicado a Lovecraft y junto con "Nethescurial" es el más cercano a las ideas del ermitaño de Providence.

En cuanto a "Nethescurial", se trata de una joya de las más destacables en este volumen. Arranca con un alarde de metaliteratura. El narrador nos resume a los lectores el relato que él mismo acaba de leer tras encontrarlo en un fajo de antiguas cartas: una historia de terror sobre una secta panteísta adoradora de una entidad pavorosa cuyo culto se centra en un ídolo de piedra oscura. Cuando el culto se escinde, los rebeldes destrozan el ídolo y reparten sus fragmentos en una miríada de islas alrededor del mundo. El hallazgo de uno de estos fragmentos —en una isla llamada Nethescurial— es el punto de donde arranca este relato dentro del relato. El narrador se nos muestra escéptico ante lo que acaba de leer, y sigue escéptico hasta que el poder, la verdad oculta tras su lectura, le alcanza y le empieza a mostrar, de un modo ineludible, lo que se oculta tras todas las cosas, el horror subyacente a la realidad al que adoraban los sectarios. Este horror pasa de un relato al narrador, y de éste a nosotros.


La metáfora es un modo por el cual el observador da forma a la realidad de acuerdo a sus pensamientos e impresiones subjetivos
Otro relato bebe, en menor medida, de las fuentes lovecraftianas. Se trata de "Los sueños de Nortown", donde otro joven estudiante de antropología es testigo de la degradación psicológica a la que va sumiéndose su compañero de piso, también estudiante, a medida que se adentra en los arcanos de una escuela mística secreta. Sus experimentos le llevan a soñar con cosas ajenas a nuestra percepción, y a la vez, le exponen a los sueños de las entidades que puedan residir en estas dimensiones. Poco a poco, el clima psíquico del piso que comparten se va enrareciendo y el joven antropólogo empieza a compartir los mismos sueños. Espoleado por el deseo de atestiguar la resolución del proyecto de su amigo, le sigue una noche en sus correrías nocturnas. El contactar con otras realidades mediante el sueño, el atraer con ello una atención indeseada es uno de los temas lovecraftianos, pero a la vez este relato sirve de puente para el gran tema de esta antología: la naturaleza de la realidad, la forma como la percibimos, qué efectos, dimensiones o engaños puede ocultarnos la percepción tal y como la tenemos programada y como puede distorsionarse la realidad cambiando esta programación.

En este sentido la metáfora, este recurso literario del que Ligotti a veces parece que abuse, cobra un nuevo significado. Podríamos decir que la metáfora es un modo por el cual el observador da forma a la realidad de acuerdo a sus pensamientos e impresiones subjetivos, por ejemplo «estas butacas son unas lápidas», «la luz morada con la tonalidad de un corazón abierto». Y Ligotti, quien en la mayor parte de estos relatos discute la cualidad física e imperturbable de la realidad sometiéndola a la percepción, usa de un modo extremadamente hábil, y muy recurrente, la metáfora, siempre relativa a imágenes mórbidas, para construir un subtexto que refuerza de forma subliminal el mensaje del relato: la verdad está en el ojo del observador.

Y así nos lo presenta en relatos como "Los anteojos de la caja", "Los místicos de Muelenburg" o "A la sombra de otro mundo". En "Los anteojos de la caja" un cínico coleccionista de rarezas, aburrido del proceso por lo cual lo extraño y misterioso de cada nuevo descubrimiento acaba volviéndose mundano una vez el misterio se desentraña, engaña a un sugestionable amigo, hastiado de su entusiasmo soñador. Aprovechando una de sus visitas, le obsequia con unos sencillos anteojos que, dice —mediante un ampuloso e hipnótico discurso—, son un maravilloso artilugio capaz de mostrar otras realidades al portador. En "Los místicos de Muelenburg" tenemos un escenario similar —que se sigue repitiendo en muchos de los relatos— en el que un pupilo aparece ante un maestro, un místico, y le escucha pontificar sobre la naturaleza de las cosas. Klaus Klingman, que aquí juega el papel del maestro, explica que las cosas no son lo que parecen ser, y que optamos por ignorar esta verdad para salvaguardar nuestra cordura. La realidad es la percepción, luego, ¿qué existe más allá de nuestros sentidos? ¿Pueden esos sentidos ser entrenados para ver más allá? Klingman logra dominar la técnica y gracias a ello vive en un estado superior. Ve sin restricciones, ninguna, ni las que impone la muerte: así puede contactar con aquellos que ya llevan tiempo muertos y a través de ellos saber del curioso caso de Muelenburg. De cuando sus habitantes, en la oscuridad del siglo XIV, se perdieron un día sin razón aparente al margen de la realidad, atrapados en un crepúsculo permanente donde todo cambia de forma según las expectativas de su observador.


En "A la sombra de otro mundo" el tema es similar: realidad y percepción. Percepción, una vez más, de otros mundos superpuestos al nuestro, o de los que el nuestro es una proyección defectuosa. La casa que visita el protagonista perteneció a otro de estos místicos que exploran el velo de la realidad; la equipó con unos cristales especiales (obra de una ciencia perdida o de la magia) en todas las ventanas —especialmente en las del alto torreón octogonal que corona el edificio— que, cual lentes de unos anteojos, permiten al mirar a través ver  otros mundos que los sentidos nos ocultan; el problema es que a través de una ventana tanto se puede observar como ser observado.
Estos relatos forman el núcleo temático puro de Grimscribe. Si bien todos, algunos más que otros, tratan estos temas, estos tres lo hacen de forma más específica y casi obsesiva.

Cuando, mucho después de su muerte, se escriba sobre la historia del terror en algún medio del siglo XXII, se nombrará a Ligotti entre los más grandes
El resto de relatos los agrupo en un tercer conjunto sin etiquetar. En "Las flores del abismo" el narrador, profesor de un pueblo pequeño, se lamenta de la suerte que ha corrido al aceptar el encargo de la población e ir a investigar las intenciones de un ermitaño que se ha instalado en la casa donde no hace mucho murió la familia Van Livenn. El asceta le recibe cordialmente y le expone su proyecto vital; es un estudioso de la locura de las cosas. A menudo ha mirado en el abismo y ha vuelto, y allí, en aquella casa, está un objeto que resulta digno de su estudio. En "Los capullos" un doctor despierta a un paciente a medianoche para pedirle que le acompañe a ver a otro paciente al que dejó de tratar hace un tiempo. El psiquiatra parece convencido que del encuentro entre ambos pacientes surgirá algo positivo para las patologías de ambos. "El Glamour" es la historia de un amante de los paseos nocturnos que se aventura por primera vez en un barrio desconocido. Allí se siente poderosamente atraído por sus calles iluminadas y sus escaparates, por el reflejo de las luces y la vibración especial de la vida nocturna, y se siente embargado de una gran felicidad. Como llevado por una inspiración descubre una entrada lateral a un cine abandonado y entra a ver la proyección; telarañas finas como cabellos cubren todo, butacas y espectadores incluidos. Recordemos que "Glamour" es la magia de atracción y encantamiento que atrapa la mente y distorsiona la realidad, propia según el folclore de hadas y elfos. Si es que un ser mágico de este tipo puede existir en un relato de Ligotti, podemos estar seguros de que sus métodos e intenciones distan de los inocentes juegos de los seres de los cuentos infantiles.

En "La escuela nocturna" acompañamos a un alumno con una crisis existencial a la clase que imparte por las noches un excéntrico profesor portugués en un edificio abandonado, sucio y enfermo, en medio de un parque de árboles esqueléticos. Al recorrer la escuela a oscuras, preguntándose acerca del profesor y de la nueva tarea que pueda haberles preparado, el chico encuentra a otros alumnos — vagabundos y alucinados harapientos la mayoría— que le guían a la nueva aula donde se impartirá la clase y él podrá ver resuelto su dilema vital. En este relato, igual que en "La biblioteca de Bizancio" —que narra el extraño encuentro entre un niño poseedor de capacidades clarividentes y un interés artístico por el horror y un sacerdote devoto a la contemplación del sufrimiento como forma de alcanzar la iluminación— se percibe un toque de humor negro muy refrescante en un tomo con relatos tan densos.

Cierran Grimscribe. Vidas y obras dos relatos inclasificables: "La señorita Plarr" sigue la extraña relación entre un niño y la nueva ama de llaves que se ocupará del hogar durante la ausencia del padre y la enfermedad materna. en "La sombra en el fondo del mundo" una antigua fuerza despierta en una localidad rural con el fin del verano. Su poder subterráneo impone una estación antinatural de extraña calidez a la región e inspira sueños de putrefacción y oscuridad a los habitantes del pueblo. Como un antiguo dios pagano, lo que ha despertado escoge su sacerdote. Y como con una de aquellas deidades, puede necesitarse sangre para aplacarlo.

Es innegable que Ligotti no es autor para todos los gustos: no es un autor de masas y nunca lo será. Su estatus es el de autor de culto, ignorado por la mayoría, riéndose desde las tinieblas de los que se autoproclaman reyes del terror. Cuando, mucho después de su muerte, se escriba sobre la historia del terror en algún medio del siglo XXII, se nombrará a Ligotti entre los más grandes. Lo único que podemos hacer nosotros ahora es participar de las visiones que quiera seguir compartiendo y esperar que Valdemar nos las siga facilitando a buen ritmo.

Valdemar, 27 mayo 2015
Tapa dura, 256 págs. 21 €
Traducción de Marta Lila Murillo

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