Mi espada, mi conjuro.
La puerta. Magia.
La mazmorra. Un troll.
Nos gusta la fantasía

"Sabe, oh príncipe, que entre los años en que los océanos anegaron Atlantis y las resplandecientes ciudades [...] hubo una edad no sonada en la que brillantes reinos ocuparon la tierra como el manto azul entre las estrellas."

LA

en la tinta

Mi espada, mi conjuro. La puerta, magia, Igni. La mazmorra,
un troll. El mundo. Nos gusta la fantasía.


- La fantasía es la poción mágica de la literatura -

Nuestra
definiciónde
Fantasía

Dícese de tener la espada a mano y el conjuro aprendido, abrir la puerta a ganzúa, recorrer las mazmorras, enfrentarse al troll, al gnoll y al conjurador de la torre. Explorar un universo imaginario... o no.

La ilustración de arriba
es obra de Russ Nicholson.

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junio 29, 2014

Reseña: «Empuñapiedras» (Malaz: El Imperio 3), de Ian C. Esslemont

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Parece que cuando Esslemont escribió este libro no estaba muy inspirado; el primero de su saga particular, La noche de los cuchillos, no era exactamente extraordinario, aunque sí muy entretenido. Remontó su currículum con El regreso de la Guardia Carmesí, permitiéndonos suponer que Empuñapiedras merecería casi tanto la pena como uno de los títulos de su compañero Erikson, verdadero maestro del universo Malaz (recordemos que la saga principal de Malaz corre a cargo de Erikson, y la de Esslemont, "Malaz: El Imperio" es paralela y complementaria a aquella). Pero no ha sido así. Por primera vez me he aburrido leyendo pasajes de un libro de Malaz; no durante toda la lectura, ya que ésta remonta mas o menos hacia medio libro, pero la primera parte es de un nivel bastante bajo, y por muchos motivos, que comentaré más adelante. El conjunto me parece que podría ser muy mejorable si se prescindiera de ciertos segmentos y se redujera drásticamente el número de páginas.

Antes de comentar lo que yo veo como errores –y soy completamente subjetivo al respecto, por supuesto– repasemos antes el argumento. En algún momento cronológicamente indeterminado después de los eventos que sacudían la cúpula imperial en los anteriores tomos de las dos sagas, el Imperio de Malaz decide renovar su dominio sobre parte de las tierras del subcontinente de Korelri (famoso sobre todo por la imponente muralla de las tormentas, que cierra su costa norte a la invasión de los jinetes sobrenaturales que pueblan el estrecho de las tormentas entre isla Malaz y el subcontinente). Para encabezar la expedición malazana, cuentan con Melena Grís, antiguo Puño Supremo, considerado hasta entonces un traidor. Este irá acompañado de Kyle, anteriormente soldado de la Guardia Carmesí que conocíamos en el segundo libro de Esslemont.

En otro frente, Kiska, guardaespaldas del mago supremo imperial Tayschrenn, pacta con la Encantadora para encontrar a su maestro perdido en el vórtice que se lo tragara en El regreso de la guardia carmesí, y le asigna un compañero que también resultará familiar a los lectores. Ambos ingresan en la senda de sombra para seguir el rastro a la anomalía caótica. Mientras tanto, en las tierras del subcontinente, varios grupos se van organizando lentamente en oposición a la hasta entonces hegemónica fe a “La Señora”, una entidad aparentemente divina que milenios atrás inspiró la creación de la muralla. Algo tras su culto monoteísta pinta muy mal: su dominio sobre el subcontinente ha alienado a sus gentes del resto del mundo de Malaz.


“Esslemont repite una fórmula que quizás ya va tocando cambiar”
Este es pues el planteamiento, muy ambicioso, como suele suceder con los libros malazanos. Muchos hilos abiertos, muchos puntos de vista, varios de ellos narrados simultáneamente desde la óptica de participantes en el conflicto en bandos opuestos. Esto añade verosimilitud a la historia; es una virtud no de Esslemont en concreto, sino de Malaz en general: sirve para dar a todos los implicados cierta aura de ambigüedad, logrando que no se pueda establecer claramente un bando “maligno” y uno “benigno”, como suele pasar con la fantasía épica tradicional. En Empuñapiedras Esslemont pone, al fin, algunas piezas más al puzzle malazano: presenta finalmente el subcontinente de Korelri y lo pinta de un modo atractivo. Los enredos de politiqueo, de lealtades ambiguas y conflictos entre divinidades, las maniobras de ejércitos invasores, los avances de una muchacha estúpida por el Reino de Sombra hacen que uno lea rápido y con ganas. Y el clímax, cuando finalmente llega, es apoteósico. Todo esto es positivo, pero como decía, este tomo en concreto adolece también de varios errores, que hacen que todo esto, de entrada tan atractivo, llegue a resultar en algún punto cansino.

En primer lugar, Esslemont repite una fórmula que, aunque ha funcionado en el resto de la saga hasta ahora, quizás ya va tocando cambiar. Empiezo a leer y no consigo que me importe lo más mínimo el destino o personalidad del enésimo regimiento de soldados rasos que veo pasar ante mi. ¿Suth? ¿Lerdo? ¿Yana? Nuevos nombres, nuevos soldados rasos, como tantos ha habido anteriormente. Focalizar en ellos parte de la narración a estas alturas ya es un error: aunque parte de la gracia de Malaz consista en introducir nuevos personajes constantemente, la saga ha llegado a un punto en el que el lector espera seguramente cierto rumbo hacia unas conclusiones donde estos soldados no parece que puedan aportar nada. El tono en los libros precedentes –tanto en los de la saga principal como en los de esta saga paralela– había ido volviéndose más oscuro, sugiriendo que finalmente habíamos llegado al final de una larga introducción. A mi modo de ver, estos personajes no contribuyen a ello, y lo que es mucho peor, tampoco construyen una trama paralela interesante; francamente, me sobran. Los largos párrafos dedicados a sus andanzas me cansan muchísimo. Y si como personajes no me cautivan, mucho menos lo hace el personaje más pesado de la saga entera creación de Esslemont: Kiska la joven irritante que por alguna extraña razón se convirtió en guardaespaldas del mago supremo imperial y que hace aquí su reaparición tras exasperarnos en El regreso de la guardia carmesí, dispuesta a hacernos perder la paciencia de nuevo vagando por la senda de Sombra desorientada, como siempre, y sin enterarse de nada.


Con este plantel de personajes –y algunos nuevos más– no es de extrañar que toda la esperanza y el interés recaigan en Melenagrís y Kyle, también viejos conocidos, y en mayor medida, en el sargento Barras de Hierro que, en su errático rumbo, ha acabado por servir en la defensa de la muralla de las Tormentas. Son también viejos conocidos, fruto quizás de una época más fértil para Esslemont, y sus andanzas resultan algo más interesantes.

En segundo lugar, el libro peca de falta de originalidad en algunos escenarios, y eso es algo que también me resulta nuevo tratándose de Malaz. En concreto, me refiero a cierta muralla que, alzada ante la costa korelri, la protege de los fríos jinetes de las Tormentas. Muralla ahora en peligro por falta de fondos y por los escasos reclusos –hechos guardianes a la fuerza– que quedan para defenderla, y los reinos del interior de korelri no mandan suficientes tropas. ¿Suena familiar?

Otros ejemplos de falta de originalidad son el uso de ciertos clichés, situaciones extremadamente tópicas como el que el imperio decida recurrir a un puño (general) retirado, quien ante la zanahoria adecuada acepta dejar su vida de tranquilo retiro para volver a la acción; o el sacerdote antisistema con discurso espiritualista partidario de la lucha pacífica; o el personaje cómico, paródico, y a la vez imbatible tan propio de los libros malazanos; o el funcionario abnegado que sigue su propio camino por mucho y su idea de la justicia aunque implique cerrarse cualquier posibilidad de ascenso. Son todos tópicos, arquetipos ya usados en otros tomos de la saga. Al final, parece que para conseguir un plantel de personajes de un libro malazano sea necesario reunir todos estos arquetipos representados por personas nuevas cada vez; el saboteador enloquecido, el gigante, la guerrera hosca, el sabio despistado e invariablemente certero, la bruja barriobajera, el individuo aparentemente insignificante que oculta un gran poder, etcétera.

Finalmente, Empuñapiedras es menos Malaz que cualquiera de los precedentes: contribuye a ello que en el principal escenario, Korelri, impere un culto monoteísta con tintes fanáticos que, junto a una cultura no muy lejana a la del medievo europeo, resulta demasiado familiar y muy alejada del exotismo propio de la saga. A nivel personal, son muchos los escenarios o personajes descritos en este libro que me han decepcionado, y es que los veo demasiado simples o apresurados: conceptos poco arriesgados. Es, repito, una impresión personal, pero cuando en libros anteriores se mencionaba la gran muralla de Korelri, el muro de las Tormentas, me lo imaginaba de un modo completamente distinto: algo quizás como una casa de Azath alargada, hogar forzoso de miles de defensores, algunos de ellos meros mortales, otros criaturas poderosas atadas al muro con la magia. Y el muro mismo ¿no os lo imaginabais quizás como algo obra de algún dios, una extensión rocosa, tosca, un afloramiento natural de roca reaprovechado como muralla? Así lo veía yo: la realidad que nos muestra Esslemont en este libro es tan prosaica que resulta muy decepcionante. Un muro. Con almenas y torres, y problemas en los cimientos. Vaya.

La falta de originalidad se extiende al mismo desarrollo de la trama: las mismas procesiones de refugiados, de campesinos y “gente normal” obligada a luchar bajo el liderazgo de héroes renuentes, las mismas discusiones teológicas, el mismo espíritu de revuelta del pueblo contra el dominio de alguna fuerza (extranjera o divina) que ya vimos en el apocalipsis de Sha'ik o, salvando las distancias, con la cadena de Perros.

Más problemas: las contradicciones. Se hacen ciertas afirmaciones desconcertantes –en un tono rotundo– sobre la naturaleza divina o no de personajes como Osserc o La Encantadora, por cuanto contradicen directamente todo lo dicho hasta ahora. Malaz ya es una serie complicada de por si sin necesidad de que un imitador de Erikson se líe con los datos y la complique aún más.

Esslemont, Empuñapiedras me ha decepcionado. Si había alguna duda, queda despejada: es un autor mucho menos capaz que Erikson. Sus diálogos son vulgares al lado del ágil ingenio de los de Erikson, sus tramas, torpemente llevadas, y una gestión de la épica que la convierte en algo difícil de tragar, están a años luz de la calidad a la que Erikson nos tiene acostumbrados. Lo que es peor es, sin embargo, que en algunos puntos parece contradecirse directamente respecto a informaciones que la saga principal nos había dado: en lo relativo a la divinidad de Osserc o T'riss, por ejemplo, la contradice directamente. Malaz ya es una saga lo bastante complicada como para que Esslemont la complique aún más metiendo la pata con errores de coherencia interna.

Pero que le vamos a hacer, en cualquier saga hay baches. En "Canción de hielo y fuego" la cuarta entrega no estaba seguramente a la altura de las demás. En los libros de Terramar es el tercero el que falla. Dado que no se pueden leer como libros sueltos ni –por lo menos en el caso de Empuñapiedras– se pueden saltar, no queda más que resignarse y quedarse con la esperanza de que lo que venga será mejor.


Información adicional
Editado por La Factoría de Ideas en mayo de 2014.
Rústica con solapas, 576 págs, 25,75 €. Disponible en ebook
Traducido por Marta García Martínez.
Tercera entrega de 'Malaz: El Imperio'.
Nuestra valoración: 

comentarios

Mi madre... Solo estoy de acuerdo contigo en una cosa: Erickson escribe mejor que esslemont.

En lo demás, por un lado criticas que vuelva a los tópicos de la saga con personajes viejos protagonizados por nuevos nombres, y por otro te quejas de que pierde su esencia de un montón de dioses. Lo de los personajes no me merece ninguna queja, les sigo cogiendo cariño a todos ellos, pero entiendo que es algo personal. Lo de la tierra monoteísta, a mi me parece brutal. Igual que hay sitios politeístas y monoteístas en el mundo real, porque aquí iba a ser diferente?

Sobre las contradicciones en temas de divinidad... Creo que se podría escribir una biblia con ese debate. Que hace a un ascendiente un dios? Que lo adoren? Que además acepte ser adorado? Pirque no hay que olvidar que osserc no desea ser adorado. Y tampoco veo yo que se diga que no son dioses ninguno de ellos. Solo se dice que son ascendientes no?

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