Mi espada, mi conjuro.
La puerta. Magia.
La mazmorra. Un troll.
Nos gusta la fantasía

"Sabe, oh príncipe, que entre los años en que los océanos anegaron Atlantis y las resplandecientes ciudades [...] hubo una edad no sonada en la que brillantes reinos ocuparon la tierra como el manto azul entre las estrellas."

LA

en la tinta

Mi espada, mi conjuro. La puerta, magia, Igni. La mazmorra,
un troll. El mundo. Nos gusta la fantasía.


- La fantasía es la poción mágica de la literatura -

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Fantasía

Dícese de tener la espada a mano y el conjuro aprendido, abrir la puerta a ganzúa, recorrer las mazmorras, enfrentarse al troll, al gnoll y al conjurador de la torre. Explorar un universo imaginario... o no.

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julio 24, 2015

Lee las primeras páginas de 'Una llama entre cenizas' de Sabaa Tahir

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Montena publicará el próximo 3 de septiembre la novela Una llama entre cenizas (An Ember in the Ashes) de la debutante Sabaa Tahir, una novela de fantasía épica que se ha ganado el elogio de la crítica estadounidense y se ha convertido en uno de los lanzamientos más esperados del año y aparte de ser una de las novelas más vendidas en las listas del The New York Times se ha ganado el elogio de ser la sucesora de sagas como "Los juegos del hambre" o "Canción de hielo y fuego" (mal llamada Juego de tronos por su versión televisiva de la HBO).


"Imposible dejarlo", "un hype justificado", "un terrible e inquietante recordatorio de lo que significa ser humano" o "un cuento lleno de intriga política y salpicado de fuerzas sobrenaturales" son solo algunos de los elogios que se ha llevado la novela.

Pero no acaba ahí la cosa, porque Una llama entre cenizas va a ser publicada en 28 países y Paramount Pictures ha comprado los derechos para hacer una o varias películas.

La sinopsis dice: En un mundo regido por la ley marcial de la Roma Antigua, el precio de la desobediencia es la muerte. Laia y su familia sobreviven en los callejones más pobres, sin cuestionar el orden establecido. Han visto lo que les pasa a quienes se atreven a desafiarlo. Cuando encarcelen a su hermano por traición, Laia se verá obligada a acudir a la resistencia. A cambio de su ayuda, deberá espiar para ellos en la Academia Militar. Allí conocerá a Elias, el soldado más prometedor del Imperio y también su mayor opositor. Laia es esclava, Elias es soldado. Ninguno de los dos es libre. Solo uniendo sus destinos podrían cambiar el de todos. «Esta vida no es siempre como pensamos. Eres una llama entre cenizas. Prenderás y arderás, arrasarás y destruirás. No puedes cambiarlo, no puedes evitarlo.»


La edición española de Una llama entre cenizas será en rústica con solapas, tendrá 448 páginas y un precio de 17,95 doblones. Como decimos más arriba, llegará a las librerías el 3 de septiembre y contará con la traducción de Pilar Ramírez Tello.

Está previsto que Una llama entre cenizas sea la primera parte de una saga cuya continuación está prevista para abril del año que viene en inglés.

A continuación os dejamos con el avance de la novela para que vayáis abriendo boca:





PRIMERA PARTE

LA REDADA



I

Laia



         Mi hermano mayor llega a casa en las oscuras horas previas al alba, cuando hasta los fantasmas descansan. Huele a acero, carbón y forja. Huele al enemigo.
         Repliega su cuerpo de espantapájaros para colarse por la ventana y camina descalzo, en silencio, sobre los juncos. Tras él entra un viento caliente del desierto que agita las lánguidas cortinas. Se le cae el cuaderno de bocetos al suelo y le da una rápida patada con el pie, como si fuera una serpiente, para meterlo debajo de su catre.
         «¿Dónde has estado, Darin?»
         Dentro de mi cabeza soy lo bastante valiente para hacer la pregunta y Darin confía lo suficiente en mí para responderla.
         «¿Por qué desapareces así? ¿Por qué, si los abuelos te necesitan? ¿Si yo te necesito?»
         He querido preguntárselo todas las noches desde hace casi dos años, pero todas las noches me ha faltado valor. Solo me queda un hermano. No quiero que me aparte de él, como ha apartado a todos los demás.
         Pero esta noche es distinta. Sé lo que contiene ese cuaderno. Sé lo que significa.
         —No deberías estar despierta.
         El susurro de Darin me sobresalta y me devuelve a la realidad. Tiene un sexto sentido para percibir las trampas, como los gatos; lo heredó de mi madre. Me incorporo en mi catre mientras él enciende la lámpara; no tiene sentido fingir que estoy dormida.
         —Te has saltado el toque de queda y ya han pasado tres patrullas.
         Estaba preocupada.
         —Sé cómo esquivar a los soldados, Laia, tengo mucha práctica.
         Apoya la barbilla en mi catre y sonríe; es la sonrisa dulce y torcida de nuestra madre. Una expresión familiar: la que utiliza cuando me despierto de una pesadilla o nos quedamos sin grano; la que me asegura que todo va a salir bien.
         Recoge el libro de mi cama y lee el título:
         —Congregación nocturna. Espeluznante. ¿De qué va?
         —Acabo de empezarlo. Trata de un genio... —Me detengo. Listo, muy listo: a él le gusta escuchar historias tanto como a mí contarlas—. Olvida el libro, ¿dónde estabas? Tata ha tenido doce pacientes esta mañana.
         «Y yo me he visto obligada a sustituirte porque no podía encargarse él solo. De modo que nana se ha quedado sola envasando las mermeladas para el mercader y no le ha dado tiempo a terminar. Así que ahora el mercader no nos pagará y nos moriremos de hambre este invierno. Dime, ¿por qué no te importa?»
         Me guardo las palabras para mí. Darin ya ha perdido la sonrisa.
         —No estoy hecho para sanar —responde—. Tata lo sabe.
         Mi instinto me ordena que recule, pero entonces pienso en los hombros hundidos de tata y en el cuaderno de bocetos.
         —Los abuelos dependen de ti. Por lo menos, habla con ellos. Llevas meses sin dirigirles la palabra.
         Espero a que responda que yo no lo entiendo, que lo deje en paz. Sin embargo, sacude la cabeza, se deja caer en su catre y cierra los ojos como si ni siquiera mereciera la pena responderme.
         —He visto tus dibujos —digo de golpe, y Darin se levanta al instante, con el rostro pétreo—. No estaba espiando. Una de las hojas estaba suelta y la he encontrado cuando cambiaba los juncos eesta mañana.
         —¿Se lo has contado a los abuelos? ¿Lo han visto?
         —No, pero...
         —Escucha, Laia. —Por los diez infiernos, no quiero escucharlo, no quiero conocer sus excusas—. Lo que has visto es peligroso —añade—. No se lo puedes contar a nadie. Nunca. No solo está en peligro mi vida, sino la de muchos más...
         —¿Estás trabajando para el Imperio, Darin? ¿Estás trabajando para los marciales?
         Guarda silencio. Creo ver la respuesta en sus ojos y me pongo mala. ¿Mi hermano traiciona a los suyos? ¿Mi hermano se ha puesto de parte del Imperio?
         Si se dedicara a almacenar grano, a vender libros o a enseñar a los niños a leer, lo entendería. Estaría orgullosa de él por hacer las cosas que yo no tengo el valor de hacer. El Imperio saquea, encierra y mata por tales «delitos», pero enseñar el abecedario a un niño de seis años no es un acto malvado..., no para mi gente, para los académicos. Sin embargo, lo que ha hecho Darin es asqueroso; es una traición.
         —El Imperio mató a nuestros padres —susurro—. A nuestra hermana.
         Quiero gritarle, pero las palabras se me quedan atascadas en la garganta. Los marciales conquistaron las tierras académicas hace quinientos años y, desde entonces, lo único que han hecho ha sido oprimirnos y esclavizarnos. Antes, el Imperio Académico albergaba las mejores universidades y bibliotecas del mundo. Ahora, la mayoría de los nuestros no son capaces de distinguir una escuela de una armería.
         —¿Cómo has podido ponerte del lado de los marciales? ¿Cómo, Darin?
         —No es lo que piensas, Laia. Te lo explicaré todo, pero...
         De repente, se calla, y levanta la mano para silenciarme cuando le pido la explicación prometida. Gira la cabeza hacia la ventana. A través de las finas paredes, tata ronca, nana se agita en sueños y una paloma torcaz canturrea. Sonidos familiares. Sonidos del hogar. Darin oye algo más. Se queda lívido y leo el miedo en sus ojos.
         —Laia —dice—. Redada.
         —Pero si trabajas para el Imperio...
         «¿Por qué nos asaltan los soldados?»
         —No trabajo para ellos —contesta, tranquilo, más tranquilo que yo—. Esconde el cuaderno. Eso es lo que quieren, por eso han venido.
         Entonces sale por la puerta y me deja sola. Muevo las piernas desnudas como si fueran de melaza fría y las manos como si se hubieran convertido en bloques de madera.
         «¡Deprisa, Laia!»
         Lo más normal es que el Imperio haga sus redadas al calor del día. Los soldados quieren que las madres y los niños académicos lo vean todo, quieren que los padres y los hermanos presencien cómo esclavizan a la familia de otro hombre. Aunque esas redadas son horribles, las nocturnas son peores. Las nocturnas se llevan a cabo cuando el Imperio no quiere testigos. Me pregunto si esto es real o si es una pesadilla.
         «Es real, Laia, muévete.»
         Tiro el cuaderno por la ventana para que aterrice en un seto. Es un escondite lamentable, pero no tengo tiempo de más. Nana entra cojeando en mi cuarto. Sus manos, tan firmes cuando remueve las tinas de mermelada o me trenza el pelo, revolotean como pájaros frenéticos, desesperadas por hacerme salir de allí lo más rápido posible.
         Me empuja al pasillo. Darin está con tata en la puerta de atrás. Mi abuelo lleva el pelo, ya blanco, más alborotado que un pajar y la ropa arrugada, aunque no queda ni rastro de sueño en los profundos surcos de su cara. Le murmura algo a mi hermano antes de entregarle el cuchillo más grande de la cocina de la abuela. No sé por qué se molesta: el cuchillo se hará pedazos contra el acero sérrico de las hojas marciales.
         —Darin y tú tenéis que salir por el patio de atrás —me indica nana, que no aparta la vista de las ventanas—. Todavía no han rodeado la casa.
         «No, no, no.»
         —Nana —digo en un susurro.
         Tropiezo cuando ella me empuja hacia el abuelo.
         —Escondeos en el extremo oriental del barrio...
         La frase se le desvanece en los labios al mirar por la ventana principal: a través de las cortinas vislumbro un rostro de plata líquida y se me forma un nudo en el estómago.
         —Un máscara —dice la abuela—. Han traído a un máscara. Vete antes de que entre, Laia.
         —¿Qué pasa contigo? ¿Y con tata?
         —Los entretendremos —responde el abuelo, empujándome con cariño hacia la puerta—. Guarda bien tus secretos, cariño. Haz caso a Darin, que él cuidará de ti. Marchaos.
         La esbelta sombra de Darin cae sobre mí cuando me coge de la mano y la puerta se cierra detrás de nosotros. Se encorva para camuflarse en la cálida oscuridad y se mueve en silencio sobre la arena suelta del patio de atrás con la confianza que a mí me gustaría sentir. Aunque tengo diecisiete años y soy lo bastante mayor para controlar el miedo, me aferro a su mano como si no existiera nada más en este mundo.
         «No trabajo para ellos», me ha dicho. Entonces ¿para quién trabaja? De algún modo ha conseguido acercarse a las forjas de Serra lo suficiente para dibujar en detalle el proceso de creación del bien más preciado del Imperio: las irrompibles cimitarras de hoja curva capaces de atravesar a tres hombres a la vez.
         Hace medio milenio, la invasión marcial aplastó a los académicos porque nuestras hojas se rompían ante su acero, de calidad superior. Desde entonces no hemos aprendido nada sobre el arte del acero, porque los marciales protegen sus secretos como un avaro su oro. Si encuentran a alguien cerca de las forjas de la ciudad sin una buena razón para ello, ya sea académico o marcial, pueden acabar ejecutándolo.
         Si Darin no está con el Imperio, ¿cómo se ha acercado a las forjas de Serra? ¿Cómo han descubierto los marciales la existencia de su cuaderno?
         Al otro lado de la casa, un puño golpea la puerta principal. Ruido de botas que se arrastran, de acero que tintinea. Miro a mi alrededor como loca, esperando ver las armaduras plateadas y las capas azules de los legionarios del Imperio, pero el patio de atrás está en silencio. El fresco aire nocturno no evita que me resbalen las gotas de sudor por el cuello. A lo lejos oigo los tambores de Risco Negro, la escuela de entrenamiento de los máscaras. El sonido agudiza mi miedo hasta convertirlo en una daga punzante que me atraviesa el corazón: el Imperio no envía a esos monstruos de rostro de plata a una redada cualquiera.
         De nuevo, oigo los golpes en la puerta.
         —En nombre del Imperio —dice una voz irascible—, abran la puerta ahora mismo.
         Darin y yo nos quedamos paralizados a la vez.
         —No suena a máscara —susurra Darin.
         Los máscaras hablan en voz baja, con palabras que cortan como cimitarras. En lo que un legionario tarda en llamar y dar una orden, un máscara ya habría entrado en la casa y rebanado con sus armas a cualquiera que se hubiera interpuesto en su camino. Darin me mira a los ojos, y sé que ambos estamos pensando lo mismo: si el máscara no se encuentra con el resto de los soldados de la puerta principal, ¿dónde está?
         —No tengas miedo, Laia —me tranquiliza Darin—, no permitiré que te pase nada.
         Quiero creerlo, pero el miedo es como una marea que me tira de los tobillos y me arrastra consigo. Pienso en la pareja que vivía al lado: detenidos en una redada, encarcelados y vendidos como esclavos hace tres semanas. «Contrabandistas de libros», dijeron los marciales. Cinco días después ejecutaron en su casa a uno de los pacientes más viejos del abuelo, un hombre de noventa y tres años que apenas era capaz de caminar; le rajaron el cuello de oreja a oreja. Por colaborar con la resistencia.
         ¿Qué les harán los soldados a los abuelos? ¿Encerrarlos? ¿Esclavizarlos? ¿Matarlos?
         Llegamos a la cancela de atrás. Darin se pone de puntillas para abrir el pestillo, pero oímos un crujido en el callejón y se para en seco. El suspiro de una brisa ligera pasa junto a nosotros y lanza una nube de polvo al aire.
         Darin me empuja para colocarme detrás de él. Tiene los nudillos blancos de la fuerza con la que sujeta el cuchillo cuando la puerta se abre con un chirrido. El terror me recorre la espalda como un dedo helado. Me asomo por encima del hombro de mi hermano para examinar el callejón.
         No hay nada que ver, salvo el silencioso movimiento de la arena. Nada, salvo la esporádica racha de viento y las ventanas cerradas de nuestros vecinos dormidos.
         Suspiro de alivio y rodeo a Darin.
         Entonces es cuando el máscara surge de la oscuridad y cruza la cancela.



II

Elias



         El desertor morirá antes del alba.
         Su rastro zigzaguea por el polvo de las catacumbas de Serra como si fuera el de un ciervo herido. Los túneles han podido con él. El aire caliente es demasiado opresivo; el olor a muerte y putrefacción, demasiado intenso.
         El rastro tiene más de una hora cuando lo veo. Los guardias ya lo han olfateado, pobre cabrón. Con suerte, morirá en la persecución.
         Si no...
         «No pienses en eso. Esconde la mochila. Sal de aquí.»
         Los cráneos crujen bajo mis pies mientras meto una mochila llena de comida y agua en una de las criptas de la pared. Helene me mataría si viera cómo estoy tratando a los muertos. Por otro lado, si Helene descubriera lo que estoy haciendo aquí, lo que menos le importaría del asunto sería la profanación.
         «No lo descubrirá. No hasta que ya sea demasiado tarde.»
         La culpa me desquicia, pero intento hacerla a un lado. Helene es la persona más fuerte que conozco. Estará bien sin mí.
         Vuelvo la vista atrás por enésima vez. El túnel está en silencio. El desertor ha conducido a los soldados en la dirección opuesta, aunque la seguridad es una ilusión en la que sé que no debo confiar. Trabajo deprisa, apilo de nuevo los huesos frente a la cripta para cubrir mi rastro mientras aguzo los sentidos, pendiente de cualquier detalle que se salga de lo normal.
         Un día más. Un día más de paranoia, ocultación y mentiras. Un día para la graduación. Y después seré libre.
         Mientras recoloco las calaveras de la cripta, el aire caliente se mueve como un oso que despierta de su hibernación. El olor a hierba y nieve atraviesa el aliento fétido del túnel. Solo dispongo de dos segundos para apartarme de la cripta y arrodillarme como si examinara el suelo en busca de huellas. Después, ella aparece detrás de mí.
         —¿Elias? ¿Qué haces aquí?
         —¿No lo has oído? Hay un desertor suelto.
         Me concentro en el suelo polvoriento. Bajo la máscara de plata que me cubre de la frente a la mandíbula, debería resultarle imposible descifrar mi expresión. Sin embargo, Helene Aquilla y yo hemos pasado juntos casi todos los días de los catorce años que llevamos entrenándonos en la Academia Militar de Risco Negro; seguramente es capaz de oír lo que pienso.
         Me rodea en silencio y la miro a los ojos, que son tan azules y claros como las cálidas aguas de las islas del sur. Yo llevo la máscara sobre la cara, como algo independiente y ajeno a mí que oculta tanto mis rasgos como mis emociones. Pero la máscara de Hel se aferra a ella como una segunda piel plateada, así que advierto el ligero fruncir del ceño cuando me mira.
         «Relájate, Elias —me digo—. Solo estás buscando a un desertor.»
         —No ha huido por aquí —responde Hel. Se pasa una mano por el pelo, que lleva trenzado, como siempre, formando una prieta corona rubia plateada—. Dex se ha llevado a una compañía auxiliar a la atalaya del norte y se han adentrado en los túneles de la rama este. ¿Crees que lo atraparán?
         Los soldados auxiliares, aunque no tan bien entrenados como los legionarios y sin punto de comparación con los máscaras, no dejan de ser cazadores despiadados.
         —Claro que lo atraparán —respondo, sin conseguir ocultar la amargura del tono; Helene me mira con reproche—. Miserable cobarde —añado—. De todos modos, ¿por qué estás despierta? Esta mañana no te tocaba guardia.
         «Me he asegurado.»
         —Por los malditos tambores —responde Helene, que examina el túnel—. Han despertado a todo el mundo.
         Los tambores, claro. «Desertor —anunciaban en medio de la guardia de noche—. Todas las unidades en activo a los muros.»
         Helene habrá decidido unirse a la cacería. Dex, mi lugarteniente, le habrá dicho por dónde me había marchado sin darle mayor importancia.
         —Se me ha ocurrido que quizá el desertor huyera por aquí —señalo mientras le doy la espalda a mi mochila escondida para mirar hacia otro túnel—. Supongo que me he equivocado. Debería alcanzar a Dex.
         —Por mucho que odie reconocerlo, normalmente no te equivocas.
         Helene ladea la cabeza y me sonríe. Vuelve a reconcomerme la culpa, que me forma un nudo en el estómago hasta comprimirme las tripas. Se enfurecerá cuando sepa lo que he hecho. No me lo perdonará nunca.
         «Da igual, ya has tomado una decisión. No puedes echarte atrás.»
         Una gota de sudor me resbala por el cuello. No le hago caso
         —Hace calor y apesta —digo—. Como todo aquí abajo.
         «Venga, vámonos», quiero añadir, pero hacerlo sería como tatuarme en la frente: «Estoy tramando algo». Me callo y me apoyo en la pared de la catacumba, con los brazos cruzados.
         «El campo de batalla es mi templo», recito mentalmente. Es el dicho que me enseñó mi abuelo el día que me conoció, cuando yo tenía seis años. Insistió en que aguzara la mente igual que una piedra de afilar lo hace con una hoja. «La punta de la espada es mi sacerdote. El baile de la muerte es mi plegaria. El golpe de gracia es mi liberación.»
         Helene examina mis huellas, borrosas, y las sigue hasta la cripta en la que he ocultado mi mochila, hasta las calaveras que he apilado allí. Sospecha, y, de repente, la tensión se palpa en el aire.
         «Maldita sea.»
         Tengo que distraerla. Mientras ella divide su atención entre la cripta y yo, me dedico a recorrerle el cuerpo con la mirada. Ella mide metro setenta y algo, unos quince centímetros menos que yo. Es la única chica que estudia en Risco Negro; con el uniforme negro ceñido que llevamos todos los estudiantes, su figura fuerte y esbelta siempre despierta miradas de admiración. No la mía. Somos amigos desde hace demasiado tiempo.
         «Venga, fíjate. Fíjate en la forma en que te miro y enfádate conmigo.»
         Cuando nuestros ojos se encuentran, los míos tan descarados como si fueran los de un marinero recién arribado a puerto, abre la boca como si fuera a insultarme, pero después se vuelve de nuevo hacia la cripta.
         Si ve la mochila y adivina lo que pretendo, estoy acabado. Puede que odie hacerlo, sin embargo, la ley imperial la obligaría a informar sobre mí, y Helene no ha infringido la ley en toda su vida.
         —Elias...
         Preparo mi mentira: «Solo quería perderme un par de días, Hel. Necesitaba tiempo para pensar. No quería preocuparte».
         Bum, bum, bum.
         Los tambores.
         Sin pensarlo, traduzco el mensaje que pretende comunicar el dispar redoble: «Desertor atrapado. Todos los alumnos deben presentarse de inmediato en el patio central».
         Se me cae el alma a los pies. Una parte de mí, todavía ingenua, esperaba que el desertor al menos lograra salir de la ciudad.
         —No ha durado mucho —comento—. Deberíamos ir.
         Llego al túnel principal. Helene me sigue, como sabía que haría. Preferiría apuñalarse un ojo antes que desobedecer una orden directa; es una verdadera marcial, más leal al Imperio que a su propia madre. Como cualquier buen máscara en formación, sigue el lema de Risco Negro al pie de la letra: «El deber es lo primero, hasta la muerte».
         Me pregunto qué diría si supiera lo que estaba haciendo en los túneles, en realidad.
         Me pregunto qué pensaría del odio que siento por el Imperio.
         Me pregunto qué haría si descubriera que su mejor amigo planea desertar.


© 2015, Sabaa Tahir
© 2015, Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.
© 2015, Pilar Ramírez Tello, por la traducción
© 2015, Jonathan Roberts, por los mapas

comentarios

Os agradezco la publicación. Qué lástima que me engañara el olfato y la encargara. Qué pérdida de tiempo (culpa mía por ser incapaz de dejar una novela sin terminar, pero tentada estuve). Como he dicho ya en algún foro: idea interesante de fondo desarrollada con los pies. Personajes atontolinados que dan ganas de sacudir, a ver si se enteran de una vez. Triángulos amorosos en plan pavada adolescente Crepúsculo. Alguna cagada argumental de vez en cuando, y todo bien previsible. Se puede escribir young adult bien, demonios, Abercrombie lo hace. Nota bene: ésta es mi opinión y es mía, pero si puede ayudar a alguien, la contextualizo. Para mí es un placer leer a Abercrombie, Martin, Sapkowski. Por ahí voy, y por las llamas ceniceras no me veis más ;)

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