Mi espada, mi conjuro.
La puerta. Magia.
La mazmorra. Un troll.
Nos gusta la fantasía

"Sabe, oh príncipe, que entre los años en que los océanos anegaron Atlantis y las resplandecientes ciudades [...] hubo una edad no sonada en la que brillantes reinos ocuparon la tierra como el manto azul entre las estrellas."

LA

en la tinta

Mi espada, mi conjuro. La puerta, magia, Igni. La mazmorra,
un troll. El mundo. Nos gusta la fantasía.


- La fantasía es la poción mágica de la literatura -

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Fantasía

Dícese de tener la espada a mano y el conjuro aprendido, abrir la puerta a ganzúa, recorrer las mazmorras, enfrentarse al troll, al gnoll y al conjurador de la torre. Explorar un universo imaginario... o no.

Russ Nicholson

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junio 12, 2015

'Kwaidan y otras leyendas y cuentos fantásticos de Japón' de Lafcadio Hearn

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Kwaidan y otras leyendas y cuentos fantásticos de Japón es la mejor antología disponible sobre las obras del autor que explora el Japón sobrenatural.


Ante todo hay que decir que Lafcadio Hearn fue uno de los pioneros de la fascinación occidental por Japón y todo lo japonés, una realidad que en España se manifiesta sobre todo a través de los otakus (seguidores de manga y anime). A partir de esta afición surge en nuestro país un interés inmenso por el país asiático, sus costumbres, sus paisajes, su historia y cultura. El viajar allí acaba convirtiéndose en una meca, un camino que Hearn recorrió hace más de un siglo.

La cultura nipona es ahora bastante conocida: nos llegan constantes referencias en forma de manga, cine y videojuegos, forma parte de una cultura global. ¿Pero cuánto sabemos en realidad de Japón? No de su realidad mainstream, sino de su alma, por decirlo de algún modo. De la forma de ser, de su folclore. De cómo piensa su gente y porqué. Japón es un caso de estudio extraordinario para los amantes de la historia y del estudio del choque cultural: hasta mediados del siglo XIX era un país prácticamente feudal, con una economía y tecnología militar a grandes rasgos equiparables a las del medievo europeo. En unas pocas décadas, y tras la intervención del Comodoro Perry y el tratado de comercio que impuso a la fuerza obligando al país a abrirse a occidente, el país cambió radicalmente. Fue el fin del Shogunato y el inicio de la era Meiji, que empezó a modernizar (u occidentalizar) Japón a tal velocidad que a mediados del siglo XX ya se había convertido en una potencia mundial. En este choque entre la occidentalización y los tradicionalistas se han ambientado miles de manga, novelas, películas y juegos. Como fenómeno antropológico no tiene igual.

Pues bien, fue a este Japón convulso donde llegó Lafcadio Hearn, dejando atrás una vida aún más convulsa de matrimonios interraciales en el contexto de los estados segregados de América, una familia disfuncional dividida entre anglosajones y mediterráneos, y dividida una vez más entre católicos, protestantes y ortodoxos. No es de extrañar que de todo este caos emergiera un hombre profundamente ateo, escéptico para con todo lo sobrenatural. Dedicado intelectual y laureado periodista, Hearn al autoexiliarse al lejano Oriente buscaría quizás un paraíso perdido donde, como suele decirse, encontrarse a sí mismo lejos del hastío de la sociedad occidental masificada, materialista y cargada de perjuicios.


Y contra todo pronóstico, Hearn se integró perfectamente en Japón —basta con mirar la foto de arriba—, aunque no a efectos prácticos, porque como nos cuenta Jesús Palacios en su extensísimo prólogo, nunca llegó a dominar el japonés. Tanto para hablar con sus nuevos compatriotas como con su mujer, descendiente de una familia de samuráis venida a menos, necesitaba intérprete. Su condición de extranjero era a la vez un reclamo y una carga: aún algo exótico —y útil para un gobierno que quería entablar relaciones con occidente —y a la vez extraño en sus costumbres para la mayor parte de la población. No, Hearn se integró a un nivel distinto: sintonizó con esta alma que comentábamos, este espíritu de lo japonés del que quedó completamente prendado y al que dedicaría los últimos años de su vida. 

A esta dedicación debemos mucho: sigue siendo —hoy en día, cuanto tanto se ha escrito sobre el tema— una de las principales fuentes para quienes estamos interesados en la cultura nipona. Fue de los primeros en divulgarla en un mundo anglosajón que desconocía todo al respecto. Y para hacerlo escogió el género victoriano por excelencia: el relato de fantasmas. A través del relato, mostró al público occidental una forma de pensar distinta, una realidad cultural fascinante, y la registró para la posteridad.

Entre el relato victoriano, anglosajón, y el japonés, hay una perspectiva muy diferente. En "Un karma pasional", por ejemplo, el narrador y un amigo discuten acerca del protagonista del cuento de fantasmas que nos acaban de relatar, y ambos están de acuerdo en que es un cobarde. Esta discusión me parece muy interesante. En parte de la literatura europea de fantasmas al amante muerto que vuelve de la tumba se le recibe con los brazos abiertos: es otra oportunidad de disfrutar de su compañía. La muerte es algo menor ante el amor, el que se comparta con un espectro es un detalle poco importante, pero en los relatos de Kwaidan no es así. En este terror japonés se respeta y se teme a la muerte como en cualquier parte, pero aunque el amor no muera con la muerte del amado, el retorno de éste de entre las tumbas se recibe con rechazo. El vivo puede amar a su consorte difunto, pero no por ello se mostrará dispuesto a morir en sus brazos cadavéricos. Esto le parece criticable a Hearn, como narrador: desde su punto de vista occidental le parece reprochable que el joven superviviente de algún modo traicione a su amada que ha vuelto de la tumba para estar con él.


Seguramente esta diferencia filosófica se deba a las creencias budistas de los protagonistas: morir en esta vida para, llevados por el karma, reencontrarse en una vida futura, de nuevo vivos los dos. Luego, en la vida presente, parece lógico rechazar al amante si se trata de un cadáver animado o una emanación ectoplásmica. En la tradición de las religiones abrahámicas solo hay una vida terrenal y la promesa de una existencia eterna en el paraíso. Condicionada, eso sí, a haber seguido fielmente los dogmas de la iglesia. Entre el amante vivo y su pareja muerta había solo una posibilidad de disfrutar del amor en la tierra: la muerte la ha estropeado. Puesto que el reencontrarse en la vida celestial no es siquiera seguro (existe la posibilidad de verse condenado al infierno), ¿cómo no abrazar la posibilidad del reencuentro aunque implique abrazar a un no muerto?

En algo sí comparten mucho el relato japonés y el victoriano: en ambos encontramos a personajes tan extremadamente sensibles que mueren (uno tras de otro) a la más mínima perturbación emocional. ¿Que sienten un amor no correspondido? Mueren de pena. ¿Que su amo acaba de morir? El criado muere acto seguido, tan fiel era que no puede seguir viviendo. En muchos de estos relatos el terror, más que en lo psicológico (intelectual) o físico (gore) se basa en lo puramente emocional: en lo que siente alguien ante una situación, más que en como trata de racionalizarla. Es frecuente en estos relatos que ante un problema de índole sobrenatural el protagonista no se plantee para nada la naturaleza de lo que está viviendo ni decida afrontarlo solo, sino que de inmediato acepta que se encuentra ante algo sobrenatural y consulta con un especialista (un sacerdote, un teólogo de algún tipo) para que le diga lo que hacer. Otra gran diferencia con el terror occidental, donde el protagonista suele enfrentarse a lo que ve, negándose a aceptarlo a menudo con consecuencias trágicas.

Muchos de los relatos de Kwaidan ponen el foco en el amor y la fascinación por la belleza. En "La compasión de Benten" el protagonista se enamora perdidamente de alguien bello que ha visto brevemente. En este estilo fijado tan japonés en la predestinación el chico es correspondido de inmediato: ambos sienten que están hechos para amarse. Su fijación es tal que lo sobrenatural surge de esta fuerza de atracción y acaba por juntarles, sea lo que sea lo que les separe. Este tipo de relatos son completamente opuestos a los que, como comentaba más arriba, aceptan que la relación acaba tras la muerte. Quizás sea porque en el primer caso se trata de relaciones que por pasionales que fueran en su momento, tuvieron ya su apogeo y se marchitaron; y en el segundo se trata de amores que acaban de nacer y es en este momento que las barreras no importan. Es una visión muy realista de las cosas.


El destino y el karma son otro gran tema: aparecen sabios maestros que pueden saber con exactitud lo que les depara el porvenir, basándose en el karma de existencias pasadas. Se trata de figuras casi mitológicas, con atribuciones superiores a las del simple humano, y por ello comparables a criaturas del folclore. De éstas encontraremos también en las páginas de Kwaidan. En "La gratitud del Samebito" o "Historia de un Tengu" la estructura es la clásica del cuento japonés. Los protagonistas, humanos compasivos, salvan de la muerte a una criatura que resulta ser un poderoso ente sobrenatural, quien luego les recompensa. La criatura que se nos presenta en "Jikininki" es de una naturaleza completamente distinta.

En "La doncella del cuadro" tenemos un pigmalión oriental. El joven se enamora de la chica representada en un cuadro, pintada con maestría. Quizás porque al pintarla el autor atrapó algo del alma del modelo o porque la devoción del chico es tan fuerte como para dotarla de existencia, la chica pintada cobra vida para él.

Lo grotesco y mórbido también tienen cabida. De hecho es una de las grandes especialidades del terror japonés como puede constatar cualquier fan actual, y parece ser que ya viene de antiguo; montar a la esposa muerta cual caballo para librarse de su venganza sobrenatural o, precisamente, vengarse de la inocente amante de un marido fundiendo, como último acto antes de morir, sus manos cadavéricas en sus pechos es una muestra de lo que podemos encontrar por aquí en sendos relatos.

Para terminar, decir que la de Valdemar es la mejor edición disponible de las obras de Lafcadio Hearn que exploran el Japón sobrenatural. Y aparte de lo exquisito de los relatos y de la narración, que a menudo recurre a herramientas periodísticas, es un documento de valor antropológico: pocas veces encontraréis tantas anotaciones a pie de página de mano del propio autor clarificando o añadiendo información, hasta el punto que incluso los más devotos japonófilos se sorprenderán de cuanto les queda aún por descubrir. En lo que a mi respeta, lo más interesante ha sido el explorar el budismo japonés a través de sus mitos y cuentos populares: un tema que me era completamente desconocido, acostumbrado como estoy —y creo que no soy el único— en pensar en "sintoísmo" al asociar Japón y religión.
KWAIDAN Y OTRAS LEYENDAS Y CUENTOS FANTÁSTICOS DE JAPÓN
Fecha de lanzamiento — 10 de abril de 2015.
Editor — Valdemar.

Edición — Tapa dura, 368 págs.
Precio — 25,50 €.
Traducción — Marian Bango Amorín.
Serie — Independiente.

Este volumen reúne por vez primera en nuestro país el grueso de los relatos japoneses de fantasía y terror de Lafcadio Hearn, escogidos cuidadosamente de entre sus principales obras del periodo japonés: En el Japón fantasmal (1899), Sombras (1900), Miscelánea japonesa (1901), Kotto (1902) y Kwaidan (1903). El lector encontrará en esta amplia antología desde relatos clásicos del kabuki más terrorífico, como Un karma pasional, hasta pesadillas macabras como El jinete de cadáveres; venganzas sobrenaturales implacables como De una promesa rota, digresiones oníricas como El devorador de sueños, apuntes de genuino horror cósmico como el alucinante Fragmento, o La historia de Mimi Naishi Hoichi, una de sus más famosas narraciones espectrales.

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El legendario artista de fantasía heroica y ciencia ficción podría haber ilustrado El Señor de los Anillos de J. R. R. Tolkien, pero el proyecto nunca salió adelante.

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