Mi espada, mi conjuro.
La puerta. Magia.
La mazmorra. Un troll.
Nos gusta la fantasía

"Sabe, oh príncipe, que entre los años en que los océanos anegaron Atlantis y las resplandecientes ciudades [...] hubo una edad no sonada en la que brillantes reinos ocuparon la tierra como el manto azul entre las estrellas."

LA

en la tinta

Mi espada, mi conjuro. La puerta, magia, Igni. La mazmorra,
un troll. El mundo. Nos gusta la fantasía.


- La fantasía es la poción mágica de la literatura -

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Fantasía

Dícese de tener la espada a mano y el conjuro aprendido, abrir la puerta a ganzúa, recorrer las mazmorras, enfrentarse al troll, al gnoll y al conjurador de la torre. Explorar un universo imaginario... o no.

Russ Nicholson

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abril 13, 2015

Reseña: 'Una temporada en Carcosa', una antología de Joseph S. Pulver sobre el Rey de amarillo

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Cuando hablamos de primigenios, últimamente suena más el nombre del Rey de amarillo que el del propio Cthulhu. Lo debemos en gran parte a la memorable True Detective que la temporada pasada asombró a telespectadores de todo el mundo. Allí se hacía referencia a la olvidada ciudad de Carcosa y al Rey de Amarillo, despertando el interés en aquellos temas arcanos.

Aunque se le incluyera en los mitos posteriormente, el Rey precede a la obra de Lovecraft: se remonta a 1895 con la colección de relatos de Robert Chambers El rey de amarillo. Éste, a su vez, había usado elementos de la obra de Ambrose Bierce de 1881 Un habitante de Carcosa para enriquecer el mito.

Después de Chambers, Lovecraft mencionó al Rey en su ciclo de Cthulhu —asociándolo a Hastur—, y autores posteriores siguieron en esta línea. En la actualidad el canon de los mitos, derivado de sus apariciones en varias obras o en el juego de rol La llamada de Cthulhu el Rey es un avatar del primigenio Hastur, un ser por tanto de una naturaleza similar a la de Cthulhu, Nyarlathotep o Yog-Sothoth.

Sin embargo, todo esto es una construcción posterior: la evolución de un mito a partir de muchos referentes. Es mitología tomando forma ante nuestros ojos. Algo similar debió ocurrir cuando se configuraron —hace miles de años— los mitos griegos, aunando personajes y sucesos históricos con creencias religiosas de otros pueblos y la imaginación de los escritores. En su origen el Rey de Amarillo y Carcosa eran algo muy distinto. Del mismo modo que la máscara de la muerte roja llevaba un sangriento fin al baile, el Rey de Amarillo trae la locura y su mascarada era más sutil y siniestra. Los relatos de Chambers están cargados de simbolismo y a veces es difícil seguirles el ritmo, y en esta antología que nos trae Valdemar, Una temporada en Carcosa, experimentaremos una sensación similar.

Estamos ante una muy buena antología y ante una de esas raras ocasiones en las que sí se puede juzgar el libro por su portada, gracias a la alucinante ilustración de Samuel Araya. El amarillo es el color de la enfermedad, de la demencia, de las personas y de los lugares cuando estos pierden su objetivo original y agotados por el paso del tiempo presentan una misma cara descolorida e ictérica —haciendo uso de uno de los adjetivos más repetidos en los relatos que nos ocupan—. En Una temporada en Carcosa la mayoría de los relatos giran en torno a estos conceptos. En el mismo ambiente que se respiraba en El diablo a todas horas de Donald Ray Pollock o en la propia True Detective: decadencia y desesperación, agotamiento. Suciedad en las costuras de la sociedad, entre los marginados.

Como la mayoría de antologías, esta tiene una virtud y un defecto. La virtud de ser una embajada de autores desconocidos para el lector. El defecto es ser irregular. Algunos relatos me han parecido excelentes, auténticas joyas. Otros han pasado sin pena ni gloria.  Unos pocos me han parecido si no malos, por lo menos no de mi gusto. Es algo inevitable, en gran medida subjetivo, y para cada lector será una experiencia distinta.

A mi por ejemplo uno de los primeros relatos, “Más allá de las orillas del Sena” de Simon Strantzas, me ha dejado frío. Nos presenta la historia de un músico fallido, harto del fracaso, que se embarca en la realización de un último proyecto que, espera, supondrá su éxito definitivo. El narrador es su amigo, un virtuoso megalómano que parece sentir la necesidad de ridiculizarle constantemente e interpretarlo como amistad. El tema de fondo no es otro que la muy manida historia de pacto fáustico donde el violinista —aquí compositor— pacta con el diablo a cambio de un talento inhumano. Cambiemos Paganini por Henri y Satán por el Rey de Amarillo y tendremos “Más allá de las orillas del Sena”, un relato que además tampoco destaca por la caracterización de los personajes ni por ningún gran momento de horror o inquietud.


Algo mejor es el que abre el libro, “Mi voz está muerta” de Joel Lane, donde un hipócrita católico se agarra al clavo ardiente de una secta inspirada en Carcosa como último recurso ante el cáncer terminal que le devora. Creo que es una buena elección para empezar la antología; más que marcar un hito de terror deja una sensación de ambiente malsano entre lo que explica y lo que deja a la imaginación que pone al lector en el humor adecuado para enfrentar el resto de la lectura.

“Noche de cine en casa de Phil” de Don Webb me llama inmediatamente la atención: el argumento es muy similar al de uno de los mejores episodios de la serie Masters of Horror. En “Cigarette Burns” de John Carpenter, octavo episodio de la serie, un cinéfilo encarga la búsqueda de una película maldita que tras una sola reproducción en el festival de cine de Sitges fue retirada de circulación. Todos los espectadores enloquecieron y se produjo al final un festival de automutilación. El concepto de película maldita lo toma Don Webb y como hiciera Carpenter lo adereza con referentes de verdad; atribuye a Roger Corman la autoría de una película en su ciclo de E. A. Poe llamada El Rey de amarillo, con Vincent Price entre el elenco. Ni Corman rodó tal película en su célebre ciclo ni Price formó parte de nada similar, ni por supuesto Poe tiene nada que ver con el Rey de Amarillo (aunque haya cierto parecido entre éste y “La máscara de la muerte roja”), pero suena verosímil. Phil, padre de familia cinéfilo, compra en ebay una copia de esta película para reproducirla en casa, en un paso más para estrechar lazos con su hijo. El resultado es interesante.  

En “Mensaje encontrado en una habitación de hotel de chicago” de Daniel Mills las mezclas entre personas reales y ficticias vuelven a usarse libremente, y en “Me ve cuando no estoy mirando”, “Gran final, segundo acto” o “El teatro y su doble” se intenta una técnica similar a la de Lovecraft hablando del Necronomicón. La del Rey de Amarillo es una obra literaria real, independiente de Chambers, que lleva a la locura y a la desviación a quien la lea. Este tema se repite continuamente, hasta el punto en que valoro más los relatos que aún bebiendo de la misma fuente que el resto, buscan la forma de presentar algo más original. “El teatro y su doble” por ejemplo es un texto largo, mareante, un devaneo del artista bohemio con la mente deteriorada por la droga que se aproxima al monólogo interno, el equivalente literario a un lienzo surrealista: lo mismo pasa con “No hay suficiente esperanza” de Joseph S. Pulver. Es como un intento infructuoso de ser Burroughs y es la obra que más me ha costado terminar de las aquí incluidas.


En “Brillantes huesos negros y tenues estrellas negras” Gemma Files ofrece esta visión moderna del mito que está de moda desde que Richard Matheson escribió La casa infernal: añade algo de ciencia a la magia a la que estamos acostumbrados. La protagonista es una antropóloga forense que viaja a una Carcosa real, una isla cerca de Indonesia donde se ha descubierto una práctica aberrante por la cual desde hace siglos se ofrecen sacrificios humanos por quien sabe qué motivo. Los habitantes de la isla son a Hastur lo que los de Insmouth a Cthulhu y Dagon: parecen criaturas híbridas entre humano y esta especie de Slenderman que es el Rey de Amarillo.

Con “Aquellos cuyos corazones son de oro puro” de Kristin Prevallet superamos ya el punto de no retorno; de momento nada nos ha impresionado especialmente y hemos leído mas o menos la mitad del libro —salvamos sobre todo el relato de Don Webb y “El himno de las híades”, una historia muy bien llevada de Richard Gavin sobre un niño que descubre muy a su pesar lo que pasa cuando recoge de las aguas del río helado cerca de us casa una de estas estrellas negras que a estas alturas ya nos son tan familiares—. Es ahora o nunca cuando tiene que llegar este relato que nos marque: y aquí lo tenemos. Kristin Prevallet nos introduce de lleno en la mente de una chica enterrada en vida bajo las obsesiones de su madre. Nunca ha salido, no ha conocido a gente, no ha vivido: es como una Carrie espantada del mundo y acostumbrada a seguir las instrucciones de su tiránica progenitora. Cuando la madre parte de viaje y la deja al cargo de la casa, las cosas empezarán a cambiar. Como inocente acto de rebeldía o de reclamación de una libertad hasta ahora desconocida la chica empieza a actuar de modo completamente aleatorio; nada más que pequeñas acciones ilógicas que, a partir del momento en que encuentra una vieja joya de ónice negro con un símbolo amarillo grabado empiezan a escalar hacia lo sociopático. Su mente desconecta de la realidad: su mundo es solo un campo para experimentar nuevas emociones, pura voluntad sin freno moral ni sentido de autoconservación.


Y si con Kristin Prevallet encontramos una auténtica joya de relato, la buena racha sigue y a partir de aquí la antología no solo se recupera sino que mantiene un ritmo excelente. En “El amanecer de abril” de Richard A. Lupoff se produce otra de estas afortunadas combinaciones entre un ingénuo inocente (John O'leary) empleado como asistente por un astuto investigador (Abraham ben Zaccheus) —en este caso investigador de lo oculto— que tras encontrarse con el propio Robert Chambers asisten a una representación en vivo de la adaptación a la ópera de El Rey de amarillo. Otra vez el teatro: pero tan bien escrito, con un sentido del humor fino y unos personajes tan atractivos que me hacen olvidar completamente las reticencias que mencionaba anteriormente y maldecir este horrible momento en que uno se da cuenta de lo mucho que le gusta un escritor y de lo poco que se ha traducido al castellano de su extensa bibliografía. “Rey Wolf” y “Sweetums” son de estos relatos que aguantan tantas relecturas como uno quiera darle, y “D T” del gran Laird Barron es la introducción perfecta para los que aún dudábais si comprar su novela El rito que Valdemar publicó bajo en el sello “Insomnia”.

Y dejo para el final el que para mi es el mejor relato de todos: “El pozo de los deseos” de Cody Goodfellow. Adoro la idea de la serie juvenil ambientada en una clase donde todos los niños tienen que llevar una máscara y reciben enseñanzas a veces absurdas, a veces crueles. Uno de estos niños, años después, intenta recuperarse de la experiencia que supuso participar de aquel proyecto; la adicción a toda clase de alucinógenos, al tabaco, el paso por decenas de consultas psiquiátricas no le ha servido para rehacer su vida. Ellos aún le persiguen. ¿Y quienes son Ellos? ¿Los otros niños, la siniestra profesora Iris, Cassilda o los otros visitantes que ocasionalmente aparecían en el show? ¿O los productores de la serie? ¿Hay una secta detrás de todo o solo la imaginación desbocada de una mente deteriorada? Esta vida arruinada encontrará sus respuestas en su isla de paz particular, en un pequeño bosque rodeado por la autopista. Este relato me recuerda un poco una película que he disfrutado mucho recientemente y que también aprovecho para recomendar: Starry Eyes.

Para los amantes de la literatura experimental, para los que prefieren los relatos clásicos o el revisitar temas clásicos bajo óptica moderna: hay para todos en este libro. Una temporada en Carcosa es una lectura ideal tras haber terminado El Rey de amarillo de Chambers, también publicado por Valdemar. Leed el original, leed luego este, un homenaje a su legado: entre ambos hay un siglo de distancia pero El Rey de amarillo está más de actualidad que nunca.

Valdemar. Tapa dura, 416 páginas, 27,50 €.

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Si Frank Frazetta hubiera ilustrado la Tierra Media

El legendario artista de fantasía heroica y ciencia ficción podría haber ilustrado El Señor de los Anillos de J. R. R. Tolkien, pero el proyecto nunca salió adelante.

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