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"Sabe, oh príncipe, que entre los años en que los océanos anegaron Atlantis y las resplandecientes ciudades [...] hubo una edad no sonada en la que brillantes reinos ocuparon la tierra como el manto azul entre las estrellas."

LA

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¿Dónde están ahora el caballo y el caballero? ¿Dónde está el cuerno que sonaba? ¿Dónde están el yelmo y la coraza, y los luminosos cabellos flotantes? ¿Dónde están la mano en las cuerdas del arpa y el fuego rojo encendido? ¿Dónde están la primavera y la cosecha y la espiga alta que crece? Han pasado como lluvia en la montaña, como un viento en el prado; los días han descendido en el oeste en la sombra de detrás de las colinas. ¿Quién recogerá el humo de la ardiente madera muerta, o verá los años fugitivos que vuelven del mar?

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2 de junio de 2013

Reseña: 'Spellwright II: El despertar del dragón', de Blake Charlton

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Han transcurrido diez años desde que tuvieron lugar los acontecimientos que sacudieron la armonía en la fortaleza de lexicomagos de Bastión Estrella (véase Spellwright: La profecía del Alción), donde Nicodemo Weal era por entonces un joven aprendiz impedido para ejercer plenamente el oficio. Una nueva perturbación del equilibrio se cierne sobre las lenguas mágicas y sus diferentes escuelas, enfrentando a los reinos entre sí, bajo una oculta amenaza mucho mayor que provendrá de allende los mares: la Disyuntiva, el fenómeno anunciado por las profecías capaz de corromper todos los lenguajes, y que, según estos mismos augurios, será combatido por un paladín del orden, el Alción, que rivalizará a su vez contra el campeón de este admonitorio peligro, el fatídico Petrel.

¿Alción o Petrel? Esa cuestión en torno al protagonista era la incógnita a la que esta trilogía sobre magos daba vueltas en su primer volumen, y su solución sigue sin dilucidarse claramente en este título, Spellwright: El despertar del dragón (o Spellbound en su versión original), que continúa la historia de Nicodemo tras concederle un periodo de madurez antes de retomar su búsqueda existencial en el presente.

El repertorio de personajes, algo menos reducido en esta segunda parte (un rasgo que sí se daba en la anterior, de la que básicamente recupera a Nicodemo, su preceptor académico –el magíster Shannon– y la misteriosa avatar Deirdre), se renueva para introducir otros caracteres que reavivan el interés de la trama. En concreto, será la clérigo Francesca DeVega, sanadora que desempeña sus habilidades terapéuticas mediante el uso de la magia textual en la enfermería de la ciudad de Avel, quien se va a disputar el papel principal con el propio Nico durante la mayor parte de la narración. Ella maneja el peso del argumento en buen número de episodios desde que, de manera totalmente inesperada, una de sus pacientes revive en la mesa de operaciones para conminarla a actuar ante el dilema que se abate sobre su futuro inmediato, que como imaginaréis va a estar ligado al del errante Nicodemo.

Francesca puede ser –en esto tengo que dar la razón al hierofante Cyrus, uno de los personajes que la acompaña durante gran parte de la aventura que se desarrolla en este tomo– un tanto recalcitrante en sus formas, que llegan a irritar, tanto a quienes la rodean como al propio lector, por su ironía y su perseverante condescendencia. Sin embargo, debo reconocer igualmente que su temperamento aporta al relato una frescura imperiosa ante el inmovilismo y la naturaleza un poco aletargada de Nicodemo. Las subtramas entrelazadas a cargo de otros personajes, como la singular pareja de emisarios de Astrofel, o aún mejor, de Deirdre y del demonio Tifón, junto al ominoso esbirro de éste, un ser oscuro ambiguamente apodado el Caminante de la Sabana, terminan de darle a este segundo libro la chispa necesaria para que merezca la pena enfrascarse en su lectura.


La novedad no sólo procede de la entrada de dichas figuras en el curso principal de la historia, o en los hilos que dependen de la misma, sino que también cambia el marco sobre el que ésta tiene lugar. De un contexto tan localizado como era la academia de magos de Bastión Estrella durante el volumen que abrió la trilogía, hemos pasado ahora a conocer otros entornos y escenarios a los que hace referencia el mapa del mundo que engloba esta saga; un variopinto conjunto de reinos, poblaciones y fronteras que nos dejaban un regusto a gancho desaprovechado en el título previo.

El epicentro hacia el que se mueve la acción de la misión emprendida por Nicodemo para completar esa parte que le falta de sí mismo y consumar así su destino, se ve desplazado esta vez a la ciudad de Avel, protegida por un dique de arenisca, y la inhóspita sabana de altos juncos que la rodea. Y aunque tampoco se puede decir que vayamos a presenciar una gran variedad de ambientes ni que los protagonistas viajen demasiado de un sitio a otro, al menos sí daremos con más citas en el texto sobre todos estos lugares apuntados en el mapa genérico. Junto a éste último, por cierto, la edición de Versátil incluye también, como en el original, el de la urbe de Avel con sus diferentes distritos y acotaciones correspondientes (aunque no a color, como el que os mostramos aquí, sino en escala de grises), un elemento que aunque no sea estrictamente necesario siempre agrada poder consultar en cualquier momento.

Blake Charlton, el antaño disléxico autor –hoy, entre otras ocupaciones, educador de niños que padecen ese mismo problema– vuelve a sumergirse en el juego de palabras intencionadamente equivocadas con la excusa de la cacografía del protagonista: una disfunción que le impide articular con corrección las frases mágicas necesarias para componer hechizos, que además deconstruye o malogra con el simple tacto. Es una peculiaridad que queda plasmada en el libro cada vez que Nicodemo trata de ejecutar un encantamiento prosaico (y que un lector desapercibido que se ponga a ojearlo podría tomar engañosamente, en un primer momento, por erratas). Pero esta meritoria vocación pedagógica del escritor, huella personal de su autosuperación, no es la única que se refleja en la historia. Las intervenciones de Francesca en el ejercicio de su profesión médica, descritas de modo muy minucioso, muestran asimismo la inclinación del autor por esta rama –Charlton alterna sus intereses literarios con el estudio de medicina en la Universidad de Stanford–.

En cambio, dicha meticulosidad expositiva en los pasajes que se refieren a la aplicación de las artes curativas de la clérigo, que no deja de resultar curiosa, juega rotundamente en contra del autor cuando se extiende a otros aspectos de la novela. Y es que el mayor defecto con creces de este libro consiste en que contiene amplios fragmentos tremendamente confusos, afectando desde a complejas descripciones de artefactos difíciles de imaginar por el lector en base a esas informaciones dadas, como a concretas ramas secundarias del argumento que no quedan en absoluto esclarecidas.


Por ejemplo, el diseño de las cometas de combate y la enrevesada explicación que se hace de los captadores de viento, las maquinarias que insuflan sus atributos esotéricos a los hierofantes (una de las escuelas mágicas que predominan en Avel) degenera en una jerigonza incomprensible, cargada de términos técnicos que más que ilustrar, desorientan. En tanto que, por la parte concerniente al desarrollo del guión, se entremezclan con la historia principal una incierta guerra civil, que uno no entiende muy bien por qué se motiva ni qué razones la desencadenan, junto a todo el embrollo del manido dragón que da título a esta entrega, al igual que otros aspectos como la denominada cognición cuaternaria. En el volumen inicial este matiz de descripciones borrosas sólo afectaba a la profusión en el uso de los lenguajes mágicos, que como aspecto novedoso del relato, resultaba comprensible y disculpable. Pero, desgraciadamente, el autor recae mucho más esta ocasión en ese error de no llegar a hacerse entender, lo cual lastra no pocas páginas que se vuelven de lectura pesada y cargante.

Ya, de hecho, la aventura comienza sin que sepamos muy bien ni dónde estamos ni cuáles son las circunstancias que nos han llevado a la situación que se presenta. Y aunque este recurso sea deliberado, la verdad es que esa sensación de andar perdido se prolonga durante los primeros capítulos, prácticamente hasta la reintroducción de Nicodemo en el relato. No obstante, reconozco que, en un pulso por el protagonismo tal como apuntaba antes, es un acierto mantener inicialmente al cacógrafo al margen del hilo principal, centrando el interés en Francesca. En definitiva, he observado que Blake Charlton es un autor capaz de saltar de episodios mediocres y tediosos, a otros de escritura brillante que te mantienen pegado a sus páginas. Debo admitir que el libro no acabó de engancharme casi hasta la mitad, en parte debido a ese arranque tan desconcertante, pero una vez la acción (más acusada en esta ocasión) toma las riendas, la cosa mejora notablemente, en especial a medida que se desarrolla la relación Nicodemo-Francesca, llena de conversaciones urdidas con prosa mágica de lo más ocurrente y diálogos ácidos entre ambos.

La magia, como es lógico, juega una de las bazas fuertes de la novela, basada en un original sistema del que ya hablamos en su día, y aquellos que disfruten con obras en las que destaca por encima de todo la figura del hechicero, seguramente lo harán también con esta serie. En este sentido es muy profuso el tratamiento que se otorga no sólo a los lenguajes mágicos, como ya vimos en La profecía del Alción, sino también a sus practicantes y diferentes escuelas. Como ocurría entonces con los lexicomagos, ahora se marca el punto de mira en los hierofantes, o magos del viento, oriundos de Espiria. Sus adeptos manejan las corrientes, que entretejen en sus velos y ropajes, y son maestros en el uso de cometas, velas de asalto y aeronaves (se aprecian así, por tanto, leves insinuaciones al género steampunk). Pero también oiremos hablar de otras vertientes místicas, como los druidas de Dral, los altosherreros de Lorn, los hidromagos ixonios o los piromantes de Trillinon, por ejemplo, que cabe esperar encontrarse en el próximo final de la trilogía. A su vez, el planteamiento de los avatares y los canonistas, seres en los que varias entidades celestiales han volcado parte de su alma para encarnarse en una personificación terrestre, aunque podría exprimirse más, demuestra que Charlton maneja buenas ideas. Sólo le falta plasmarlas con algo más de claridad, eso sí.

Aparecen una serie de criaturas de perfil imaginario, como los kobolds (de quienes se hizo una somera presentación en el epílogo de la primera parte) o los licántropos, que manifiestan una clara voluntad del autor por dotar a su historia de una imagen propia y distintiva. La verdad es que no he acabado de encajar del todo a los unos ni a los otros, y creo que elementos como la magia por si misma o la inclusión de las posesiones por parte de dioses y demonios ya le daban a la narración el suficiente cariz fantástico para cubrir el expediente. En todo caso, se agradece la creación de componentes de cosecha propia y que, siguiendo una corriente algo más actual en la fantasía, el autor se olvide de los tópicos del género relativos a este aspecto común a muchas sagas.

Al hablar del volumen anterior ya establecía algunas comparaciones con obras y escritores más clásicos que, presuntamente, habían servido de inspiración para el autor en el proceso de elaboración de esta serie, la primera publicación en su carrera editorial, de la que todavía se encuentra trabajando en la conclusión. No voy a negar que el hecho de continuar su lectura me despierta nuevas alusiones, y como sea que Blake Charlton participa de cierta ambigüedad moral en el argumento de este libro –con toda la pinta de acrecentarse en el tercero y último–, de teorizar sobre la decisión correcta o sobre la validez del orden preestablecido, de algún modo me ha evocado a El Señor del Tiempo, de la hoy añorada por muchos Louise Cooper.

El despertar del dragón no baja el listón respecto a La profecía del Alción. El problema, en mi modesta opinión, es que tampoco lo eleva sustancialmente. Peca de un estilo por momentos muy embrollado que, insisto, también cuenta con pasajes, y en especial diálogos, admirables. Si gustas de las historias sobre magos, como en mi caso, sabrás perdonar estas deficiencias achacables a un autor primerizo en fase de fomarse una personalidad literaria propia. Así pues, tendremos que aguardar a Spellwright III: La Guerra de la Disyuntiva, aún sin fecha prevista de salida por parte de Versátil, para comprobar si, libre de tantas florituras descriptivas innecesarias, logra adquirir la soltura para reconducir el argumento a un desenlace a la altura, por lo menos, de los dos números publicados.

4 comentarios

Buenas:

En el sexto párrafo, que comienza con "Blake Carlton", hay una errata en la tercera línea. En negrita figura la palabra 'equivocadas' que va sin tilde, puesto que no es esdrújula. Probablemente el autor se haya despistado confundiéndola con 'equívoca' que si es esdrújula y por tanto ha de tildarse.

Un saludo

En efecto, la confusión viene exactamente de ahí. No se te escapa una, eLeMen. ;) Gracias!

Hombre, está claro que no ha sido una errata intencionada. Por lo demás, ¿qué te ha parecido la reseña?

A mi me parece muy completa, creo que Jolan ha tocado todos los temas que podemos encontrar en la novela, lo que sin duda supone una guía excelente para aproximarse a la obra de Blake Charlton.

¡Muy buena reseña! Y completa completa...

Después de una reseña tan extensa y completa, preocuparse por una tilde en una palabra me parece cuanto menos extremadamente quisquilloso, la verdad.

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