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Mi espada, mi conjuro.
La puerta. Magia.
La mazmorra. Un troll.
Nos gusta la fantasía

"Sabe, oh príncipe, que entre los años en que los océanos anegaron Atlantis y las resplandecientes ciudades [...] hubo una edad no sonada en la que brillantes reinos ocuparon la tierra como el manto azul entre las estrellas."

LA

en la tinta

Mi espada, mi conjuro. La puerta, magia, Igni. La mazmorra,
un troll. El mundo. Nos gusta la fantasía.


- La fantasía es la poción mágica de la literatura -

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Publihechizo

16 de enero de 2018

Impedimenta publicará una nueva traducción de ‘La guerra con las salamandras’ de Karel Čapek


Siguiendo con el plan editorial de Impedimenta para el primer semestre de 2018 descubrimos que hay un par de títulos de ciencia ficción. Uno de ellos es La fiebre del heno de Stanisław Lem —una obra de ciencia ficción combinada con elementos clásicos de la novela clásica de detectives— y el otro La guerra con las salamandras del checo Karel Čapek. De esta última Impedimenta publicará una nueva traducción directa del checo a cargo de Patricia Gonzalo de Jesús (Vida con estrella, Una oración por Kateřina Horovitzová) que estará en las librerías el 19 de marzo en el habitual formato de rústica con sobrecubierta del sello madrileño.

La novela, que recientemente también se ha publicado en la edición de bolsillo de Gigamesh, es una “obra maestra de la ciencia ficción, comedia política... Espejo del mundo que nació entre las dos contiendas bélicas, estamos ante una de las más brillantes y virtuosas sátiras de las instituciones que marcaron la historia del siglo XX.”

La novela, Válka s mloky en el original, fue publicada originalmente en Praga en 1936, tan sólo dos años antes de la muerte del autor y de la invasión nazi de Checoslovaquia. El argumento de La guerra con las salamandras es bien conocido por todos, ya que “narra el descubrimiento por parte del capitánVan Torch, un marino mercante holandés, de una colonia de salamandras gigantes altamente inteligentes frente a la costa de una isla de Indonesia. Pronto se da cuenta de que no solo se les puede enseñar a comerciar y a usar herramientas, sino también a hablar. A medida que el resto del mundo aprende de estas sorprendentes criaturas y sus maravillosas capacidades, empieza a hacerse evidente que esta nueva especie está lista para ser explotada: pueden hacer el trabajo que ningún humano quiere hacer, puede comerciarse con ellas y se las puede enseñar a luchar. Pero los humanos no han pensado en las terribles consecuencias de sus acciones.”

Es, además, La guerra con las salamandras es el tipo de tradición satírica —en este caso contra el totalitarismo, el militarismo, el nacionalismo y el comercio de esclavos— que luego emplearían autores de la talla de George Orwell y Kurt Vonnegut.

enero 16, 2018y

8 de febrero de 2017

Impedimenta publicará la fantasía de Andrus Kivirähk

El escritor estonio nos presenta en El hombre que hablaba serpiente a un joven de una tribu de cazadores-recolectores que puede hablar serpéntico, un idioma ancestral que permite a sus conocedores comunicarse con los animales.



A simple golpe de oído, el nombre del dramaturgo y periodista Andrus Kivirähk no nos dice gran cosa, pero en cuanto decimos que se trata de “una obra épica de ficción que nos relata los últimos y fascinantes días de una fantástica civilización abocada a extinguirse bebiendo de todas las fuentes imaginables, desde la mitología a las obras contemporáneas de ciencia ficción”, la cosa se pone más interesante. Impedimenta, fiel a sus principios de publicar grandes clásicos de la literatura y dar valor a autores desconocidos para el público español —ante la gran avalancha de literatura fantástica anglosajona que invade las estanterías—, ha decidido darle una oportunidad a El hombre que hablaba serpiente (en el original Mees, kes teadis ussisőnu), una novela de fantasía que, según apunta la editorial, podría haber firmado Tolkien, Grass, Beckett, Miyazaki o incluso Mark Twain debido a las fuentes de las que bebe el autor para construir la narración.

Pero cuidado, porque El hombre que hablaba serpiente no es una novela desconocida para el público europeo en general (también se ha publicado al inglés, como The Man Who Spoke Snakish), pero sí para el público español, ya que es muy popular y está considerado un fenómeno editorial en Estonia.

Sin ir más lejos, El hombre que hablaba serpiente fue premiada con Le Grand Prix de l'Imaginaire a la mejor novela extranjera por su traducción al francés. Tanto es así que medios como Kirkus Reviews, New York Journal o Le Monde le han dedicado elogiosas reseñas.

La sinopsis nos cuenta lo siguiente: “Osos lujuriosos que seducen a las mujeres, un piojo gigante con cierta inclinación por la natación, un legendario sapo volador y una carismática víbora llamada Ints son una pequeña muestra de las sorprendentes maravillas que encontraremos entre las fabulosas páginas de un alarde de imaginación que nada tiene que envidiar a los talentos de Sjón, Tolkien o Beckett. [...] Nos narra la fantástica y conmovedora historia de Leemet, un muchacho que vive con su familia de cazadores-recolectores en el bosque, y que es, además, el último hablante del serpéntico, un idioma ancestral que permite a sus conocedores comunicarse con los animales. Pero, a medida que la gente se traslada a las aldeas, donde se rompen la espada arando la tierra y se alimentan de un pan que a Leemet le parece el alimento más terrible que haya probado jamás, el bosque se va vaciando gradualmente.”

El hombre que hablaba serpiente estará en las librerías españolas el 17 de abril de 2017. La edición será en rústica con solapas, tendrá 496 páginas y un precio de 24,95 doblones. La traducción corre a cargo de Consuelo Rubio Alcover (Vuelo estático), quien ha interpretado el texto directamente del estonio.

Andrus Kivirähk es todo un tesoro nacional, el más importante de una joven generación de escritores estonios. Es sobre todo reverenciado por su sentido del humor y por sus piezas satíricas publicadas en periódicos. Es desde 1996 parte de la Unión de Escritores de Estonia y miembro de la Sociedad de Estudiantes de Estonia desde 1990. El gobierno le ha reconocido como una de las figuras culturales más influyentes de su país.

febrero 08, 2017y

23 de noviembre de 2016

Impedimenta publica los cuentos de hadas protagonizados por mujeres de Angela Carter

El sello madrileño de la gran I publica la antología de cuentos protagonizados por mujeres que la escritora británica Angela Carter reunió para Virago Press.


Necesitamos los cuentos como el comer, se han convertido en una necesidad de la que no podemos prescindir, y sin ellos no se nos daría tan bien reír, emocionarnos o encontrar ese "cuentoconsejo" que en ocasiones nos viene de perlas. Entre esos autores de historias breves que son el germen de toda narración extensa —desde cine hasta cómics y videojuegos— se encuentra la escritora británica Angela Carter, que en sus cincuenta años de vida fue sobre todo célebre por sus cuentos de hadas de corte feminista influidos por los cuentos populares tradicionales, sin olvidar la importante tradición oral y sin la que todo esto no hubiera existido.

La noticia es que el sello Impedimenta acaba de hacer llegar a las librerías Cuentos de hadas de Angela Carter, una antología que recopila todas esas narraciones en un único volumen, como la que hizo la autora para Virago Press en 1990 y que hizo del libro un longseller. Pero cuidado, porque no se trata de un libro para niños, ya que entre sus páginas es frecuente encontrar muerte, sangre y sexo, pero siempre con el humor y la diversión por delante, junto a aquello de "la sabiduría y el universo de las mujeres en el marco de la tradición oral a través de los tiempos."

Como bien explica la nota de prensa de prensa de Impedimenta"Unos relatos que, además, no solían ser aptos para niños: en ellos, junto a las princesas virtuosas y a las bodas dichosas, era frecuente encontrar sexo, lascivia, sangre, crímenes, muerte, amor desesperado, familias infelices, engaños y pretendientes que acaban despedazados por los hermanos de la novia ante el altar".

Anteriormente se han publicado en español algunos cuentos de Angela Carter —La cámara sangrienta y otros cuentos, por ejemplo—, pero siempre de forma dispersa y ninguna como la que presenta Impedimenta, todo ordenado y bien recogido. Es la primera vez que los cuentos recopilados por la autora se publican de esta guisa, con la traducción de Consuelo Rubio Alcover, sin dejar de mencionar los enigmáticos grabados originales en blanco y negro de Corinna Sargood, los cuales dotan al volumen de un aspecto inherente al libro de cuentos, con estilo y elegancia.

El libro se presenta en tapa dura con sobrecubierta, tiene 640 páginas y cuesta unos bien justificados 27.95 doblones. Para haceros una idea del libro que tenemos entre manos podéis echar un vistazo a las primeras páginas.

Y es que Carter lo tenía muy claro, ya en el prólogo de la edición original de Virago Press la autora contaba: "que otras mujeres y yo vayamos buscando heroínas y cuentos de hadas en los libros es otra versión del mismo proceso: deseo validar mi reivindicación a poseer una parte equitativa del futuro, y expreso para ello la exigencia de que me concedan la parte del pasado que me corresponde."

Los cuentos, ¿qué haríamos sin ellos? Seguro que morir de aburrimiento.

noviembre 23, 2016y

22 de noviembre de 2016

El crimen perfecto: ‘La musa oscura’ de Armin Öhri

¿Existe el crimen perfecto? Sin duda. El escritor de Liechtenstein presenta la primera entrega de una serie policíaca ambientada en el Berlín decimonónico que le sirve para mostrar lo peor de la condición humana y de paso regalarnos una novela inteligente y bien hecha.



No creo que sorprenda a nadie cuando digo algo bien sabido como que un alto porcentaje de las series, programas documentales y películas que vemos están ambientadas en ese género que entre los siglos XVIII y XX fue catalogado como "subliteratura". Hablo de la novela detectivesca o policíaca, y salvo grandes excepciones como Sherlock —interpretada por Benedict Cumberbatch—, Elementary —con Jonny Lee Miller en el papel del detective— y otras más antiguas como Colombo —Peter Falk—, Se ha escrito un crimen —Ángela Lansbury—, Diagnóstico: asesinato —Dick Van Dyke— o Monk —Tony Shalhoub—, todas ellas más fieles a la escuela inglesa de novela policíaca que consistía en resolver el caso encajando las piezas de un puzle, la forma de investigar en la mayoría de las series de televisión o en las películas no se basa únicamente en la deducción lógica, en la persecución de una pista hasta su resolución y en la deducción de los acontecimientos utilizando en ocasiones la teoría de la navaja de Ockham, sino que para ello se hace uso de grandes fuegos de artificios como tiroteos, explosiones, secuestros, persecuciones y un largo etcétera que suele relacionarse más con series como Alerta Cobra, MacGiver, El equipo A y otras tantas del estilo.

Os cuento todo esto porque cuando terminé de leer La musa oscura del escritor liechtensteiniano Armin Öhri comprendí por qué en le otorgaron el premio European Union Prize for Literature en 2014. Con un lenguaje narrativo actual, pero tratando al mismo tiempo de imitar las antiguas formas de escritura de la segunda mitad del siglo XIX, Öhri decide "viajar" con la historia de la muerte de la humilde Lene Kulm y de su asesino Botho Boltz a una época en la que todavía no se sabía nada de la ciencia forense.


La primera institución policial de la que se tiene constancia fue la de Prusia —creada en 1822—, por lo que si el crimen de La musa oscura se comete en 1865, podéis imaginar, dicho mal y pronto, el papelón que le cae encima al comisario de la brigada criminal Gideon Horlitz, mucho más cuando el comisario Moritz Bissing —quien debía encargarse del caso— decide que no puede hacerlo por la amistad que le une al profesor Boltz y supuesto asesino.

Öhri enmarca su historia en un contexto histórico real, y reúne a lo largo de la novela todas las pinceladas propias del género surgidas durante los siglos de la razón. Es gracias a sus dotes de observación, su experiencia con la sociedad de la época y su lógica básica por lo que el dibujante Julius Bentheim es el verdadero protagonista de la novela; y sin ser un detective al estilo de los personajes de Agatha Christie o G. K. Chesterton, comienza a unir los cabos de lo que será un crimen "casi" perfecto.

Si os estáis preguntando qué es lo que pinta un dibujante investigando un crimen, la respuesta la obtendréis al tercer o cuarto capítulo: es el dibujante del juicio de Botho Boltz. Es el quien presta atención a las expresiones del acusado, quien dibuja el escenario del crimen con todo detalle y el que experimenta de primera mano las presiones de una sociedad en crisis. La primera pista la encuentra prácticamente sin pensar mucho en ella: ¿qué hacía una persona de alta posición social como el profesor universitario Boltz viviendo en una de las peores zonas de la ciudad, donde su vecina Lene Kulm tenía que soportar el maltrato de su marido, un trabajo en un matadero y además prostituirse durante las largas y heladas noches germanas para poder llevar algo de comida a casa?

 Öhri enmarca su historia en un contexto histórico real, y reúne a lo largo de la novela todas las pinceladas propias del género surgido durante los siglos de la razón.


Para poner la guinda a la historia, Armin Öhri recurre a aquello que terminó por darle predominancia e importancia a la novela policíaca y detectivesca de finales del siglo XIX: el asesinato de la señora Kulm como medio para criticar las condiciones de una sociedad desigual, plagada de miseria, hambre y muerte, que inquietantemente puede mostrar ecos de la sociedad de hoy en día. Explica para ello las reuniones que tiene el bueno de Bentheim para poder continuar en su trabajo como dibujante vinculándose con gente de la alta sociedad y la forma en la que las férreas tradiciones prusio-germanas le impiden disfrutar de una vida en libertad con su amada Filine, hija del pastor Sternberg.

En definitiva, La musa oscura es una novela especialmente interesante —primera entrega de una serie de casos acontecidos durante el año 1865— no solo porque la investigación llevada a cabo durante todo el juicio al profesor Botho Boltz esté matizada con fascinantes descubrimientos y detalles a tener muy en cuenta para tratar de averiguarlos antes de que el escritor nos los revele —y averiguar si estos terminan por enjaular a la bestia de Boltz—, sino porque hay una sorpresa final que nos muestra mucho sobre la sociedad más pudiente de aquellos tiempos, esa que está dispuesta a cruzar cualquier límite en busca del reconocimiento de sus iguales sin importarles mucho las personas de otros estamentos sociales.

Antes de acabar esta reseña me gustaría dedicar unas palabras a la traductora Paula Aguiriano Aizpurua, que para mi gusto —no sé alemán, por lo que mi opinión es parcial— ha hecho un trabajo excelente. No he tenido momento de confusión alguno a la hora de bailar el vals de la lectura, ya fuese con términos extraños o con escenas complejas. Ha sabido centrar la atención precisamente donde se debe de centrar, en la narración y no en problemas de coherencia y cohesión. También mencionar la esmerada edición —como suele ser lo habitual— de Impedimenta, ya que no he encontrado ni una sola errata en todo el libro, siendo especialista en tratar sus libros con un mimo digno de elogio, no solo en contenido, sino también en el aspecto físico: véase la portada interior y la sobrecubierta, además de todas esas notas históricas al final del libro. Doblemente gracias por no revelar nada en la sinopsis, muchas editoriales deberían dar cursillos intensivos al respecto.

Aquí os dejo la entrevista que le hicieron al autor —traducida, claro está— cuando le dieron el premio European Union Prize for Literature en 2014.


La musa oscura

Autor: Armin Öhri.
Editorial: Impedimenta.
Traducción: Paula Aguiriano Aizpurua.
Formato: 288 páginas en rústica con solapas.
Precio: 21,95 €.
Parte de una serie: Sí.

POLICÍACO

En el Berlín de 1865 una mujer es asesinada de manera brutal. Julius Bentheim, un joven estudiante de Derecho que, gracias a su talento como dibujante, gana algo de dinero realizando bocetos de escenas de crímenes, colabora con la investigación. Todos los indicios apuntan a la culpabilidad del excéntrico profesor de filosofía Botho Goltz, empezando por su propia confesión de los hechos. Sin embargo, cuando el presunto asesino es finalmente llevado ante la justicia, hará gala de una astucia tan maquiavélica —no hay arma homicida, no hay móvil y la policía incluso ha hecho desaparecer sin saberlo algunas de las pruebas— que acabaremos preguntándonos si Goltz pagará por su sórdido crimen o si conseguirá justificar ante todos su inocencia. Es esta una soberbia novela de detectives en la que escuchamos ecos del mejor Balzac, de Dickens, de Zola, y que crea una suerte de espejo en el que se refleja lo más oscuro del Berlín decimonónico y de la condición humana.

noviembre 22, 2016y

18 de noviembre de 2013

Reseña: «La casa y el cerebro», de Edward Bulwer-Lytton

Título original: The House and the Brain.
Edición: 108 págs. Impedimenta, noviembre 2013.
Disponible en ebook: No.
Precio: 14,95 € (rústica con solapas).
Traducción: Arturo Agüero Herranz.
Temática: Terror, fantasmas.
Correlación: Independiente.


Cuando estás cansado de traducciones con erratas en libros por cuyos precios éstas deberían estar ausentes; cuando una encuadernación barata que se deforma al más leve toque deja el lomo de tus libros como un acordeón; cuando te encuentras leyendo de un papel de tal gramaje que transparenta y ves, en un momento de trágica claridad, que cada vez quedan menos editoriales con proyectos firmes que no bailen al son de los best sellers, puedes llegar a creer que efectivamente el libro físico está muerto o en agonía. Entonces un día descubres la editorial Impedimenta y recuperas la fe, el ánimo y la ilusión... Porque cada edición de Impedimenta –les sigo desde hace años– es un canto al amor por la literatura e incluso diría por la bibliofília. Todo, desde las sobrecubiertas agradablemente rugosas de diseño sobrio y elegante al cremoso y consistente papel de las páginas habla de tranquila precisión, de atención al detalle, de cuidado y de respeto a sus lectores. Cuando uno finalmente se sienta en su butaca favorita, dispuesto a adentrarse en lo que el autor le ofrezca, Impedimenta hace la transición a la ficción aún más fácil brindando en cada tomo una interesante introducción, de tal modo que, con las ideas en orden, establecido un contexto y en compenetración con el autor, el lector pueda emprender su viaje.

Podría pensarse que, con tanta dedicación a su trabajo, Impedimenta debe ser una editorial poco pródiga; que ofrecería sus publicaciones muy de vez en cuando, como bocados selectos y exclusivos, y en su exclusividad, escasos. Nada más lejos de la realidad. De hecho, su ritmo es extraordinario; tanto como la calidad de su catálogo, en el que se puede encontrar de todo, desde terror al humor más refinado, de la mejor literatura europea a ciertos clásicos orientales bastante desconocidos para el público occidental.


Lo que yo he encontrado hoy– y aparco por un momento esta especie de oda de fetichista bibliofília– es la novedad que nos traen este mes de noviembre: La casa y el cerebro, de Edward Bulwer-Lytton. Antes de leerlo, ya me llama muchísimo la atención primero por quien lo firma, un autor que, aún sin conocer yo personalmente muchas de sus obras, me consta como uno de los más influyentes de la literatura inglesa; y segundo quien lo avala –según la sobrecubierta– nada menos que dos grandes de lo fantástico: Lafcadio Hearn y, sobre todo, H. P. Lovecraft.

“En la literatura de terror hay muchos miedos que se pueden invocar para crear malestar al lector”
H. P. Lovecraft, aparte de autor del ciclo de mitos de Cthulhu –y por ello, una de las figuras más influyentes del terror– era un crítico despiadado y certero, y su aval tiene mucho peso para mi; de modo que fui a consultar mi ejemplar de su ensayo “El horror sobrenatural en la literatura” (reeditado recientemente por Valdemar en su colección "Gótica") para ver qué decía exactamente al respecto. Y, en efecto, parece que a Lovecraft le encajaba la definición de “La casa y el cerebro” como una de las mejores historias de casas encantadas de todos los tiempos. Seguía hablando –en el ensayo– sobre la obra de Bulwer-Lytton en general, y aunque no es tan elogioso con “Zanoni, o el secreto de los inmortales” (también editado por Valdemar "Gótica", y que aún espera su turno en mi estantería), criticando su tono romanticista y su excesiva permisividad con los fenómenos del mesmerismo o el espiritismo, valora muy positivamente las ideas y aportaciones de Lytton al género, tales como la del inmortal heredero de antiguas tradiciones, o la siniestra figura que, en “Zanoni”, guarda el umbral al saber de otros mundos; el “Morador del umbral”, figura de la que el propio Lovecraft se apropia parcialmente usándola en algunos de sus relatos del ciclo de Kadath e identificándola, más tarde, con el primigénio Yog-Sothoth.

Las palabras de Hearn me parecen más precisas, y me gustaría citarlas tal y como lo hace Arturo Agüero Herranz, el traductor de "La casa y el cerebro" en la introducción: “Les mencioné el otro día –dice Hearn– una narración breve de Bulwer-Lytton (“La casa y el cerebro”) calificándola como la mejor historia de fantasmas en lengua inglesa. Es el mejor cuento de este género porque reproduce con asombrosa fidelidad las vivencias de una pesadilla. El terror de los grandes cuentos sobrenaturales es el terror de una pesadilla proyectado dentro de la consciencia despierta”. Lafcadio Hearn es, recordemos, el autor de varios libros de temática fantasmagórica, y un gran divulgador del antiguo japón fantástico (recomiendo el tomo En el Japón espectral, editado por Alianza).


Con tales avales, mi predisposición antes de leer La casa y el cerebro no podría ser mejor. Y ahora, al sentarme a escribir la reseña tras pasar poco más de una hora entre sus páginas –se trata de una historia realmente breve– la sensación sigue siendo extremadamente positiva. Y esto es lo peculiar; cuando algo te viene tan recomendado, se crea un fenómeno, el llamado hype, por el cual al encontrarte con la realidad a veces ésta te decepciona, simplemente por haberte creado unas expectativas excesivas. No ha sido el caso, y que sea esto aún otro aval.

La estructura de la novela (el termino inglés para este tipo de obras tan breves me parece más adecuado; novelette), en cuanto a la narración, es clásica, aunque hablando de algo escrito en 1859 se trataría de obras como esta las que establecen “lo clásico”; un gentleman inglés se entera, por un amigo, de la existencia de cierta casa donde éste se ha hospedado, que goza de la fama de estar encantada. Inmediatamente, se despierta su interés, y se dispone a alquilarla para pasar unos días y experimentar en primera persona los fenómenos que, dicen, suceden allí. No hay nada como ser un caballero inglés para poder permitirse este tipo de impulsos ociosos, que después dan para tantas novelas. Acompañado de su criado y de un perro, nuestro protagonista se instala en la casa. Como es normal, el casero le ha advertido del hecho de que ningún inquilino ha aguantado más de dos noches; que incluso la presencia de algo sobrenatural puede sentirse durante el día. Pero él sigue adelante con su plan, con buen humor y este tipo de actitud entre escéptica y abierta de mente que es propia de su arquetipo.

Hasta aquí, todo sigue un esquema muy familiar. Lo que ya no es tan frecuente es como el terror empieza a atacar enseguida; no hay una lenta escalada de sucesos inexplicables que acaben en un apoteósico final. Prácticamente desde el mismo momento en que ponen un pie en el edificio, éste reacciona a su sobrenatural manera; y la forma como Lytton lo narra crea escenas de gran belleza siniestra. 

Y como se suele decir, hasta aquí puedo leer, sin desvelar detalles de la trama. Lo que sí puedo decir es que logra –como ya avisa Hearn– transmitir la sensación de pesadilla; que la atmósfera, construida rápidamente, es sorprendentemente efectiva, precisamente por la sencillez con que se construye. Aunque me consta que Bulwer-Lytton tenía cierta afición a divagar o a perderse en florituras, aquí es directo y conciso, talmente como si el protagonista estuviera narrando lo que ha vivido allí dentro a otro amigo, lo que añade realismo al relato.


“Como tanta gente de la alta sociedad de su época, Bulwer-Lytton sentía interés por el ocultismo”
En la literatura de terror hay muchos miedos que se pueden invocar para crear malestar al protagonista, y a través de este, al lector; el miedo a la decadencia (enfermedad, pobreza, hambre), el miedo a la muerte, el miedo al dolor o al daño físico, el miedo a la locura o (muy íntimamente relacionado) el miedo a la pérdida de la voluntad. Hay un fenómeno real, que algunos hemos padecido a veces, sobre todo de pequeños, donde te despiertas en medio de la noche y te encuentras paralizado; consciente, pero sin poder moverte. Tienes la sensación de que hay algo en la habitación y quieres encender la luz, pero no puedes. Es como si una voluntad ajena te mantuviera sujeto. Parece ser que tiene que ver con encontrarse en un estado medio entre la consciencia y el sueño, algo así como un “falso despertar”. Es una sensación muy desagradable. Y es el tipo de miedo que Bulwer-Lytton invoca; una poderosa presencia maligna que, a parte de las acostumbradas señales poltergeist, es capaz de clavarte a la cama con una sola mirada y robarte la posibilidad de reaccionar.

Este tipo de imposición de una voluntad ajena está relacionado obviamente con el mesmerismo, la hipnosis, que como decía Lovecraft, estaba muy de moda en vida de Lytton (y siguió de moda durante bastante tiempo, como atestigua el mismo Bram Stoker en su Drácula, publicado cuarenta años después). Este tema, la voluntad como un poder que se puede ejercer no solo sobre los demás sino también sobre el propio cuerpo o sobre el entorno es el gran tema de fondo, junto con el de las sociedades herméticas, el ocultismo. Ambos tienen un peso clave en la trama y su desarrollo, junto con la existencia de individuos “especiales”, dotados de capacidades quizás no necesariamente superiores pero desde luego poco comunes, aislados por ellas del común de los mortales. Y ambos suponen, quizás, su punto más cuestionable; Bulwer-Lytton hilvana una teoría para explicar los hechos que, si bien suena plausible y añade realismo, también supone enseñar sus cartas, sus creencias personales, que a la luz del racionalismo actual pueden resultar inocentes o rebuscadas. Esta última parte, la de la explicación, se eliminó de algunas ediciones, inicialmente según petición del propio autor, después imagino que por inercia; la de Impedimenta es la versión entera. Lytton solo eliminó este tramo al creer que podía interferir con otra de sus historias, no porque creyera que era superflua o incorrecta, por lo que mantenerla ahora que se reedita me parece lo correcto. Y mas cuando en ella encontramos algunas de las mejores y más evocadoras ideas de la novela. Para entender de donde vienen, convendría repasar brevemente la biografía del autor, que desconocía, y que resulta tan interesante que bien podría ser teatralizada:

Edward Bulwer-Lytton nació en 1858 en una familia acomodada; su padre murió siendo él muy joven, y la influencia de la madre se expandió a un nivel casi excesivo (como también sucedió con Robert E. Howard, por ejemplo). Destacando en los estudios, sus primeras creaciones fueron antologías poéticas que autopublicó. Después de casarse con Rosina Doyle Wheeler, a quien la señora Lytton desaprobaba hasta el punto de cortarle la asignación a su hijo, se vió obligado a incrementar su volumen de trabajo, llegando a unos extremos verdaderamente maratonianos entre novelas, relatos, teatro y poesía, sin contar con su carrera política que le mantuvo en el parlamento durante más de una década. De tales actividades Bulwer-Lytton sacó una fortuna considerable y un enorme respeto popular, comparable a la uno de sus amigos, Charles Dickens. Su matrimonio fue un fracaso absoluto; el matrimonio, afectado por las infidelidades y por tal ritmo de trabajo finalizó en 1836. Rosine publicó un libro riéndose de la hipocresía que veía en su ex-marido, y llegó al extremo de escarnecerle públicamente mientras él se postulaba como candidato para el parlamento, tras lo cual Lytton le negó la asignación y el acceso a los hijos, aunque más tarde entraría en razón. En 1862, su popularidad era tal que se le ofreció la corona de Grecia tras la abdicación del rey, que él rechazó; y en 1866 la corona británica le concedió el título de Par y Barón Lytton. Las excentricidades biográficas no terminan aquí; en 1867 la sociedad de Rosacruces inglesa le aclamó públicamente como su líder, algo que al parecer le sorprendió y rechazó. Su vinculación con esta sociedad secreta, fuera o no real, se puede deducir rápidamente de su “Zanoni”, donde usa abundante transfondo ocultista. Finalmente, el 18 de enero de 1873, murió por las complicaciones de una infección en el oído, poco antes de cumplir 70 años.


Creo que algunos aspectos de esta biografía tan singular pueden apreciarse en la novela. Para empezar, creo que como tanta gente de la alta sociedad de su época sentía un interés entre serio y ocioso, entre intelectual y morboso, por el ocultismo; lo mismo puede decirse de su protagonista. La presencia femenina, en esta novela, es casi nula; quizás es buscarle tres pies al gato, pero que la única mujer que aparezca en el libro tuviera tendencias criminales se podría leer como resentimiento misógino, quizás. El mismo Lytton podría haber protagonizado esta historia; está construida desde la óptica de un gentleman acomodado, que por lo frecuente en este tipo de historias, nos podría llevar a pensar que los fantasmas solo visitan a la clase alta.

El impacto de Lytton en la cultura posterior es indudable. Los últimos días de Pompeya es quizás su obra más conocida para el gran público, y ha sido adaptada a varios medios repetidas veces. Para mencionar un par de anécdotas, le debemos frases tan archiconocidas como “La pluma es más fuerte que la espada” (de su obra teatral Richelieu, 1839) o Perseguir el todopoderoso dólar. Su Strange Story (1862) fue una de las fuentes de las que bebió el Drácula de Stoker; y en The comming race”(1871), donde presenta a una raza de seres subterráneos esperando a reclamar la superficie, establece uno de los tópicos más recurrentes tanto del terror como de la ciencia ficción, de donde parten desde Lovecraft y sus criaturas infrahumanas en ciudades subterráneas a Stan Lee y su hombre topo en Los 4 Fantásticos.

En cuanto a “La casa y el cerebro”, constituye una base, un punto clave, iniciático, a un tema recurrente en el terror, el de la casa encantada, que explotan desde Algernon Blackwood en uno de sus episodios con John Silence, investigador de lo oculto (Valdemar Gótica) a Richard Matheson con La casa infernal (La Factoría de Ideas) o Shirley Jackson, con su excelente La maldición de Hill House (también Valdemar "Gótica"). Me ha impresionado hasta tal punto que en cualquier futura referencia a este subgénero no olvidaré mencionarla.

Si os encontráis cualquier día en una “oscura y tormentosa noche...” (“It was a dark and stormy night”), otra de sus frases clave, que abre su novela Paul Clifford (1830), y os apetece una de estas historias inquietantes y bien narradas, una historia de fantasmas victoriana como reza el subtítulo, pero que ha envejecido perfectamente, espero haberos convencido por lo menos un poco de que “La casa y el cerebro” es la elección ideal.

noviembre 18, 2013y

26 de mayo de 2013

Reseña: «Los habitantes del bosque», de Thomas Hardy

Título original: The Woodlanders.
Edición: 452 págs. Impedimenta, enero 2013.
Disponible en ebook: Sí.
Precio: 19,95 € (rústica con solapas) / 9,49 € (electrónico).
Traducción: Roberto Frías.
Temática: Novela, siglo XIX.
Correlación: Independiente.


Los habitantes del bosque, publicada en 1887, es una novela indispensable de Thomas Hardy (1840-1928). Una obra maestra. El mismo autor la consideró su obra favorita. Y no es para menos: posee todos los ingredientes necesarios para entusiasmar tanto al lector habituado a las historias decimonónicas como a los que se adentran en ellas por primera vez. Es una novela magnífica, impecable y memorable, que apela a los sentidos más profundos del ser humano. Vamos a analizarla:

La narración se desarrolla en Little Hintock, una pequeña aldea de Wessex, rodeada de bosques esplendorosos y distanciada de la gran ciudad. Sus habitantes son gente rústica, campesinos dedicados al trabajo del campo y alejados de la intelectualidad que proporciona la universidad. Dos mundos distintos. Dos mundos separados. Bien lo sabe el señor Melbury, un próspero maderero de la zona que invirtió buena parte de su dinero en la educación de su hija Grace. Lo que más deseaba era que tuviera una cultura refinada, adecuada a su posición social. Cuando Grace regresa a la aldea, todos se dan cuenta de que ya no es la misma persona que antes; ahora es más delicada, elegante y cortés. En pocas palabras: ya no encaja en ese ambiente campestre de su pequeño pueblo natal. Incluso Giles Winterborne, su amigo de la infancia y con quien Grace estaba destinada a casarse, ve frustradas todas sus esperanzas. Giles, que se ocupa de los manzanos, es la bondad personificada. El amante leal, paciente y atento. Pero pobre. No está a la altura de las nuevas expectativas sociales de la señorita Melbury. Aunque está enamorada de Giles, su padre se opone a que se casen. Para ella, es más adecuado Edred Fitzpiers, el distinguido nuevo doctor de la región. Es aquí, en este evidente conflicto de clases, cuando empezarán los malentendidos, las disputas y los deseos insatisfechos. Esa aspiración de ascender socialmente afectará inevitablemente al destino de nuestros dos protagonistas. Se convertirán, como tantos otros, en víctimas inocentes de un sistema que les aprisiona, que les indica el camino a seguir en contra de su voluntad.

John Constable
Fen Lane, East Bergholt (1817)
Es verdad que las novelas anteriores a 'Los habitantes del bosque' están cada vez más cargadas de crítica social, pero será justo esta la que constituya un cambio definitivo en el esfuerzo y la vitalidad con que Hardy denuncia los problemas de su realidad inmediata: la lucha por la movilidad (y la inmovilidad social), la concepción de la mujer como objeto con valor de cambio y, en general, los métodos utilizados por los grupos de poder para inculcar en las personas una contención que va más allá de lo natural, es decir, más allá de lo humano (Del postfacio).

Todas las novelas de Thomas Hardy poseen ese aire trágico y melancólico, de denuncia social. Por ejemplo, Tess, la de los d'Uverbille, Unos ojos azules, Jude el oscuro o El alcalde de Casterbridge, son novelas donde se mezclan, en un entorno rústico, el amor y el dolor, el desánimo y la desesperanza. Una trama infeliz rodea el destino de sus protagonistas. En ocasiones, aparece el optimismo, la certidumbre de una mejoría; pero pronto se desvanece. Son golpes crueles, despiadados; golpes que afectan emocionalmente al lector. En Los habitantes del bosque encontramos reflejados todos estos elementos. La historia es pesimista, crítica con la época en que se desarrolla –denuncia la institución matrimonial, la movilidad social, la situación de la mujer–, pero es fascinante. La prosa de Thomas Hardy nos envuelve suavemente, nos une con la naturaleza más primigenia. El autor nos ofrece grandes descripciones del entorno, de la vida del campo; podemos sentir la brisa que recorre dulcemente los prados; podemos vivir, como los protagonistas de nuestra historia, en comunión con la naturaleza. Quizá sea por eso, por ese misticismo que evoca el entorno, que la narración está llena de citas religiosas. En mi opinión, no son una molestia para poder disfrutar del libro; al contrario, ayudan a entender mejor el contexto.

John Constable 
Dedham, The Old Lecture House (1800)  

Como dijo el escritor británico Arnold Bennett (1867-1931), en una frase que recoge la contraportada del libro, es "una de las más hermosas novelas de la narrativa inglesa". Estoy completamente de acuerdo. Es una novela que mejora página a página, hasta desembocar en un final trágico –como era de suponer– y deplorable, pero sensacional. Con el tiempo, notaréis la sensación de haber leído una historia colosal envuelta por un humilde intimismo. Os la recomiendo. Si aún no habéis leído ninguna novela de Thomas Hardy, podéis empezar por ésta.

Sólo me queda dar las gracias a la editorial Impedimenta porque ha hecho posible que los lectores españoles podamos disfrutar de esta extraordinaria novela, que estaba inédita en castellano hasta ahora. Además de poseer una excelente traducción, esta edición está acompañada de anotaciones a pie de página, para comprender mejor algunos pasajes de la novela, y de un postfacio del mismo traductor, Roberto Frías, titulado, muy acertadamente: "Cuando la imaginación es la esclava de una circunstancia inalterable". No os la perdáis.

mayo 26, 2013y

19 de marzo de 2013

Reseña: «¡Abajo el colejio!», de Geoffrey Willans y Ronald Searle

Título original: Down With Skool!: A guide to school life for tiny pupils and their parents.
Edición: 112 págs. Impedimenta, febrero 2013.
Precio: 15,95 €.
Disponible en ebook: No.
Traducción: Jon Bilbao.
Temática: Humor, educación.
Correlación: Primera entrega de una tetralogía.



No, no he cometido un fallo garrafal de redacción ni el corrector ortográfico me ha jugado una mala pasada: ¡Abajo el colejio! es el título de una reciente novedad de Impedimenta (cuya pulcritud en sus ediciones jamás pasaría por alto una errata semejante) que ironiza sobre el sistema educativo y todo el conjunto de usos que relacionan a profesores, padres y naturalmente alumnos durante el agitado periodo de los años cincuenta, tomando como ejemplo un ficticio centro de enseñanza de Gran Bretaña. Y, por supuesto, lo hace con una nota de humor, en el que la crítica, mezclada con el sarcasmo más locuaz, se distinguen desde la primera página.

Su protagonista es el inefable Nigel Molesworth, joven estudiante en el internado británico de San Custodio, quien –a modo de anuario escolar– expone al lector con detalle las singularidades y anécdotas del curso en su querido "colejio". Esto comprende una descripción completa de las instalaciones del lugar, de sus amigos y del resto de compañeros de clase (incluyendo los abusones, los pelotas y a su detestado hermano pequeño, Molesworth-2), de los poco ortodoxos métodos del director y de la plantilla de profesores, así como de las diferentes clases (con materias tan emocionantes para un chaval de su edad como latín, botánica o álgebra) y del régimen de visitas de los padres al centro o las peleas que montan en los comedores.


Teniendo a Nigel en la condición de narrador, este hilarante cuaderno de notas está plagado de faltas de ortografía, dibujos improvisados con los que emborrona cada página, anotaciones a los márgenes y un divertido desorden de apuntes donde da rienda suelta a toda su mala leche colegial, sin dejar títere con cabeza. Como supondréis, las experiencias escolares de Nigel no son lo que se diría precisamente idílicas, y no hay aspecto, personaje o situación que se produzca entre los muros de San Custodio que escape a su afilada pluma.

El acogedor internado de San Custodio
¡Abajo el colejio! (Down with skool!) es la primera entrega de una tetralogía caricaturesca en la que sus autores volcaron el desahogo expresivo al que orientaron sus carreras profesionales en la época de la posguerra y que constituye una de las materias que tanto demandaban como una forma más de evasión los lectores de entonces. Nacido como tira cómica en las páginas de la revista Punch, las aventuras de Nigel Molesworth no tardaron en alcanzar una gran popularidad, convirtiéndose en un clásico ilustrado inglés de lo más ingenioso, sólo unos años antes de que también lo hiciera su casi coetánea (y, por lo general, más conocida) réplica francesa; el sin par pequeño Nicolás de los geniales Goscinny y Sempé.

El alma máter de esta obra reside en gran medida en los dibujos del ilustrador Ronald Searle (1920-2011) de cuyas azarosas vivencias durante la Segunda Guerra Mundial se podría extraer toda una novela que poco de humorístico tendría en comparación con sus aportaciones para múltiples semanarios y periódicos británicos de aquellos tiempos. La fama le llegó con este párvulo impertinente; por eso, sorprende por partida doble que en su haber figuren trabajos como el de retratista durante los juicios de Nuremberg y que su condición de poco menos que héroe de guerra le valiese en vida las más altas condecoraciones militares.

Quien le pone la chispa socarrona como guionista a las hazañas estudiantiles de Molesworth es el escritor y periodista H. Geoffrey Willans, que tras haber tomado parte en la contienda bélica, al igual que su compañero, se dedicó a ejercer de pleno en el mundo editorial. Por desgracia, su vida resultó ser mucho más efímera que la del ilustrador y estos cuatro libros del personaje son el principal legado de su trabajo.

Ahora que contamos con la edición en castellano del primero de ellos, es hora de entregarse a este breve –pero indudablemente jocoso– manual, en el que se condensan un montón de chascarrillos escolares que (aunque no pertenezcan a nuestra actual generación) harán acudir la risa más de una vez a nuestros labios. A lo largo de sus descarados capítulos, en los que el bueno de Nigel saca a la luz los trapos sucios de San Custodio, seremos testigos de las animaladas que comete con su mejor amigo, Peason; o de las constantes burlas hacia el barbilindo, como él mismo apoda, de Fotherington-Tomas y de su propio hermano pequeño. Le veremos cargar las tintas contra los teoremas de Pitágoras, exponer un riguroso esquema con las artimañas de castigo del profesorado y perpetrar uno de los exámenes de geografía más insolentes que hayamos visto nunca. Y, lo gracioso, es que finalmente se pone a sí mismo en evidencia ante los métodos educativos que tanto crítica, cuando para justificar algunas de sus fechorías acaba citando, por ejemplo, los poemas de Auden (algo queda, que diría más de un profesor...)

No podría omitir de ningún modo la ardua labor que ha debido de implicar para Jon Bilbao la traducción del original inglés a nuestra lengua. En un libro en el que la base de la procacidad chistosa proviene de jugar intencionadamente con una alborotada profusión de faltas ortográficas y de vocablos mal empleados, unido a una casi completa ausencia de signos de acentuación o puntuación, el proceso de reconvertir cada una de estas erratas deliberadas habrá supuesto para él una completa locura. Aunque al principio pensé que me pondría nervioso la lectura de un texto donde cada página contiene decenas de incorrecciones, aun cuando sean voluntarias (soy de los que llevan mal los errores tipográficos), al cabo de poco te acostumbras y asimilas este particular estilo deslenguado de escritura, que forma parte de la agudeza cómica intrínseca a la obra.

Aquellos que en algún momento, sea en vuestra infancia o más recientemente, hayáis disfrutado con le petit Nicolas (por quien me decanto –lo reconozco–, en virtud del tono más inocente de su mirada mordaz a la sociedad que le rodea), tampoco deberíais dejar pasar de largo las correrías de Nigel Molesworth, impregnadas de un humor negro, negrísimo, mucho más irreverente y cínico que su émulo francés, pero igual de pícaro y ocurrente. Aunque las peripecias de este joven alumno inglés estén cuajadas de burlas y sentencias satíricas sobre las instituciones educativas (de las que apenas disimula un crítica feroz acerca del férreo control y la severidad de la que hacían gala, y que supusieron una dura experiencia para toda una generación pasada) se trata de una lectura apta para todas las edades, en la que predomina la risa y la intención de hacer pasar al lector un buen rato.

Huelga decir a estas alturas que la edición de Impedimenta es, como de costumbre, tan exquisita como impecable es también el tratamiento de la maquetación, el formato, la reproducción de las ilustraciones originales de R. Searle y la traducción. Además, ¿quién se atrevería en este caso a decir que peca de errores tipográficos, eh? Lo único que cabe preguntarse es si la editorial va a procurarnos la continuación de las tres partes restantes que conforman la serie. Ojalá que sí.

marzo 19, 2013y

23 de enero de 2013

Reseña: «Westwood», de Stella Gibbons

Título original: Westwood.
Edición: 460 págs. Impedimenta, abril 2012.
Disponible en ebook: Sí.
Precio: 27,95€ (rústica con solapas y sobrecubierta) / 13,99 € (electrónico).
Traducción: Laura Naranjo y Carmen Torres García.
Temática: Novela histórica, Segunda Guerra Mundial.
Correlación: Independiente.


Stella Gibbons (1902-1989) fue una de las grandes novelistas inglesas del siglo XX. La mayoría la recordaréis por su obra más célebre y popular, «La hija de Robert Poste», una novela ingeniosa y divertida, ganadora del Premio Fémina en 1934 –uno de los grandes premios literarios franceses–. En ella parodiaba el pesimismo rural de su compatriota Thomas Hardy (1840-1928), el autor de «Tess, la de los D'Urbervilles» o «Los habitantes del bosque»; novelas con desenlaces desafortunados en las que el destino de sus protagonistas se veía truncado por las imposiciones sociales. Esas diferencias de clase, no obstante, aún se percibían claramente en las novelas de principios y mediados del siglo XX, aunque poseían un matiz diferente, no tan arraigado en la tradición. En «Westwood» también lo veremos: la desigualdad aparece como un trasfondo constante de los acontecimientos, indisoluble del período histórico en que se sitúa.

Publicada en 1946, «Westwood» se ambienta en el bombardeado Londres de la Segunda Guerra Mundial. En este entorno melancólico, desesperanzado y desolador llega, procedente de la campiña inglesa, nuestra protagonista: Margaret Steggles, una joven maestra con aspiraciones culturales, soñadora, no demasiado atractiva, y de vida monótona. Su carácter contrasta vivamente con el de Hilda, su amiga íntima, una chica despreocupada y jovial, cuyo interés principal es el de flirtear con cualquier muchacho que se cruce en su camino. Hilda es el contrapunto ideal de Margaret; el único personaje que, a pesar de las miserias de la guerra, aporta a la narración algo de vitalidad y encanto. Pero la vida de Margaret cambiaría inesperadamente al poco tiempo de llegar a la capital. Una tarde, mientras se dirigía a Highgate –actualmente un barrio del norte de Londres–, encontró una cartilla de racionamiento perteneciente a Hebe Niland. Sabéis que el racionamiento era una medida impuesta por el gobierno en tiempos de guerra o hambruna, que limitaba el consumo de ciertos alimentos. Cada persona poseía una cartilla con una cantidad asignada de productos básicos, como el pan, el arroz o el aceite, que debía validar cada vez que se acercaba al comercio local. Perder una cartilla de racionamiento significaba perder una parte del sustento necesario en una época en que había escasez de productos de primera necesidad. Así que, debido a su importancia, Margaret decidió devolvérsela a su propietario. Este hecho fortuito la llevará a relacionarse con los Niland y los Challis, una familia de intelectuales y artistas de la aristocracia londinense, por los cuales nuestra joven protagonista sentirá una ferviente admiración.


Hampstead era menos pintoresco de lo que parecía desde la distancia. Como el resto de Londres, necesitaba una buena mano de pintura. Lo habían bombardeado fieramente, sus calles estaban desfiguradas por innumerables refugios de ladrillo y sus muros estaban empapelados de carteles que instruían a la población sobre cómo lidiar con las bombas mariposa o con las incendiarias. No obstante, había una nota de esperanza en aquellos rostros tristes y cetrinos y en esos acentos extraños. Jóvenes madres de resonantes voces empujaban cochecitos con bebés regordetes que parecían bellotas en su cascabillo, se saludaban efusivamente por encima de las cabezas provistas de tocados de las extranjeras y se preguntaban unas a otras si habían podido conseguir galletas o pescado.

La idea de mantener una relación de amistad con el mundo de la bohemia, con la alta sociedad londinense, entusiasmaba a Margaret. Ahora se abría ante ella un mundo nuevo lleno de placeres, una escala social diferente a la que acceder. Se le ofrecía la oportunidad de conocer y descubrir, poco a poco, la personalidad del pintor Alexander Niland y de su suegro, Gerard Challis, un famoso dramaturgo por el que se sentiría atraída. La novela gira en torno a las relaciones que Margaret establece con este círculo intelectual. No obstante, al final, la buena impresión que tenía de ellos, empezará a derrumbarse. Se dará cuenta de que también los más eruditos tienen defectos en su manera de sentir, de pensar y de actuar.

 Un avión alemán (un Heinkel He 111) sobrevuela Londres

Stella Gibbons traza una historia no exenta de crítica social. Por una parte, nos advierte sobre las consecuencias de la guerra –principalmente de los efectos que tuvieron en Londres los bombardeos de la aviación alemana, la Luftwaffe, entre 1940 y 1941–; y por otra, nos ilustra sobre la decadencia de una sociedad destinada al fracaso, la de la aristocracia intelectual: la autora realiza, a través de una serie de personajes, como los Niland y los Challis, un retrato negativo de la alta sociedad inglesa, ilustre, refinada y cultivada. Todos esos elementos se mezclan en una novela interesante, irónica e ingeniosa en algunos puntos, pero decepcionante en su resolución final. «Westwood» no está a la altura de «La hija de Robert Poste». Le falta algo de vivacidad en su prosa, algo de gracia y fuerza literaria. Nos encontramos ante una novela correcta, potencialmente cautivadora por su argumento y de lectura fácil, pero que no atrapa al lector. Quizá sea por sus personajes: no llegamos nunca a empatizar con ellos. Sin embargo, a pesar de que a mí me dejó indiferente, quisiera no desmoralizaros de su lectura. Al contrario, os animo a darle una oportunidad si os gusta esta autora o habéis encontrado interesante el tema. Puede que a vosotros os atrape ese ingenio y energía de la que hace gala.

Por último, quiero mencionar la magnífica labor editorial de Impedimenta, siempre al servicio del lector más exigente. «Westwood» posee una traducción excelente, un buen encuadernado y una portada deliciosa, que atrapa sin necesidad de leer el argumento. La calidad es cara, pero, en ocasiones, vale la pena.

enero 23, 2013y

29 de junio de 2012

"El joven vendedor y el estilo de vida fluido", de Fernando San Basilio

Título original: El joven vendedor y el estilo de vida fluido.
Edición: 168 págs. Impedimenta, mayo 2012.
Precio: 16,95 €.
Traducción: Obra en castellano.
Temática: Novela, humor, crítica social, consumismo.
Correlación: Independiente.


¿Qué es el estilo de vida fluido? El estilo de vida fluido es un método para afrontar el día a día mediante una relación libre con el entorno, huyendo del sometimiento a los vínculos cotidianos -como el trabajo o los ahogos de la familia-, y al margen de las ataduras consumistas; lleno de trucos prácticos y soluciones maravillosas para ordenar nuestra conducta hasta actuar en la corriente de la más absoluta 'fluidez'. En definitiva, es la panacea de la vida moderna; toda una filosofía existencial. O al menos, así es como se describe según Harry Bloomfield, autor de "El estilo de vida fluido de Archibald Bloomfield", el libro que Israel ha empezado a devorar la noche anterior, tomando la inamovible decisión de adoptar sus propuestas.

Israel -Isra para los amigos- es un chaval en torno a la veintena, confundido como cualquiera de su edad en nuestro tiempo, que cree a pies juntillas en este libro -uno de los miles tratados de autoayuda escritos por el primer charlatán al uso- como medio para resolver su mediocre y destartalada vida, la cual no difiere en muchos aspectos (quizá el autor se deje llevar un poco al extremo) de la de toda una generación que reconocemos como propia al fin y al cabo. Israel trabaja en un corner de una firma de ropa dentro de unas grandes galerías en el Centro Comercial La Vaguada, ubicado en el madrileño Barrio del Pilar; empleo que no le motiva en absoluto. Pero ahora todo va a cambiar, porque gracias a "El estilo de vida fluido de Archibald Bloomfield" su vida experimentará un giro completo. En realidad, la lectura de este efectista panfleto le provoca un lavado de cerebro tan profundo como alborotado. Y, a la vez, momentáneo; pues aunque ahí va Isra con sus chasquidos de dedos y sus pasos al frente dispuesto a comerse el mundo, tal empeño, como vemos a medida que transcurren las páginas, poco le va a durar, a la vista de las circunstancias que le acontecen durante una disparatada tarde sin ni siquiera salir de La Vaguada.


El joven vendedor y el estilo de vida fluido ahonda en ese proceso de búsqueda estéril que todos hemos acometido en algún momento (sea llevados por un libro de autoayuda, por el consejo de un amigo o por pura cabezonería personal) para cambiar algo en nosotros mismos. También en la perseverancia de dar rienda suelta a nuestros anhelos, que a menudo se convierten en frustraciones, y en la contradicción entre nuestras aspiraciones y nuestros actos. Con la finalidad de transmitir esta idea, su autor, el madrileño Fernando San Basilio, se sirve -como ya ha hecho en ocasiones anteriores- de un lugar que conoce bien, el Centro Comercial La Vaguada, a modo de reflejo del mundo hermético y asfixiante, dominado por el consumo capitalista, en el que andamos metidos hasta el pescuezo.

"Un valor añadido para el lector madrileño (y más si se trata de un madrileño del norte de toda la vida, como servidor, que siempre ha vivido a dos pasos del lugar donde se desarrolla la totalidad del relato) es el paseo en prosa por tiendas, rincones y espacios reconocibles de la vieja -y, por qué no decirlo, hasta entrañable para muchos- Vaguada."
En el interior de esta Vaguada alocada y surrealista también trabaja Casilda, que mientras despacha se deja guiar por el magazine radiofónico "Mañana es tarde", su particular profeta de las ondas. Es su último día en la Boutique del Producto, justamente durante un demencial llamado Día del Producto, que tiene por estrella al vino español, y las cosas no pueden estar saliéndole peor. A su vez, Nelson, el tercer protagonista en discordia, un joven y despreocupado estudiante dominicano, parece que por fin ha hallado la iluminación contra su frecuente absentismo escolar en un tema que le atrae: la realización de un videodocumental con su teléfono móvil para su clase de Lenguaje Audiovisual, centrándose en las curiosidades y miserias que acontecen en las plantas de La Vaguada y alrededores.

Israel nos inspira por un lado un sentimiento protector y de afectada lástima, pero al mismo tiempo resulta repelente por sus ademanes, manías y necias formas de encarar el futuro bajo la bandera de su idolatrado manual del profesor Bloomfield. En la aplicación práctica de los términos, tan pomposos como ridículos, que le ha inculcado la lectura (Ambiente Facilitador, Experiencia Trascendente de Calidad o ETC, Intercambio Intergeneracional...), charadas varias que el chico asume como si fueran su Biblia personal, ve su vida anterior hasta ese punto como una farsa. Y, sin embargo, recae, como en un tropiezo constante sobre la misma piedra, en aquello que real e inconscientemente le dicta su naturaleza (los aires de importancia en un pulso con el desinterés hacia su trabajo, su obsesiva relación con la bebida gratis o con las voluptuosas y sabelotodo chicas de su bloque, etc.) Precisamente otro tanto se puede decir de estas últimas, quienes se beben -tanto literal como figuradamente- esa tarde en La Vaguada, degustándola con cerveza negra ora sumidas en la autocompasión, ora inmersas en el ansia de la diversión más frívola.

De la identificación de esos citados vocablos grotescos pseudocientíficos con las realidades ante las que se topa Israel salen buena parte de los momentos humorísticos de la novela, en los que subyace siempre un cierto tono de tristeza. La narración desencadena situaciones hilarantes, impregnadas del agudo sentido de la ironía propio del autor, basadas en la decadencia más absoluta: el incoherente sistema de turnos de Israel y su compañero Jacobo en el corner, la delirante estancia en el pub irlandés The Irish Valley, o la anécdota de la 'transferencia de las pilares' son pasajes jocosos que me han hecho esbozar más de una sonrisa.


Sin embargo, aparte del matiz humanizador y costumbrista de lo que nos cuenta Fernando San Basilio, la historia se me queda corta y me ha dado la impresión de que el relato en sí no lleva a ningún lado más allá de aportar un tono entretenido y ligeramente ácido con nuestra sociedad al respecto de lo que Mercedes Cebrian comenta en su prólogo del libro. Si realmente es así, si en efecto el autor sólo pretende mostrarnos las mezquindades de nuestras rutinas y las vergüenzas ajenas que nos sacuden a diario, el panorama es un poco deprimente. Por otra parte, la crítica hacia la alienación marquista y al torbellino de la globalización que la define queda bastante descafeinada (supongo que no era el objetivo principal del autor en esta obra), y mira que todos los protagonistas comparten un futuro poco alentador. Ya por último, debo decir que la de Nelson me ha parecido la historia más deslavazada de estos tres antihéroes de su tiempo y su perfil me resultó muy desdibujado, como tampoco me gustó la ida de olla final acerca de la fórmula de las emociones.

Un valor añadido para el lector madrileño (y más si se trata de un madrileño del norte de toda la vida, como servidor, que siempre ha vivido a dos pasos del lugar donde se desarrolla la totalidad del relato) es el paseo en prosa por tiendas, rincones y espacios reconocibles de la vieja -y, por qué no decirlo, hasta entrañable para muchos- Vaguada. Pero lo que es un punto a su favor en mi caso, no veo en qué forma puede satisfacer a un lector ajeno a ese entorno, al que es más que probable que tal sobreexposición a citas en cuanto a comercios, plantas terraza y lugares varios le cause una innecesaria fatiga. Para San Basilio, la Vaguada es todo un mundo complejo del que no hace falta salir para darse de bruces con la verdad; un microuniverso de pasillos y cintas mecánicas que todos quieren abandonar tan pronto como se lo permita la realización de sus compras. Admito que personalmente ha sido un viaje entre familiar e íntimo a un sitio que me es muy cercano: ahí aparecen, entre otros muchos, auténticas instituciones de siempre de La Vaguada como la cervecería L'Alsace, el restaurante de la cadena Flunch, la tienda de bollos de canela, las perfumerías Juteco o la cafetería Manila, que es una delicia revisitar en las páginas de una novela, así como las inmediaciones del afamado centro comercial; como el Gran Circo Mundial -que sufrimos año tras año-, la Avenida de la Ilustración o la de Monforte de Lemos.

Se diría que Fernando San Basilio sostiene una especie de interés obsesivo-compulsivo con este característico establecimiento. Tras la publicación de su primera novela (Curso de librería) pasaron unos años antes de la salida de Mi gran novela sobre la Vaguada, en 2010. Con ambos títulos ha cosechado un moderado éxito y en ellos ya se aprecian algunas de sus principales motivaciones como profesional en el campo del periodismo, el mundo editorial, el profesorado o mismamente como librero. El modo estilístico de San Basilio se determina por una escritura impecable, pero cuajada de frases larguísimas (para mí no son un problema, porque peco de esa manía al redactar) que lleva un tiempo asimilar y pueden enrevesar un poco el texto.


No quisiera dejar de hacer referencia a la presentación de esta novela que tuvo lugar hace unos días en un local literario del centro de Madrid, donde además de contar con la presencia del autor, acudieron la prologuista Mercedes Cebrián y del editor de Impedimenta, Enrique Redel, entre otros. Este último, por cierto, nos recordaba que la editorial que regenta acaba de cumplir su 5º aniversario, y es en este momento, cuando empieza a asentarse su trayectoria, que se ha decidido apostar por valores nacionales, como el autor sentado a su lado. Por su parte, Cebrián hizo hincapié en el contenido de su preludio en la novela, destacando la eterna controversia, tan propia del español de a pie, de defender lo propio, al tiempo que interiormente lo denosta al darse de bruces con la evidencia; tono del que queda una clara huella en el libro.
"La narración desencadena situaciones hilarantes, impregnadas del agudo sentido de la ironía propio del autor, basadas en la decadencia más absoluta."
Entre todos trataron de arrancarle unas cuantas palabras a Fernando que, cobijado en su gran timidez, nos avanzó algunas cuestiones y curiosidades de la novela y de su proceso de creación, sin entrar en detalles que descubrieran la trama, naturalmente. El acto concluyó con una sesión de firmas, en las que el autor sin duda destaca por su originalidad (puede jactarse de no repetir ni una entre los convocados).

Una nota final para la edición de Impedimenta: esta se trata de la primera novela que leo de esta editorial y, si bien su argumento no ha colmado las expectativas que en ella había depositado, también es cierto que tal extremo no ha sido un 'impedimento' (si se me permite el torpe juego de palabras) para afirmar rotundamente que la calidad de edición de esta casa es de aplauso. Aunque pueda parecer un aspecto secundario -yo no pienso que lo sea- en ese mágico proceso de la lectura, da gusto tener entre las manos un volumen tan cuidado, con una textura perfecta del papel, portadas elaboradas y sobrecubiertas a la medida. En vista del rico catálogo de Impedimenta, presiento que este no será el último título que leeré de ellos.

El joven vendedor y el estilo de vida fluido es una breve novela coral, no en vano tildada de generacional, que por desgracia me ha resultado bastante regular frente a lo que me esperaba, no pasando de entretenida, algo rara, y poco más. Que sea comparada con algún episodio concreto del Ulises de James Joyce debería dar al futuro lector una leve idea de por dónde van los tiros de su simbólico argumento y del monólogo interno de sus protagonistas. Pero no olvidemos que la obra de Joyce es tan idolatrada como repudiada...

Puntuación: 6/10

junio 29, 2012y

2 de abril de 2012

"Los Zapatos Rojos", de Hans Christian Andersen


Título original: De røde sko.
Edición
: 72 págs. Impedimenta, noviembre 2011.

Precio:
15,60€.
Traducción
: Enrique Bernárdez.
Temática
: Cuento.

Correlación
: Independiente.



Por nuestras antaño infantiles manos (o puede que al leer esto aún lo sean) habrá caído, lo más seguro, algún que otro cuento escrito por Hans Christian Andersen (1805-1875), un escritor y poeta danés cuya vida fue del todo menos placentera o alegre, salvo su dedicación a la literatura para niños. Es en su honor que hoy día, y desde 1956, se concede cada dos años el Premio Hans Christian Andersen de literatura infantil, como también en honor de la fecha de su nacimiento que se celebra el Día Internacional del Libro Infantil. Este danés recibió en vida multitud de apreciaciones, entre ellas el título honorífico de Consejero de Estado (por el propio rey de Dinamarca) en 1866, como también el de ciudadano ilustre de su ciudad natal, Odense, en 1867. Es autor de obras tan populares como "El Patito Feo", "La Sirenita" o "El Soldadito de Plomo", muchas de ellas adaptadas a la gran pantalla y la televisión.

Este es uno de esos cuentos infantiles ampliamente conocidos, que nos habla de una niña, Karen, que siendo pobre, es acogida por una anciana rica que le procura todas las comodidades, salvo el llevar unos espantosos, en opinión de la señora, zapatos rojos que chocan con la mentalidad imperante del siglo XIX (rojo=pecado). Por puro afán de coquetería y vanidad, Karen no puede evitar sentirse atraída por sus zapatos (rojos son también los zapatos de la versión cinematográfica de El mago de Oz), los cuales lleva siempre a todos lados, incluso cuando no le está permitido. Pero un día adquieren una maldición a manos de un soldado lisiado y de barba roja, la cual confiere a los zapatos la capacidad de que su dueña no pueda dejar de mover los pies bajo ningún concepto, bailando sin parar hasta la total extenuación.


La edición de Impedimenta recoge de forma íntegra el cuento de hadas de Andersen en un pequeño y goloso libro que además está trufado de imágenes que llevan el personal estilo de la ilustradora Sara Morante (para más señas, otro de sus trabajos en la editorial es Diccionario Literatura para Snobs), cuyos personajes asemejan muñecos de papel, en tonos grises que contrastan muy bien con el color rojo, sin duda el motivo principal del cuento, creando así esa oposición de tonos que nos hace ver que los zapatos son algo inventado por el mismo demonio. El final del cuento, sangriento como pocos, es la moraleja que indica una vez más que no todo tiene que tener necesariamente un final feliz. La traducción, originaria del danés, de Enrique Bernárdez, ganó el Premio Hans Christian Andersen.

presumido, da.

1. adj. Vano, jactancioso, orgulloso, que tiene alto concepto de sí mismo.
2. adj. Dicho de una persona: Que se compone o arregla mucho.


Los Zapatos Rojos tiene ese punto de crueldad que todo cuento infantil debe tener. Debemos recordar que, al igual que los cuentos de Perrault o los de los hermanos Grimm, su sentido didáctico se enfocaba hacia el amedrentamiento de niños, que con una moraleja que pasa en muchas ocasiones por una respuesta violenta, incluso sádica, distaba mucho de lo que hoy en día el público está acostumbrado, en especial por los esfuerzos que ha sembrado la compañía del ratón Mickey durante todo el siglo XX. Si queréis disfrutar de los cuentos de verdad, las obras de Hans Christian Andersen deben figurar en cualquier biblioteca que se precie.


Los Zapatos Rojos en «Los Simpson».

En "El último baile de claqué en Springfield" (Last Tap Dance in Springfield), episodio perteneciente a la undécima temporada de "Los Simpson", podemos observar una clara referencia al cuento de Andersen, Los Zapatos Rojos. En el episodio, Lisa Simpson demuestra un interés por el baile tras ver una película llamada "Tango de la Muerte", por lo que su madre la ingresa en una academia de danza regentada por una famosa bailarina (quien hace una alusión al cuento cerca del final del episodio), evidenciando al poco tiempo que las aptitudes de Lisa son francamente nulas.


En el baile del colegio Lisa se encarga tan sólo de levantar el telón, pero sus padres creen de verdad que a su hija se le da muy bien el baile, por lo que para no defraudarlos Lisa pide al profesor Frink un dispositivo que al insertarse en los zapatos, estos bailarán al más mínimo ruido. Como era de esperar, cuando Lisa se estaba conviertiendo en la estrella de la función, los zapatos terminan fuera de sí, escapando al control de Lisa y haciendo que bailen sin parar hasta que el jefe Wigum les pega un balazo.

¿No es una clara alusión a Los Zapatos Rojos de Andersen? Un ejemplo más del alcance que han tenido, y siguen teniendo, los cuentos del danés en la cultura popular moderna.

Puntuación: 9/10


abril 02, 2012y


 

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