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"Sabe, oh príncipe, que entre los años en que los océanos anegaron Atlantis y las resplandecientes ciudades [...] hubo una edad no sonada en la que brillantes reinos ocuparon la tierra como el manto azul entre las estrellas."

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16 de marzo de 2015

Guía de la literatura de terror. Primer período: del siglo XIX hasta 1939. Las obras fundacionales


Encontrar el inicio de cualquier género literario es difícil, sobre todo si se pretende reducirlo a una sola obra. Si miramos muy atrás en el tiempo, el elemento de terror ha existido seguramente desde los mismos orígenes de la literatura. Partes de la “Orestíada” de Esquilo son estremecedoras, como lo es el gore desenfrenado de Tito Andrónico de William Shakespeare. Y aunque su finalidad fuera otra —moralizante— la tradición popular iba cargada en sus inicios de cuentos crueles a los que hoy en día pondríamos calificación para mayores de dieciocho años.

Como género o tendencia, escribir obras de terror seguramente empieza en el siglo XVIII con la aparición de la literatura gótica: El castillo de Otranto (1764) de Horace Walpole, considerada la primera novela de esta corriente, deja el camino abierto a Vathek de William Beckford, Los misterios de Udolfo de Ann Radcliffe, Melmoth el errabundo de Charles Maturin, El monje de Matthew Gregory Lewis y tantos otros, novelas de terror enmarcadas en el romanticismo con todas sus virtudes y defectos. A partir de aquí queda abierta la veda: el terror literario ha madurado, ha crecido y se ha enriquecido y está preparado para establecerse por su cuenta.

Guía de temas, obras y autores
Extraído de: Literatura de terror: guía rápida para adentrarse en el género

Aquí vamos del auge de la literatura gótica –Potocki, Shelley– donde lo sobrenatural se mezcla con lo romántico hacia el advenimiento de Edgar Allan Poe y lo macabro, la aparición de los grandes autores británicos —quienes usan el folclore popular— y cerramos con el fin de la primera oleada del terror pulp, mucho más colorido, tras la muerte —o silencio— de los tres mosqueteros de la Weird Tales encabezados por Lovecraft. Allí donde la literatura gótica usaba el ambiente del Romanticismo, el pulp usa la literatura de aventuras como vehículo para el terror.

  1. Manuscrito encontrado en Zaragoza, de Jan Potocki (1814). Valdemar.
  2. Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley (1818). Valdemar.
  3. Cuentos de imaginación y misterio, de Edgar Allan Poe (1834-1846). Libros del Zorro Rojo.
  4. La casa y el cerebro. Un relato victoriano de fantasmas, de Edward Bulwer-Lytton (1859). Impedimenta.
  5. Corazones perdidos. Cuentos completos de fantasmas, de M. R. James (1895-1931). Valdemar.
  6. Los tres impostores, de Arthur Machen (1895). Alianza Editorial.
  7. La isla del Doctor Moreau, de H. G. Wells (1896).
  8. Drácula, de Bram Stoker (1897). Valdemar.
  9. La casa en el confín de la tierra, de William Hope Hodgson (1908). Valdemar.
  10. La otra parte, de Alfred Kubin (1909).
  11. Lovecraft. Obras escogidas I y II, de H. P. Lovecraft (1924-1931). Acervo.
  12. Zothique, el último continente, de Clark Ashton Smith (1932-1953). Valdemar.

Frankenstein y Drácula, dos clásicos necesarios

Escoger una de estas novelas góticas del XIX para abrir esta primera etapa de mi cronología no ha sido tan complicado como podría parecer. Es una cronología subjetiva porque puedo basarme en mis gustos personales. Así, puedo esquivar la santísima trinidad de la literatura gótica —Los misterios de Udolfo, El monje y Melmoth el errabundo— que, salvo la obra de Maturin, siempre me ha aburrido bastante con sus infinitos devaneos internos acerca de la moralidad, la consciencia el desespero y la tentación e ir directo a la única de estas obras ancestrales que realmente me gusta: Manuscrito encontrado en Zaragoza, la cual combina lo mejor de la literatura gótica con la tradición de la picaresca española. Sin entrar en valorar si sus cualidades la hacen una obra más o menos meritoria que las otras tres que mencionaba, sin duda la hacen más cercana, más accesible para el lector actual.


A partir de este primer libro el resto se desgrana fácilmente. Frankenstein y Drácula son referencias tan inevitables como necesarias: ambas establecen la base de dos iconos del terror que perviven aún hoy en día. Ambas están intrínsecamente relacionadas desde el principio desde Villa Diodati: una directamente —pues nació allí de la mano de Mary Shelley— y la otra por herencia —El vampiro de Polidori vendría a ser el abuelo literario de Drácula—. Ambas novelas, aunque tengan tanto en común, son opuestas en su planteamiento. Frankenstein es el monstruo que quiere ser hombre, creado por la mano del Doctor Frankenstein cuando juega a ser Dios. Drácula es el hombre que se hizo monstruo y depreda a la humanidad. De las dos obras, seguramente Drácula tiene más detractores: suele afirmarse que la primera mitad del libro es muy superior a la segunda, y aunque es objetivamente cierto, el todo me sigue pareciendo un libro sumamente disfrutable, más que Frankenstein, que si bien excelente y muestra clara de virtuosismo literario, es más lento y atmosférico.

Los relatos de los maestros

Los cuentos de Poe, los de Machen y James son otra apuesta segura; de Poe no hay nada que decir, si se repite hasta el hartazgo que King es el rey del terror —algo muy discutible por otra parte— Poe es Dios, y la distancia entre Dios y cualquier otro autor del género es sideral. Por mencionar solo unos pocos ejemplos, “La mascara de la muerte roja", “El barril de amontillado”, “El corazón delator” o “El gato negro” son obras maestras de una elegancia macabra que nadie ha igualado o se ha acercado a igualar. No solo es terror: el terror se presenta con una estética —estas habitaciones de colores en el baile de máscaras de "La máscara de la muerte roja"— que fusiona la prosa y la poesía. La historia en sí es más que suficiente como para estremecer a cualquiera, pero si es posible haceos con la edición de los Cuentos de imaginación y misterio de Libros del Zorro Rojo, con traducción de Cortázar como debe ser y las ilustraciones de Harry Clarke. Para mi es la mejor edición disponible con diferencia.


Arthur Machen y M. R. James son otros dos grandes maestros del relato de terror: Machen tiende a lo poético, a relatos complejos y literariamente muy elevados —a veces complicados de digerir—; Los tres impostores es un libro sumamente interesante que parece compuesto de relatos independientes que, en realidad, se estructuran en torno a un mismo nexo. Pocos relatos de terror se han escrito que puedan compararse a los que podemos encontrar aquí. Machen se mueve entre lo visible y lo invisible, la civilización y lo que se esconde entre sus costuras, lo olvidado y lo presente. Alta literatura que una vez asimilada convierte a Machen en uno de estos autores de cabecera. James es más accesible, y aparte del cuento que da título a la antología de Valdemar que recomiendo —Corazones perdidos: Cuentos completos de fantasmas— siempre me ha gustado mucho “El fresno”. Ambos autores beben del folklore británico y al situar —como solían hacerlo— sus historias en el campo les dan un aire arcaico, rural, nostálgico del viejo mundo preindustrial. James lo hace con un tono más desenfadado, quizás, a veces con algún toque de humor negro.

Otros clásicos a tener en cuenta

La casa y el cerebro. Un relato victoriano de fantasmas ha sido un descubrimiento reciente; Lovecraft, que en sus ensayos sobre el género era muy parco en halagos, lo considera uno de los mejores. Edward Bulwer-Lytton combina la moda del espiritismo y el mesmerismo con habilidad para construir una historia que parece bastante simple —arranca con el clásico escenario donde un individuo decide pasar la noche en una casa considerada encantada— y al final acaba resultando sorprendentemente compleja y original.


La casa en el confín de la tierra de William Hope Hodgson y La otra parte de Alfred Kubin son obras curiosas; el terror apunta hacia el surrealismo, el desconcierto, la desconexión con la realidad. William Hope Hodgson es muy conocido por sus relatos de horror en el mar, pero me parece que para potenciar la diversidad en la lista, prefiero recomendar esta novela suya que, además de ser su obra más singular, también es mi favorita. Influenció poderosamente a Lovecraft y en el nacimiento del horror cósmico. Es un libro desconcertante, como un sueño delirante que pagina a pagina va superándose a si mismo hasta un final perfecto; como con la obra de Bulwer-Lytton que comentaba antes, la premisa inicial parece bastante sencilla (un hombre se traslada a una casa aislada donde empieza a verse acosado por lo sobrenatural) pero aquí va escalando de un modo que no tiene parangón: el acoso de las criaturas bestiales, los viajes ¿mentales? del protagonista, la sensación de pavor al sentirse suspendido por un hilo sobre un abismo de negrura...Recientemente la novela ha sido adaptada al cómic con arte de Richard Corben.



La otra parte de Kubin es otra obra onírica aún más delirante, si es que esto es posible. Puede que sea una de las incorporaciones en esta lista potencialmente más polémicas y de las más desconocidas: sumamente meritoria sin embargo, pero no se puede definir fácilmente. Digamos que presenta la peculiar experiencia del narrador en un país nuevo surgido de la imaginación de un millonario artista henchido de mesianismo. Los simplemente excéntricos conviven allí con los rematadamente locos: algo en el lugar les transforma —o ellos transforman el lugar— hasta que éste parece una entidad viviente completamente demente. El lenguaje, todo el concepto, está revestido de una cualidad poética, de ensueño, que le da un aire de sueño o pesadilla que ninguna otra obra que haya leído se acerca a igualar.


La isla del Dr. Moreau puede sorprender en esta lista, pero siempre me ha parecido un libro escalofriante, a su modo. H. G. Wells fue tan visionario como Jules Verne, pero allí donde lo que previó Verne ya lo hemos vivido hace tiempo, las visiones de Wells quizás aún estén por llegar. La resolución de La guerra de los mundos nos habla de guerra biológica y terraformación. La de La maquina del tiempo antecede las primeras distopías de la ciencia ficción y sienta las bases para el subgénero del viaje temporal. En La isla del Dr. Moreau lo que vemos es una versión primitiva de la experimentación genética, otra representación muy gráfica del complejo de dios. Las criaturas torturadas física y espiritualmente que surgen del bisturí del Doctor, su casa del dolor... no son cosas que uno olvide fácilmente, y me parecen de las más perturbadoras que he leído. Para mi es el mejor libro de Wells.

La puntada final

Para terminar tenemos a Clark Ashton Smith y a Howard Phillips Lovecraft. La llamada de Cthulhu es una antología tan buena como casi cualquier otra. Todos los relatos de Lovecraft han sido publicados entre antologías temáticas, ediciones íntegras y demás, pero de todas ellas la que me parece más satisfactoria es la primera que leí, la de Acervo en dos tomos titulada Obras escogidas. Aquí se recopilan casi todos los mejores relatos del maestro de Providence, con lo que tenemos una antología más completa que muchas otras, pero se prescinde de los relatos “malos” o muy alejados de los mitos —como los de Herbert West, que por otra parte recomiendo aunque no sean lo que uno suele asociar a Lovecraft—. Dudo que pueda decir algo que no se sepa ya sobre por qué leer de Lovecraft, pero para tener una idea de por qué el terror es actualmente como es si solo hay que leer a dos autores, tienen que ser Lovecraft y Poe.


Smith es mi favorito de los tres mosqueteros de la Weird Tales: sus cuentos tiran mucho hacia la fantasía pero sin alejarse demasiado del terror. Desbordan exotismo sensual propio de las mil y una noches, y un tono decadente que se aprecia mucho más si uno lo contrasta con la mojigatería de HPL. Esta mezcla entre el escenario fantástico y el sobrecogimiento del terror es ideal y, curiosamente, menos común de lo que podría parecer; es quizás una vía muerta —por desgracia— muy vinculada al pulp, que solo siguieron unos pocos y durante poco tiempo, y de todos ellos el mejor siempre fue Smith. Se nota en su prosa que él se consideraba eminentemente poeta; consigue que lo macabro resulte bello. Y si os apetece y tenéis ocasión de encontrar alguna de sus poesías —“The hashish eater”, por ejemplo— veréis a qué me refiero: sus contemporáneos lo comparaban con Byron y Shelley, con lo que el que cayera en el olvido resulta aún más triste

Espero que os haya gustado la lista, y lo dicho; cualquier duda, sugerencia o queja, aquí estamos. Recordad que podéis consultar la lista completa en el siguiente enlace: Literatura de terror: Guía rápida para adentrarse en el género.

marzo 16, 2015y

18 de noviembre de 2013

Reseña: «La casa y el cerebro», de Edward Bulwer-Lytton

Título original: The House and the Brain.
Edición: 108 págs. Impedimenta, noviembre 2013.
Disponible en ebook: No.
Precio: 14,95 € (rústica con solapas).
Traducción: Arturo Agüero Herranz.
Temática: Terror, fantasmas.
Correlación: Independiente.


Cuando estás cansado de traducciones con erratas en libros por cuyos precios éstas deberían estar ausentes; cuando una encuadernación barata que se deforma al más leve toque deja el lomo de tus libros como un acordeón; cuando te encuentras leyendo de un papel de tal gramaje que transparenta y ves, en un momento de trágica claridad, que cada vez quedan menos editoriales con proyectos firmes que no bailen al son de los best sellers, puedes llegar a creer que efectivamente el libro físico está muerto o en agonía. Entonces un día descubres la editorial Impedimenta y recuperas la fe, el ánimo y la ilusión... Porque cada edición de Impedimenta –les sigo desde hace años– es un canto al amor por la literatura e incluso diría por la bibliofília. Todo, desde las sobrecubiertas agradablemente rugosas de diseño sobrio y elegante al cremoso y consistente papel de las páginas habla de tranquila precisión, de atención al detalle, de cuidado y de respeto a sus lectores. Cuando uno finalmente se sienta en su butaca favorita, dispuesto a adentrarse en lo que el autor le ofrezca, Impedimenta hace la transición a la ficción aún más fácil brindando en cada tomo una interesante introducción, de tal modo que, con las ideas en orden, establecido un contexto y en compenetración con el autor, el lector pueda emprender su viaje.

Podría pensarse que, con tanta dedicación a su trabajo, Impedimenta debe ser una editorial poco pródiga; que ofrecería sus publicaciones muy de vez en cuando, como bocados selectos y exclusivos, y en su exclusividad, escasos. Nada más lejos de la realidad. De hecho, su ritmo es extraordinario; tanto como la calidad de su catálogo, en el que se puede encontrar de todo, desde terror al humor más refinado, de la mejor literatura europea a ciertos clásicos orientales bastante desconocidos para el público occidental.


Lo que yo he encontrado hoy– y aparco por un momento esta especie de oda de fetichista bibliofília– es la novedad que nos traen este mes de noviembre: La casa y el cerebro, de Edward Bulwer-Lytton. Antes de leerlo, ya me llama muchísimo la atención primero por quien lo firma, un autor que, aún sin conocer yo personalmente muchas de sus obras, me consta como uno de los más influyentes de la literatura inglesa; y segundo quien lo avala –según la sobrecubierta– nada menos que dos grandes de lo fantástico: Lafcadio Hearn y, sobre todo, H. P. Lovecraft.

“En la literatura de terror hay muchos miedos que se pueden invocar para crear malestar al lector”
H. P. Lovecraft, aparte de autor del ciclo de mitos de Cthulhu –y por ello, una de las figuras más influyentes del terror– era un crítico despiadado y certero, y su aval tiene mucho peso para mi; de modo que fui a consultar mi ejemplar de su ensayo “El horror sobrenatural en la literatura” (reeditado recientemente por Valdemar en su colección "Gótica") para ver qué decía exactamente al respecto. Y, en efecto, parece que a Lovecraft le encajaba la definición de “La casa y el cerebro” como una de las mejores historias de casas encantadas de todos los tiempos. Seguía hablando –en el ensayo– sobre la obra de Bulwer-Lytton en general, y aunque no es tan elogioso con “Zanoni, o el secreto de los inmortales” (también editado por Valdemar "Gótica", y que aún espera su turno en mi estantería), criticando su tono romanticista y su excesiva permisividad con los fenómenos del mesmerismo o el espiritismo, valora muy positivamente las ideas y aportaciones de Lytton al género, tales como la del inmortal heredero de antiguas tradiciones, o la siniestra figura que, en “Zanoni”, guarda el umbral al saber de otros mundos; el “Morador del umbral”, figura de la que el propio Lovecraft se apropia parcialmente usándola en algunos de sus relatos del ciclo de Kadath e identificándola, más tarde, con el primigénio Yog-Sothoth.

Las palabras de Hearn me parecen más precisas, y me gustaría citarlas tal y como lo hace Arturo Agüero Herranz, el traductor de "La casa y el cerebro" en la introducción: “Les mencioné el otro día –dice Hearn– una narración breve de Bulwer-Lytton (“La casa y el cerebro”) calificándola como la mejor historia de fantasmas en lengua inglesa. Es el mejor cuento de este género porque reproduce con asombrosa fidelidad las vivencias de una pesadilla. El terror de los grandes cuentos sobrenaturales es el terror de una pesadilla proyectado dentro de la consciencia despierta”. Lafcadio Hearn es, recordemos, el autor de varios libros de temática fantasmagórica, y un gran divulgador del antiguo japón fantástico (recomiendo el tomo En el Japón espectral, editado por Alianza).


Con tales avales, mi predisposición antes de leer La casa y el cerebro no podría ser mejor. Y ahora, al sentarme a escribir la reseña tras pasar poco más de una hora entre sus páginas –se trata de una historia realmente breve– la sensación sigue siendo extremadamente positiva. Y esto es lo peculiar; cuando algo te viene tan recomendado, se crea un fenómeno, el llamado hype, por el cual al encontrarte con la realidad a veces ésta te decepciona, simplemente por haberte creado unas expectativas excesivas. No ha sido el caso, y que sea esto aún otro aval.

La estructura de la novela (el termino inglés para este tipo de obras tan breves me parece más adecuado; novelette), en cuanto a la narración, es clásica, aunque hablando de algo escrito en 1859 se trataría de obras como esta las que establecen “lo clásico”; un gentleman inglés se entera, por un amigo, de la existencia de cierta casa donde éste se ha hospedado, que goza de la fama de estar encantada. Inmediatamente, se despierta su interés, y se dispone a alquilarla para pasar unos días y experimentar en primera persona los fenómenos que, dicen, suceden allí. No hay nada como ser un caballero inglés para poder permitirse este tipo de impulsos ociosos, que después dan para tantas novelas. Acompañado de su criado y de un perro, nuestro protagonista se instala en la casa. Como es normal, el casero le ha advertido del hecho de que ningún inquilino ha aguantado más de dos noches; que incluso la presencia de algo sobrenatural puede sentirse durante el día. Pero él sigue adelante con su plan, con buen humor y este tipo de actitud entre escéptica y abierta de mente que es propia de su arquetipo.

Hasta aquí, todo sigue un esquema muy familiar. Lo que ya no es tan frecuente es como el terror empieza a atacar enseguida; no hay una lenta escalada de sucesos inexplicables que acaben en un apoteósico final. Prácticamente desde el mismo momento en que ponen un pie en el edificio, éste reacciona a su sobrenatural manera; y la forma como Lytton lo narra crea escenas de gran belleza siniestra. 

Y como se suele decir, hasta aquí puedo leer, sin desvelar detalles de la trama. Lo que sí puedo decir es que logra –como ya avisa Hearn– transmitir la sensación de pesadilla; que la atmósfera, construida rápidamente, es sorprendentemente efectiva, precisamente por la sencillez con que se construye. Aunque me consta que Bulwer-Lytton tenía cierta afición a divagar o a perderse en florituras, aquí es directo y conciso, talmente como si el protagonista estuviera narrando lo que ha vivido allí dentro a otro amigo, lo que añade realismo al relato.


“Como tanta gente de la alta sociedad de su época, Bulwer-Lytton sentía interés por el ocultismo”
En la literatura de terror hay muchos miedos que se pueden invocar para crear malestar al protagonista, y a través de este, al lector; el miedo a la decadencia (enfermedad, pobreza, hambre), el miedo a la muerte, el miedo al dolor o al daño físico, el miedo a la locura o (muy íntimamente relacionado) el miedo a la pérdida de la voluntad. Hay un fenómeno real, que algunos hemos padecido a veces, sobre todo de pequeños, donde te despiertas en medio de la noche y te encuentras paralizado; consciente, pero sin poder moverte. Tienes la sensación de que hay algo en la habitación y quieres encender la luz, pero no puedes. Es como si una voluntad ajena te mantuviera sujeto. Parece ser que tiene que ver con encontrarse en un estado medio entre la consciencia y el sueño, algo así como un “falso despertar”. Es una sensación muy desagradable. Y es el tipo de miedo que Bulwer-Lytton invoca; una poderosa presencia maligna que, a parte de las acostumbradas señales poltergeist, es capaz de clavarte a la cama con una sola mirada y robarte la posibilidad de reaccionar.

Este tipo de imposición de una voluntad ajena está relacionado obviamente con el mesmerismo, la hipnosis, que como decía Lovecraft, estaba muy de moda en vida de Lytton (y siguió de moda durante bastante tiempo, como atestigua el mismo Bram Stoker en su Drácula, publicado cuarenta años después). Este tema, la voluntad como un poder que se puede ejercer no solo sobre los demás sino también sobre el propio cuerpo o sobre el entorno es el gran tema de fondo, junto con el de las sociedades herméticas, el ocultismo. Ambos tienen un peso clave en la trama y su desarrollo, junto con la existencia de individuos “especiales”, dotados de capacidades quizás no necesariamente superiores pero desde luego poco comunes, aislados por ellas del común de los mortales. Y ambos suponen, quizás, su punto más cuestionable; Bulwer-Lytton hilvana una teoría para explicar los hechos que, si bien suena plausible y añade realismo, también supone enseñar sus cartas, sus creencias personales, que a la luz del racionalismo actual pueden resultar inocentes o rebuscadas. Esta última parte, la de la explicación, se eliminó de algunas ediciones, inicialmente según petición del propio autor, después imagino que por inercia; la de Impedimenta es la versión entera. Lytton solo eliminó este tramo al creer que podía interferir con otra de sus historias, no porque creyera que era superflua o incorrecta, por lo que mantenerla ahora que se reedita me parece lo correcto. Y mas cuando en ella encontramos algunas de las mejores y más evocadoras ideas de la novela. Para entender de donde vienen, convendría repasar brevemente la biografía del autor, que desconocía, y que resulta tan interesante que bien podría ser teatralizada:

Edward Bulwer-Lytton nació en 1858 en una familia acomodada; su padre murió siendo él muy joven, y la influencia de la madre se expandió a un nivel casi excesivo (como también sucedió con Robert E. Howard, por ejemplo). Destacando en los estudios, sus primeras creaciones fueron antologías poéticas que autopublicó. Después de casarse con Rosina Doyle Wheeler, a quien la señora Lytton desaprobaba hasta el punto de cortarle la asignación a su hijo, se vió obligado a incrementar su volumen de trabajo, llegando a unos extremos verdaderamente maratonianos entre novelas, relatos, teatro y poesía, sin contar con su carrera política que le mantuvo en el parlamento durante más de una década. De tales actividades Bulwer-Lytton sacó una fortuna considerable y un enorme respeto popular, comparable a la uno de sus amigos, Charles Dickens. Su matrimonio fue un fracaso absoluto; el matrimonio, afectado por las infidelidades y por tal ritmo de trabajo finalizó en 1836. Rosine publicó un libro riéndose de la hipocresía que veía en su ex-marido, y llegó al extremo de escarnecerle públicamente mientras él se postulaba como candidato para el parlamento, tras lo cual Lytton le negó la asignación y el acceso a los hijos, aunque más tarde entraría en razón. En 1862, su popularidad era tal que se le ofreció la corona de Grecia tras la abdicación del rey, que él rechazó; y en 1866 la corona británica le concedió el título de Par y Barón Lytton. Las excentricidades biográficas no terminan aquí; en 1867 la sociedad de Rosacruces inglesa le aclamó públicamente como su líder, algo que al parecer le sorprendió y rechazó. Su vinculación con esta sociedad secreta, fuera o no real, se puede deducir rápidamente de su “Zanoni”, donde usa abundante transfondo ocultista. Finalmente, el 18 de enero de 1873, murió por las complicaciones de una infección en el oído, poco antes de cumplir 70 años.


Creo que algunos aspectos de esta biografía tan singular pueden apreciarse en la novela. Para empezar, creo que como tanta gente de la alta sociedad de su época sentía un interés entre serio y ocioso, entre intelectual y morboso, por el ocultismo; lo mismo puede decirse de su protagonista. La presencia femenina, en esta novela, es casi nula; quizás es buscarle tres pies al gato, pero que la única mujer que aparezca en el libro tuviera tendencias criminales se podría leer como resentimiento misógino, quizás. El mismo Lytton podría haber protagonizado esta historia; está construida desde la óptica de un gentleman acomodado, que por lo frecuente en este tipo de historias, nos podría llevar a pensar que los fantasmas solo visitan a la clase alta.

El impacto de Lytton en la cultura posterior es indudable. Los últimos días de Pompeya es quizás su obra más conocida para el gran público, y ha sido adaptada a varios medios repetidas veces. Para mencionar un par de anécdotas, le debemos frases tan archiconocidas como “La pluma es más fuerte que la espada” (de su obra teatral Richelieu, 1839) o Perseguir el todopoderoso dólar. Su Strange Story (1862) fue una de las fuentes de las que bebió el Drácula de Stoker; y en The comming race”(1871), donde presenta a una raza de seres subterráneos esperando a reclamar la superficie, establece uno de los tópicos más recurrentes tanto del terror como de la ciencia ficción, de donde parten desde Lovecraft y sus criaturas infrahumanas en ciudades subterráneas a Stan Lee y su hombre topo en Los 4 Fantásticos.

En cuanto a “La casa y el cerebro”, constituye una base, un punto clave, iniciático, a un tema recurrente en el terror, el de la casa encantada, que explotan desde Algernon Blackwood en uno de sus episodios con John Silence, investigador de lo oculto (Valdemar Gótica) a Richard Matheson con La casa infernal (La Factoría de Ideas) o Shirley Jackson, con su excelente La maldición de Hill House (también Valdemar "Gótica"). Me ha impresionado hasta tal punto que en cualquier futura referencia a este subgénero no olvidaré mencionarla.

Si os encontráis cualquier día en una “oscura y tormentosa noche...” (“It was a dark and stormy night”), otra de sus frases clave, que abre su novela Paul Clifford (1830), y os apetece una de estas historias inquietantes y bien narradas, una historia de fantasmas victoriana como reza el subtítulo, pero que ha envejecido perfectamente, espero haberos convencido por lo menos un poco de que “La casa y el cerebro” es la elección ideal.

noviembre 18, 2013y


 

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