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Mi espada, mi conjuro.
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La mazmorra. Un troll.
Nos gusta la fantasía

"Sabe, oh príncipe, que entre los años en que los océanos anegaron Atlantis y las resplandecientes ciudades [...] hubo una edad no sonada en la que brillantes reinos ocuparon la tierra como el manto azul entre las estrellas."

LA

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Mi espada, mi conjuro. La puerta, magia, Igni. La mazmorra,
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16 de marzo de 2015

Guía de la literatura de terror. Primer período: del siglo XIX hasta 1939. Las obras fundacionales


Encontrar el inicio de cualquier género literario es difícil, sobre todo si se pretende reducirlo a una sola obra. Si miramos muy atrás en el tiempo, el elemento de terror ha existido seguramente desde los mismos orígenes de la literatura. Partes de la “Orestíada” de Esquilo son estremecedoras, como lo es el gore desenfrenado de Tito Andrónico de William Shakespeare. Y aunque su finalidad fuera otra —moralizante— la tradición popular iba cargada en sus inicios de cuentos crueles a los que hoy en día pondríamos calificación para mayores de dieciocho años.

Como género o tendencia, escribir obras de terror seguramente empieza en el siglo XVIII con la aparición de la literatura gótica: El castillo de Otranto (1764) de Horace Walpole, considerada la primera novela de esta corriente, deja el camino abierto a Vathek de William Beckford, Los misterios de Udolfo de Ann Radcliffe, Melmoth el errabundo de Charles Maturin, El monje de Matthew Gregory Lewis y tantos otros, novelas de terror enmarcadas en el romanticismo con todas sus virtudes y defectos. A partir de aquí queda abierta la veda: el terror literario ha madurado, ha crecido y se ha enriquecido y está preparado para establecerse por su cuenta.

Guía de temas, obras y autores
Extraído de: Literatura de terror: guía rápida para adentrarse en el género

Aquí vamos del auge de la literatura gótica –Potocki, Shelley– donde lo sobrenatural se mezcla con lo romántico hacia el advenimiento de Edgar Allan Poe y lo macabro, la aparición de los grandes autores británicos —quienes usan el folclore popular— y cerramos con el fin de la primera oleada del terror pulp, mucho más colorido, tras la muerte —o silencio— de los tres mosqueteros de la Weird Tales encabezados por Lovecraft. Allí donde la literatura gótica usaba el ambiente del Romanticismo, el pulp usa la literatura de aventuras como vehículo para el terror.

  1. Manuscrito encontrado en Zaragoza, de Jan Potocki (1814). Valdemar.
  2. Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley (1818). Valdemar.
  3. Cuentos de imaginación y misterio, de Edgar Allan Poe (1834-1846). Libros del Zorro Rojo.
  4. La casa y el cerebro. Un relato victoriano de fantasmas, de Edward Bulwer-Lytton (1859). Impedimenta.
  5. Corazones perdidos. Cuentos completos de fantasmas, de M. R. James (1895-1931). Valdemar.
  6. Los tres impostores, de Arthur Machen (1895). Alianza Editorial.
  7. La isla del Doctor Moreau, de H. G. Wells (1896).
  8. Drácula, de Bram Stoker (1897). Valdemar.
  9. La casa en el confín de la tierra, de William Hope Hodgson (1908). Valdemar.
  10. La otra parte, de Alfred Kubin (1909).
  11. Lovecraft. Obras escogidas I y II, de H. P. Lovecraft (1924-1931). Acervo.
  12. Zothique, el último continente, de Clark Ashton Smith (1932-1953). Valdemar.

Frankenstein y Drácula, dos clásicos necesarios

Escoger una de estas novelas góticas del XIX para abrir esta primera etapa de mi cronología no ha sido tan complicado como podría parecer. Es una cronología subjetiva porque puedo basarme en mis gustos personales. Así, puedo esquivar la santísima trinidad de la literatura gótica —Los misterios de Udolfo, El monje y Melmoth el errabundo— que, salvo la obra de Maturin, siempre me ha aburrido bastante con sus infinitos devaneos internos acerca de la moralidad, la consciencia el desespero y la tentación e ir directo a la única de estas obras ancestrales que realmente me gusta: Manuscrito encontrado en Zaragoza, la cual combina lo mejor de la literatura gótica con la tradición de la picaresca española. Sin entrar en valorar si sus cualidades la hacen una obra más o menos meritoria que las otras tres que mencionaba, sin duda la hacen más cercana, más accesible para el lector actual.


A partir de este primer libro el resto se desgrana fácilmente. Frankenstein y Drácula son referencias tan inevitables como necesarias: ambas establecen la base de dos iconos del terror que perviven aún hoy en día. Ambas están intrínsecamente relacionadas desde el principio desde Villa Diodati: una directamente —pues nació allí de la mano de Mary Shelley— y la otra por herencia —El vampiro de Polidori vendría a ser el abuelo literario de Drácula—. Ambas novelas, aunque tengan tanto en común, son opuestas en su planteamiento. Frankenstein es el monstruo que quiere ser hombre, creado por la mano del Doctor Frankenstein cuando juega a ser Dios. Drácula es el hombre que se hizo monstruo y depreda a la humanidad. De las dos obras, seguramente Drácula tiene más detractores: suele afirmarse que la primera mitad del libro es muy superior a la segunda, y aunque es objetivamente cierto, el todo me sigue pareciendo un libro sumamente disfrutable, más que Frankenstein, que si bien excelente y muestra clara de virtuosismo literario, es más lento y atmosférico.

Los relatos de los maestros

Los cuentos de Poe, los de Machen y James son otra apuesta segura; de Poe no hay nada que decir, si se repite hasta el hartazgo que King es el rey del terror —algo muy discutible por otra parte— Poe es Dios, y la distancia entre Dios y cualquier otro autor del género es sideral. Por mencionar solo unos pocos ejemplos, “La mascara de la muerte roja", “El barril de amontillado”, “El corazón delator” o “El gato negro” son obras maestras de una elegancia macabra que nadie ha igualado o se ha acercado a igualar. No solo es terror: el terror se presenta con una estética —estas habitaciones de colores en el baile de máscaras de "La máscara de la muerte roja"— que fusiona la prosa y la poesía. La historia en sí es más que suficiente como para estremecer a cualquiera, pero si es posible haceos con la edición de los Cuentos de imaginación y misterio de Libros del Zorro Rojo, con traducción de Cortázar como debe ser y las ilustraciones de Harry Clarke. Para mi es la mejor edición disponible con diferencia.


Arthur Machen y M. R. James son otros dos grandes maestros del relato de terror: Machen tiende a lo poético, a relatos complejos y literariamente muy elevados —a veces complicados de digerir—; Los tres impostores es un libro sumamente interesante que parece compuesto de relatos independientes que, en realidad, se estructuran en torno a un mismo nexo. Pocos relatos de terror se han escrito que puedan compararse a los que podemos encontrar aquí. Machen se mueve entre lo visible y lo invisible, la civilización y lo que se esconde entre sus costuras, lo olvidado y lo presente. Alta literatura que una vez asimilada convierte a Machen en uno de estos autores de cabecera. James es más accesible, y aparte del cuento que da título a la antología de Valdemar que recomiendo —Corazones perdidos: Cuentos completos de fantasmas— siempre me ha gustado mucho “El fresno”. Ambos autores beben del folklore británico y al situar —como solían hacerlo— sus historias en el campo les dan un aire arcaico, rural, nostálgico del viejo mundo preindustrial. James lo hace con un tono más desenfadado, quizás, a veces con algún toque de humor negro.

Otros clásicos a tener en cuenta

La casa y el cerebro. Un relato victoriano de fantasmas ha sido un descubrimiento reciente; Lovecraft, que en sus ensayos sobre el género era muy parco en halagos, lo considera uno de los mejores. Edward Bulwer-Lytton combina la moda del espiritismo y el mesmerismo con habilidad para construir una historia que parece bastante simple —arranca con el clásico escenario donde un individuo decide pasar la noche en una casa considerada encantada— y al final acaba resultando sorprendentemente compleja y original.


La casa en el confín de la tierra de William Hope Hodgson y La otra parte de Alfred Kubin son obras curiosas; el terror apunta hacia el surrealismo, el desconcierto, la desconexión con la realidad. William Hope Hodgson es muy conocido por sus relatos de horror en el mar, pero me parece que para potenciar la diversidad en la lista, prefiero recomendar esta novela suya que, además de ser su obra más singular, también es mi favorita. Influenció poderosamente a Lovecraft y en el nacimiento del horror cósmico. Es un libro desconcertante, como un sueño delirante que pagina a pagina va superándose a si mismo hasta un final perfecto; como con la obra de Bulwer-Lytton que comentaba antes, la premisa inicial parece bastante sencilla (un hombre se traslada a una casa aislada donde empieza a verse acosado por lo sobrenatural) pero aquí va escalando de un modo que no tiene parangón: el acoso de las criaturas bestiales, los viajes ¿mentales? del protagonista, la sensación de pavor al sentirse suspendido por un hilo sobre un abismo de negrura...Recientemente la novela ha sido adaptada al cómic con arte de Richard Corben.



La otra parte de Kubin es otra obra onírica aún más delirante, si es que esto es posible. Puede que sea una de las incorporaciones en esta lista potencialmente más polémicas y de las más desconocidas: sumamente meritoria sin embargo, pero no se puede definir fácilmente. Digamos que presenta la peculiar experiencia del narrador en un país nuevo surgido de la imaginación de un millonario artista henchido de mesianismo. Los simplemente excéntricos conviven allí con los rematadamente locos: algo en el lugar les transforma —o ellos transforman el lugar— hasta que éste parece una entidad viviente completamente demente. El lenguaje, todo el concepto, está revestido de una cualidad poética, de ensueño, que le da un aire de sueño o pesadilla que ninguna otra obra que haya leído se acerca a igualar.


La isla del Dr. Moreau puede sorprender en esta lista, pero siempre me ha parecido un libro escalofriante, a su modo. H. G. Wells fue tan visionario como Jules Verne, pero allí donde lo que previó Verne ya lo hemos vivido hace tiempo, las visiones de Wells quizás aún estén por llegar. La resolución de La guerra de los mundos nos habla de guerra biológica y terraformación. La de La maquina del tiempo antecede las primeras distopías de la ciencia ficción y sienta las bases para el subgénero del viaje temporal. En La isla del Dr. Moreau lo que vemos es una versión primitiva de la experimentación genética, otra representación muy gráfica del complejo de dios. Las criaturas torturadas física y espiritualmente que surgen del bisturí del Doctor, su casa del dolor... no son cosas que uno olvide fácilmente, y me parecen de las más perturbadoras que he leído. Para mi es el mejor libro de Wells.

La puntada final

Para terminar tenemos a Clark Ashton Smith y a Howard Phillips Lovecraft. La llamada de Cthulhu es una antología tan buena como casi cualquier otra. Todos los relatos de Lovecraft han sido publicados entre antologías temáticas, ediciones íntegras y demás, pero de todas ellas la que me parece más satisfactoria es la primera que leí, la de Acervo en dos tomos titulada Obras escogidas. Aquí se recopilan casi todos los mejores relatos del maestro de Providence, con lo que tenemos una antología más completa que muchas otras, pero se prescinde de los relatos “malos” o muy alejados de los mitos —como los de Herbert West, que por otra parte recomiendo aunque no sean lo que uno suele asociar a Lovecraft—. Dudo que pueda decir algo que no se sepa ya sobre por qué leer de Lovecraft, pero para tener una idea de por qué el terror es actualmente como es si solo hay que leer a dos autores, tienen que ser Lovecraft y Poe.


Smith es mi favorito de los tres mosqueteros de la Weird Tales: sus cuentos tiran mucho hacia la fantasía pero sin alejarse demasiado del terror. Desbordan exotismo sensual propio de las mil y una noches, y un tono decadente que se aprecia mucho más si uno lo contrasta con la mojigatería de HPL. Esta mezcla entre el escenario fantástico y el sobrecogimiento del terror es ideal y, curiosamente, menos común de lo que podría parecer; es quizás una vía muerta —por desgracia— muy vinculada al pulp, que solo siguieron unos pocos y durante poco tiempo, y de todos ellos el mejor siempre fue Smith. Se nota en su prosa que él se consideraba eminentemente poeta; consigue que lo macabro resulte bello. Y si os apetece y tenéis ocasión de encontrar alguna de sus poesías —“The hashish eater”, por ejemplo— veréis a qué me refiero: sus contemporáneos lo comparaban con Byron y Shelley, con lo que el que cayera en el olvido resulta aún más triste

Espero que os haya gustado la lista, y lo dicho; cualquier duda, sugerencia o queja, aquí estamos. Recordad que podéis consultar la lista completa en el siguiente enlace: Literatura de terror: Guía rápida para adentrarse en el género.

marzo 16, 2015y

18 de febrero de 2015

Reseña: 'Hiperbórea y otros mundos perdidos' de Clark Ashton Smith, fantasía de alto nivel

Habiendo editado las obras completas de Lovecraft y buena parte de la producción de Robert Howard, en el catálogo de Valdemar Gótica había un vacío obvio que no hace mucho se ha empezado a rellenar: faltaba el tercer grande de la Weird Tales, Clark Ashton Smith. El poeta olvidado, para mi gusto el mejor escritor de los tres.

Valdemar Gótica empezó editando su antología mejor valorada, Zothique, el último continente, que supone la más sublime de las creaciones de Smith. Este que tenemos entre manos, Hiperbórea y otros mundos perdidos es el segundo de sus tres grandes ciclos narrativos –es de esperar que el tercero, "Averoigne", situado en una comarca imaginaria de la Francia medieval, Valdemar lo publique pronto –cuanto más mejor, por favor–. Si Zothique nos llevaba a un continente decadente y crepuscular, en un futuro tan distante que cualquier referencia a nuestro presente había quedado borrada y olvidada por el paso de las eras –en el que Jack Vance se inspiraría, probablemente, para su obra maestra "La tierra moribunda" – en “Hiperbórea” el escenario es igualmente decadente y crepuscular, aunque situado en el extremo opuesto de la historia humana: en sus inicios, en la prehistoria.

Por aquel entonces, según el imaginario de Smith, el continente de Hiperbórea lo compartían los mortales con los dioses alienígenas y deformes y los semihumanos de costumbres aberrantes. Smith pinta Hiperbórea, esta especie de Atlántida antediluviana, como un paraíso de civilización floreciente, exuberante; una fantasía de reinos, príncipes, magos y ladrones, héroes y monstruos, sobre los que pende la amenaza del hielo que va acercándose lentamente desde el norte. Es el ocaso de una civilización anterior a la historia conocida que desaparecerá con el inicio de la era glacial. Incluso cuando Smith escribe fantasía picaresca, como lo es “Hiperbórea”, le da un toque de fatalidad: el humor de estas historias  –negro ya de por sí– se oscurece aún más cuando consideramos el modo en que en todo momento nos habla del destino, la muerte, el fin que se acerca. Todos estos reinos caerán, todos los héroes morirán, las joyas se perderán entre las ruinas devoradas por el hielo. Esto es patente relato tras relato: lo que en los primeros cuentos es un reino próspero y poderoso, en relatos posteriores ya es historia, leyenda: ya ha caído y empieza a olvidarse su misma existencia. De este modo poco a poco Hiperbórea desaparece bajo el hielo y solo ahora –tras una edición anterior de Edaf– reaparece en nuestras estanterías.


Como los relatos que componen el resto de ciclos de Smith, los de "Hiperbórea" se publicaron en la revista Weird Tales y solo fueron recopilados como antología mucho más tarde. El primero de ellos, "La historia de Satampra Zeiros" (1931) fue un éxito y como tal marcó el camino que Smith seguiría, visitando Hiperbórea varias veces más a lo largo de los años. La intención o motivación por la que Smith – igual que Lovecraft o Howard – escribían estos relatos es materia sobre la que intentaré indagar un poco más en un futuro artículo. De momento digamos que fuera cual fuera, no era una empresa planificada y ordenada. Los relatos que componen la antología no se escribieron ni se publicaron en orden cronológico: como "Zothique", fueron recopilados posteriormente, y fueron los antólogos de estas primeras ediciones quienes ordenaron los cuentos de estos ciclos basándose en las pistas que se pueden encontrar en cada uno de ellos.

Es por ello por lo que aunque "El relato de Satampra Zeiros" fue el primero de los cuentos ambientados en Hiperbórea en ser escrito, es "Los siete Geases" el que abre el volumen, siendo el primero cronológicamente. Y qué gran relato para abrir una antología fantástica. Ralibar Vooz, magistrado de Commorión –muchas veces oiremos hablar de este reino en los relatos posteriores– parte de cacería: busca las presas más exóticas lejos de la capital. Tras una serie de infortunios, acaba mezclado en un enredo con el primigenio Tsathoggua –creación de Smith que se acabaría incorporando al panteón de los mitos– y un viaje a las profundidades de la tierra donde va visitando niveles subterráneos a cada cual más delirante. Me gusta este tipo de fantasía: su estructura es simple –un aventurero atrapado en un viaje extraño donde debe seguir adelante sin ver un final claro– pero muy satisfactoria y de gran valor estético. El interés reside en las escenas y conceptos que el autor va presentando.


“Fantasía de reinos, príncipes, magos y ladrones, héroes y monstruos.”
En un primer momento, la ambición es el detonante de las aventuras –o desgracias– que vive el protagonista: es un tema que se repite a lo largo de estos relatos. En "El sino de Avoosl Wuthoqquan", Avoosl, el prestamista, le niega una dádiva a un mendigo, quien según otra antigua tradición acaba siendo algún tipo de mago o profeta que le augura un futuro oscuro. Cuando a Avoosl se le presenta lo que parece una oportunidad de oro para enriquecerse aún más, cae en la tentación y esta le lleva a la perdición. Exactamente lo mismo que sucede con "La historia de Satampra Zeiros". Aquí es un pícaro el que, llevado por la avaricia, perturba escenarios de antiguos dramas que debería haber dejado en paz, puesto que en ellos duermen estas criaturas que pueden yacer eternamente sin morir.

El personaje pícaro –sea un ladrón o un mercader oportunista, o un mago celoso de los talentos de un colega– es algo recurrente en "Hiperbórea" y en toda la prosa de Smith. Se diferencia aquí, y mucho, de las creaciones de Howard y, sobre todo, de las de Lovecraft. Ni rudos matones ni débiles intelectuales, los personajes de Smith son vividores que recurren al ingenio más que a la fuerza. Buen ejemplo de ello son el sacerdote Morghi y el mago Eibon que en "La puerta a Saturno" no dudan en lanzarse de cabeza por una puerta dimensional a éste planeta –que los dioses oscuros llaman Cykranosh–, donde protagonizan una especie de persecución cargada de divertidos malentendidos y situaciones completamente absurdas. O el propio Satampra Zeiros, que vuelve a protagonizar un relato: "El robo de los treinta y nueve cinturones", el cual cierra el ciclo de Hiperbórea. Satampra, ya anciano, recuerda uno de sus mejores momentos cuando con la antigua acólita Vixeela se propuso robar los cinturones de las treinta y nueve vírgenes consagradas al dios de la luna Leniqua en el templo de Uzuldaroum.

Otro relato remarcable es "El gusano blanco"; el hielo, que se acerca ominoso, esta vez no llega solo. Las escenas en las que el frío invaden el poblado me recuerdan un poco a la muy posterior "El sol de medianoche" de Ramsey Campbell, obra maestra de este autor. El pueblo queda arrasado y solo el hechicero Evagh sobrevive para verse convertido en esclavo de la entidad que vive en el hielo. Sus observaciones y resolución hacen de este cuento uno de los mejores del libro.


No pocos relatos conectan con el universo de los mitos de Cthulhu, que recordemos, en estos momentos aún estaba en estado embrionario. "Ubbo-Sathla" es un ejemplo: por la propia criatura que da nombre al relato, tan monstruosa y extravagante como el resto de primigenios, o por el modo como el protagonista, un hombre moderno, llega a enterarse de su existencia a través de un cristal hipnótico que le hace revivir sus encarnaciones pasadas hasta el mismo origen de la vida en la tierra. O Eibon, el mago que protagoniza "La puerta a Saturno", que no es otro que el autor del famoso "El libro de Eibon", uno de los grandes libros malditos del imaginario lovecraftiano.

Finalmente, Valdemar incluye –y es muy de agradecer, dado que de otro modo habrían quedado colgados al no encajar demasiado en ninguno de los tres grandes ciclos ni ser suficientes para formar uno propio– relatos pertenecientes a lo que se ha considerado el cuarto ciclo, menor que los otros, menos conocido; el de Xiccarph, con elementos que lo acercan más a la ciencia ficción que a la fantasía o el terror, y sin embargo, sin prescindir de ambos.

Recomiendo de estos relatos los dos últimos, "El laberinto de Maal Dweb" y "Las mujeres flor", por ser un despliegue impresionante de todo el talento de Smith y me hacen desear que se hubiera recreado más en este escenario.

En resumen, vale la pena reivindicar a Smith. De todos los muchos herederos de Lord Dunsany que vio la primera mitad del siglo XX, Smith fue quizás el más dotado. Sus obras no han llegado al estatus de culto del que gozan las de sus compañeros Howard y Lovecraft; quizás el que su vida no acabara en muerte trágica como la de ellos tiene algo que ver, quizás es simplemente mala suerte. Ahora que Valdemar parece interesada en rescatar sus relatos del olvido, ¿quien podrá negarse a dejarse llevar por su oscuro y decadente atractivo?

febrero 18, 2015y


 

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