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Mi espada, mi conjuro.
La puerta. Magia.
La mazmorra. Un troll.
Nos gusta la fantasía

"Sabe, oh príncipe, que entre los años en que los océanos anegaron Atlantis y las resplandecientes ciudades [...] hubo una edad no sonada en la que brillantes reinos ocuparon la tierra como el manto azul entre las estrellas."

LA

en la tinta

Mi espada, mi conjuro. La puerta, magia, Igni. La mazmorra,
un troll. El mundo. Nos gusta la fantasía.


- La fantasía es la poción mágica de la literatura -

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1 de julio de 2017

¿Por qué no una serie de televisión de ‘The League of Extraordinary Gentlemen’?

Los cómics de aventuras de Alan Moore y Kevin O'Neill gozan de una premisa atractiva y fácilmente adaptable al formato televisivo, pero las posibilidades de que los coja una productora son ya muy reducidas.



Con el más que probable traslado de Watchmen a la pequeña pantalla de la mano de Damon Lindelof y la HBO, no he tardado en preguntarme qué es lo que no han visto los productores y máximos creativos en esto de las series modernas en The League of Extraordinary Gentlemen como futura fuente narrativa en la televisión. La respuesta es bien simple, y si atendemos al modelo de hace algunas décadas de adaptar al formato televisivo muchas de las películas de éxito, más todavía. Watchmen parece el candidato perfecto, sobre todo teniendo en cuenta que la película que produjo Warner con la batuta de Zack Snyder hace ocho años fue un éxito de taquilla, algo que no puede decir la película de hace casi década y media que patrocinó la Fox basándose en la propuesta de aventuras de Alan Moore con arte de Kevin O'Neill. Si bien he de reconocer que como película de aventuras sin pretensiones a mí no me desagrada especialmente —El montaje es un infierno, eso sí—, es cierto que la cinta de la Liga toma únicamente la idea más primitiva del cómic y se aleja mucho de lo que ha escrito Moore —básicamente, en cuestión de personajes y profundidad argumental—, pero tampoco es que al autor le importara mucho lo que hiciesen con su vástago literario.


La idea de Lindelof de convertir en serie algo tan de moda como el concepto clásico de lo resplandeciente, lo estable y lo poderoso como el del grupo de superhéroes estilo Marvel entrado en decadencia —lo que podría dar pie a hablar de un estilo de distopía dentro de ese mismo concepto— es una de las mitades que ha llevado a que en un futuro sintonicemos Watchmen en nuestro canal. La otra mitad, podríamos pensar, se debe única y exclusivamente al talento de Alan Moore. Pero nada más lejos de la realidad: a día de hoy gran parte de la industria sigue estancada en la misma idea de convertir en serie una película de éxito para no correr riesgos más allá de lo estrictamente necesario, y mientras eso funcione cualquier cosa es posible porque se trata al fin y al cabo, y con mucha lógica, de empresas que miran las cifras en primer lugar. Por esa razón, el mago de Northampton aquí ni pincha ni corta —aunque sea el artífice de una obra maestra del noveno arte como es Watchmen—, porque pese a que The League of Extraordinary Gentlemen es también un gran ejemplo de decadencia heroica durante el transcurso de las épocas, el Watchmen de Snyder ha sido más rentable y ha cuajado mejor que el grupo de los hombres extraordinarios —aunque también se aferra a un concepto único y simplificador estéticamente más llamativo, como la película de la Fox—, quizá debido a la suerte de encontrarnos en una época diferente donde los señores y señoras con trajes de licra llaman más la atención y los personajes salidos de las páginas de una revista o un libro ya no tanto. La masa tiene menos dificultades en identificar al Búho Nocturno como un trasunto de Batman que reconocer al capitán Nemo de Veinte mil leguas de viaje submarino, al Orlando de Virginia Woolf, a John Carter o al investigador sobrenatural John Silence.  pese a que cuenta con grandes dosis de cultura más asequible como el señor M, el hombre invisible. Y con esto no digo que Watchmen no tenga grandes personajes, todo lo contrario, superan con creces a los de The League of Extraordinary Gentlemen, aunque ese no es el tema.


No obstante, no dejaré de pensar en una serie de televisión inspirada aunque sea ligeramente en The League of Extraordinary Gentlemen. Bien hecha, la serie sería un pepinazo, algo que no se puede decir de un Watchmen que ya conocemos pese a que hipotéticamente la serie estuviera mejor integrada en la Guerra Fría y gozase de una mejor profundización de personajes y ambiente —y aquí entran las capacidades creativas de aportar escenas no vistas en el cómic, como ha hecho Fremantle Media North America con American Gods, incluso adaptar material de las polémicas precuelas “Antes de Watchmen”—. The League of Extraordinary Gentlemen le veo unas posibilidades narrativas gargantuescas, hasta el punto de que incluso ciñéndose al germen original —tampoco hace falta adaptar literalmente cada cómic publicado— la variedad de personajes literarios y escenas salidas de clásicos de la literatura es enorme, más si se tira por el terreno del spin off. Y también es un grupo, con tecnología avanzada y cualidades especiales, muchas de las cuales son sobrenaturales —tienen hasta a su propio Hulk—. Lo más cerca que he estado de ver algo parecido a The League of Extraordinary Gentlemen en televisión ha sido Penny Dreadful, pese a que en mi opinión terminara con un coitus interruptus nada merecido —¿acaso no es Sir Malcolm Murray una especie de Alan Quatermain en el ocaso de su vida?—.

Es verdad, lo más seguro es que mi ilusión de ver una serie de televisión de The League of Extraordinary Gentlemen nunca se cumpla —o puede que la HBO se lo piense después de incrementar sus arcas con Watchmen—, pero por ahora me conformo con releer los cómics de vez en cuando y tratar de captar alguna referencia que hasta ahora se me había escapado. En fin, será que me llaman más los personajes literarios que los superheroicos.

julio 01, 2017y

13 de noviembre de 2016

¿Por qué Tad Williams es uno de los autores de fantasía peor tratados en España?

El consagrado autor de "Añoranzas y pesares", "Otherland" y "Shadowmarch" no ha tenido lo que se dice suerte en España, más bien parece estar gafado por un poder superior ajeno al más común de los mortales.


No parece que importe el que Robert Paul Williams —más popularmente conocido como Tad Williams— sea uno de esos autores que ha vendido millones de copias de sus libros en todo el mundo, ni que ostente el récord de haber escrito la novela de fantasía más voluminosa publicada en un único volumen —To Green Angel Tower, la conclusión de "Añoranzas y pesares", aunque años más tarde se dividiese en dos volúmenes y llamásemos tetralogía a lo que en principio era trilogía—. Nada de eso importa por una razón muy simple: Tad Williams tiene la negra. Pero que quede claro: solo en España.

La mala suerte y el destino trágico de los héroes nórdicos.

Podéis buscar sus obras en cualquier librería que piséis, pero os costará encontrarlas. Por lo menos algunas que estén actualmente en la colección activa del catálogo de las editoriales por las que han pasado —o aquellas cuyas continuaciones hayan sido publicadas—. Lo mejor es tirarse al monte e ir directamente a las librerías de segunda mano, allá donde se encuentran los tesoros listos para ser reclamados por los más oportunos.

Tad Williams, autor de "Añoranzas y pesares", todo un clásico de la fantasía por muchas y diversas razones —planteamiento, personajes, desarrollo del mundo, etcétera—, de la tetralogía "Otherland" y de unos cuantos libros más como La canción de Cazarrabo, está gafado.

Muchos dirán que las editoriales han perdido interés en él, que su estilo ha quedado desfasado según los estándares de la fantasía que se publica actualmente —si es que eso tiene lógica alguna—, o que "Añoranzas y pesares" es un acontecimiento del pasado —esto tiene aún menos lógica si cabe—.

El tema es que todas estas cuestiones están muy lejos de la realidad, y de por sí no deberían dejar satisfecho al lector habitual de fantasía porque no dan una perspectiva ni coherente ni realista del asunto. La explicación, sin embargo, está a un mero giro de rueda de ratón.

El olvido de “Añoranzas y pesares”


El que otrora fuese uno de los pilares fundamentales para iniciarse en la literatura fantástica antes de la nueva oleada de autores como Joe Abecrombie, Brandon Sanderson o Patrick Rothfuss —sin desmerecer su calidad, sino todo lo contrario—, ha ido diluyéndose en las mareas del tiempo y ya nadie lo recomienda, ni para adentrarse en el género ni tampoco para quedarse en él. El motivo de que a estas alturas la obra pase desapercibida entre los lectores de fantasía no es de los propios lectores, tampoco podríamos decir que la culpa se achaque al estilo del autor —heridas lecturas más graves he sufrido!", como diría el tipo aquel que pierde extremidades a ojos vista—, sino de la propia dejadez en general de la editorial española que la trajo al mundo.

Desde que empezó a publicarse en inglés a finales de los ochenta —y de ahí al boom de la fantasía de los noventa— AyP ha vendido millones de ejemplares en todo el mundoaún se sigue reeditando en inglés —como muchísimas otras sagas de hace dos décadas o más, mientras haya demanda e interés— y en otros países donde la literatura de fantasía hace tiempo que dejó de ser un tema tabú.

Timunmas, la editorial que ha ido variando sus propuestas editoriales según ha ido soplando la marea en las dos últimas décadas —antes Timun Mas—, ha ido retorciendo AyP para sus oscuros y perversos planes, es decir: relegarla al olvido.

Curiosamente (lo mismo pasa con "Otherland", ver la siguiente sección) el declive de este tipo de sagas en Timunmas —y/o Minotauro— coincide con la compra del grupo CEAC —del que formaba parte Timunmas— por parte de Planeta a mediados de la década pasada. Planeta, cuya experiencia por aquel entonces era nula en temas fantásticos. Planeta, que lo mismo te corta una saga que te corta un programa de la tele.

Claro que, por otra parte, no pone en ningún sitio que después de veinte años haya que seguir manteniendo una publicación en catálogo hasta el fin de los tiempos. Pero los pliegos divinos tampoco dicen que uno no deba hacer todo lo que esté en su mano para que un best seller no deje de vender, y de códigos y da Vincis sabemos un rato —sí, AyP es un best seller, o un long seller para muchos—. Hay libros del siglo XIX que siguen vendiendo ejemplares a mansalva, pero la pescadilla siempre se muerde la cola: ¿no se vende porque no interesa? ¿O nadie compra porque nadie reedita?


Ha habido tantas ediciones de AyP que es difícil llevar la cuenta: las primeras en tapa dura —conocidas en algunos círculos como "las buenas"—, las ediciones en bolsillo partidas por la mitad, las de tapa dura que imitaban las originales con sobrecubierta —pero que con un mal movimiento podías cargarte el libro aunque no tuvieras idea de Kung-fu—, otra más un poco menos coqueta de Círculo de Lectores y otra de kiosco con una letra minusculísima que puso a prueba los ojos de elfo sitha de cientos de lectores, por no hablar de que trajo una tara muy importante que cabreó a muchos—. Y aún así, seguro que de alguna me olvido.

Que la fantasía venda o no es irrelevante, porque AyP se merece más que eso: merece figurar entre las propuestas habituales de los que quieren leer fantasía. No hay motivos para lo contrario. Los hay a los que no les ha entusiasmado —nadie es perfecto, y por supuesto que me refiero a la obra—, pero a la mayoría sí le ha hecho tilín. No es una fantasía casual —por fortuna el género se ha popularizado y es fácil iniciarse en cualquiera de las que se publican actualmente, entonces era todo lo contrario—, sino que necesariamente tiene que venir recomendada. Luego hace falta que el primer volumen pueda caer o no en las manos del incauto.

Buscad, buscad, y no tardaréis en ver etiquetas de "segunda mano", "usado" e incluso "nuevo" si tenéis suerte —aún sin estar en catálogo—.

Ha vendido millones en inglés y otras lenguas, pero en español no se encuentra. Y si se encuentra es buscando a conciencia. Tuvo su momento, su apogeo y también caída, como todo.

¿Significa eso que ha muerto? Para nada, simplemente que el apadrinador ha decidido que ya estaba bien de guarecerla bajo el ala y le ha sugerido recorrer mundo y sin ayuda. La literatura nunca muere, porque mientras siga habiendo ejemplares impresos circulando existe la posibilidad de echarle el guante.

Eso sí, aparte de esta ola de positivismo inverso, hay que reconocer que durante muchos años Timunmas lo ha hecho bien con "Añoranzas y pesares" —salvo casos puntuales como dividir los libros en bolsillo para duplicar ganancias en oro—, sin la cual la saga permanecería inédita. Al César lo que es del César.

Ningún estudio de Hollywood se ha interesado todavía por AyP, pero si eso cambia la saga volvería a las estanterías por alguna puerta, grande o pequeña, pero no necesariamente en Timunmas.

La caída y resurgir de “Otherland”


Ah, el tema peliagudo por excelencia de la bibliografía de Tad Williams y una de las principales razones por las que los lectores perdieron la confianza en la editorial del punto rojo —maldición que hoy en día sigue arrastrando—. Si te cuentas entre los lectores que en los últimos diez años se han sumado a las filas de los que leen fantasía posiblemente no recuerdes —quizá te lo han contado— las peleas y diatribas contra Timunmas en sus ya extintos foros —época de Sysop en adelante—, así como en otros lugares de la red.

El motivo de la pelea era bien sencillo: "Otherland", la saga de ciencia ficción escrita por Tad Williams a finales de los noventa y ambientada cerca de la mitad del siglo XXI, podría quedarse sin su cuarta entrega en español, lo cual daría pie a una saga que sin ninguna razón aparente se quedaría inconclusa —y digo aparente porque el motivo económico no era el caso—.

Era cuando se llevaba eso de publicar trilogías y nos querían dar gato por liebre quitando el último volumen de una tetralogía —enfermedad que no se ha erradicado totalmente y aún quedan ejemplos editoriales actuales, pero mejor ciñámonos al tema—. Era cuando internet todavía no era tan popular y nadie tenía un smartphone o teléfono sabelotodo —esto parece prehistoria y no hace tanto—, pero había lectores muy informados que estaban al tanto de lo que se cocía ahí fuera.

La hazaña de "Otherland" estuvo al mismo nivel que la de "Los proscritos y los desterrados" —otra saga que se "inconcluyó", verbo fraguado a fuego lento y patentado por Timunmas—, solo que "Otherland" sí que llegó a publicarse, pero no directamente en el catálogo de Timunmas, sino en el de Círculo de Lectores —aka, "acabasagas"—. La conclusión de "Otherland", más concretamente Mar de luz plateada, finalmente llegó por mediación de Timunmas para alivio de los lectores que no podían leer en inglés y querían saber como acababa la historia.

Y como digo más arriba, la cancelación de "Otherland" estuvo muy próxima a la compra de Timunmas/Grupo CEAC por parte de Planeta. Vamos, que el motivo económico gracias al cual la editorial podía irse por peteneras no era creíble en absoluto.

Lo malo es que hoy en día "Otherland" tampoco está en catálogo —por lo menos sí publicada— y hace falta buscar en librerías de viejo. Como anécdota vale su peso en oro, y el epíteto de que España tiene fama de ser un país donde se cancelan sagas de fantasía y ciencia ficción es bien merecido.

La esperanza de “Shadowmarch”


Entonces, después de muchos años de sequía "tadwilliana", llegó Alamut con una propuesta fantástica bastante interesante: publicar la tetralogía "Shadowmarch" —curiosamente la misma cantidad de libros en que se había convertido "Añoranzas y pesares". La saga, también de fantasía épica como "Añoranzas y pesares", empezó a publicarse en inglés en 2004, con solo tres años de diferencia respecto al final de "Otherland". La saga cuenta con un estilo que los familiarizados con "Añoranzas y pesares" supieron apreciar —u odiar—, por no hablar de que comparte determinados temas que sin duda el editor de Alamut supo ver, ya que podría interesar a los lectores de aquella saga que tan bien había calado entre los más acérrimos seguidores del género.

Parece que hablamos de que esto pasó hace mucho tiempo, pero la realidad es que Shadowmarch: La frontera de la sombras se publicó en 2012 —casi una década después de que saliese en inglés—, a la vuelta de la esquina como quien dice.

Pero bien porque se trataba de Tad Williams y este ya no se recomendaba en los colegios de la fantasía, la cuestión es que la primera entrega de "Shadowmarch" no tuvo el éxito esperado. Tanto es así que el editor de Alamut se hubiera visto obligado a cancelar la serie al poco de empezar, de no ser por su iniciativa de publicar las entregas restantes mediante una campaña de suscripción, crowdfunding o mecenazgo, según quiera llamarla cada uno. Los lectores interesados en que se siguiera publicando el resto de libros pagarían por adelantado los volúmenes, y de esa forma la editorial no correría riesgos —la estrategia, recordemos, ya funcionó correctamente con la pentalogía "Las monarquías de dios" de Paul Kearney—.

Este gesto ha hecho que la negra trayectoria de Williams en España tenga por lo menos tonos grisáceos, sin duda lo más positivo que podemos encontrar en este artículo de opinión.

Los volúmenes de "Shadowmarch" aún se encuentran en las librerías porque siguen en catálogo —de forma discreta—, pero si antes de eso —y aún hoy— ciertas editoriales hubieran pensado en ofrecer un sistema de suscripción como este en lugar de cancelar sagas y cosechar disgustos el mundo sería mejor.

El asesinato de Bobby Dollar


Hasta ahora nos hemos dado un paseo por la situación editorial de "Añoranzas y pesares", "Otherland" y "Shadowmarch", pero aún quedan espinas en el campo. En concreto, hay una espina, ESPINAZA, que recibe el nombre de RBA.

El ángel Bobby Dollar, una de las creaciones más interesantes que sin duda ha dado la pluma de Tad Williams, encontró la horma de su zapato en la colección de fantasía y ciencia ficción que RBA empezó en 2013. Hay que reconocer que se trataba de una iniciativa bastante potente con títulos muy llamativos, y con autores que el aficionado al fantástico conocía muy bien, nombres como Guy Gavriel Kay, Ursula K. Le Guin, Jim Butcher, J. G. Ballard o Christopher Priest, además de presentar otros nuevos como Lavie Tidhar, Daniel Abraham o Karen Lord.

Entre esos apelativos tan sonados estaba Tad Williams, cuya novela Las sucias calles del cielo llegó al poco de que Alamut nos brindara "Shadowmarch", y era (es) una novela a caballo entre la fantasía urbana y la novela negra que puede leerse de manera independiente. Pero el autor ha escrito dos secuelas más y una novela corta, y los lectores españoles querían más. Unas secuelas que RBA optó por no publicar porque a apenas dos años de iniciar su colección de literatura fantástica ésta dio un giro relativamente inesperado: "echamos la persiana".

Quizá debido a su excesivo ímpetu —de dos a tres novedades al mes—, unido a un precio algo elevado para tratarse de libros en rústica, hizo que esa potencia inicial de RBA se fuera desinflando poco a poco hasta la rotura de una colección que podría haber sido mítica —aparte, el cambio de editora no le hizo ningún bien, y quien sabe si la colección no tenía ya una duración establecida de antemano—. El destino de algunas sagas como "Codex Alera", "The Mongoliad", "La daga y la moneda" y "Bobby Dollar" quedó de pronto muy claro.

Ahora mismo no se sabe con exactitud si RBA terminará publicando más novelas de Bobby Dollar, pero el no ya se tiene a pesar de que con cada año que pasa las posibilidades se reducen aún más.

Por lo menos la colección RBA no ha quedado relegada al ostracismo más brutal —que es lo que suele ocurrir cuando se cierran colecciones o quiebran editoriales—, ya que los libros de la colección se pueden adquirir directamente en digital, y aunque cada vez habrá menos copias de las ediciones físicas porque no se reeditan, quedan unos cuantos ejemplares por las librerías —varios de ellos de saldo, cuidado—.

Podemos imaginar la respuesta de Tad Williams después de que su agente le diga que en España se vuelve a cancelar una de sus sagas: "¡Vamos, hombre!".

Los dragones de granja y un gato peculiar


Sí, de nuevo Timunmas, quien no contenta con arrastrar la lápida de "Otherland" añadió a su epitafio la cancelación de la saga que empieza con Dragones de granja. La saga de fantasía juvenil de Tad Williams escrita en colaboración con su esposa Deborah Beale ni cuajó entre los lectores españoles de Tad Williams ni entre los lectores juveniles —posiblemente a quien más iba dirigida—, seguramente por una deficiente campaña publicitaria que dio como resultado unas ventas escasas —o puede que no llegaran al listón que marca Planeta en estos casos, pese a venir recomendada por Terry Brooks y Christopher Paolini—. En inglés ha obtenido unas ventas muy decentes y ha llegado a otros países como Alemania o Francia —países donde Tad Williams gusta mucho—. La segunda parte, The Secrets of Ordinary Farm, hace tiempo que salió, y la pareja se encuentra trabajando en la tercera, a sabiendas de que a España ni agua.

Dragones de granja, cuando llegó a las librerías hace seis años, tenía algo raro, un no-sé-qué del estilo "esto tiene pinta de saldo". Seguramente Timunmas quería seguir sacando cosas de Tad Williams, pero en vez de rescatar al mismo tiempo "Añoranzas y pesares" —tras darle matarile sacando la saga en colección de kiosco, para lo que hubiera sido necesario un clérigo de nivel alto— decidió publicar un título menor de la bibliografía del autor para probar suerte, y el experimento les salió rana. Rana con pelo.


El que no salió tan mal en su momento, aunque tampoco se encuentra ya en librerías, fue La canción de Cazarrabo, uno de esos títulos que los lectores de fantasía más veteranos recuerdan con cariño y que en 2018 tendrá adaptación cinematográfica en forma de película de animación —¿habrá reedición el año que viene?—.

Timunmas publicó la novela en 1992 y la última edición conocida fue la de Círculo de Lectores en 2001, aunque está más que perdida desde entonces. La canción de Cazarrabo fue la novela con la que Tad Williams se presentó al mundo en 1985, con una historia protagonizada por un gato llamado Fritti Cazarrabo en un mundo gatuno que no está exento de los elementos que caracterizan a la fantasía épica.

Es además uno de los mejores exponentes actuales de la literatura protagonizada por animales, pero necesita una reedición en condiciones.

El incierto futuro de Osten Ard

¿Y ahora qué? Con casi todas las obras de Tad Williams fuera de combate, y pese a que hay otros muchos autores de fantasía que también han visto cancelados sus trabajos en España, Tad Williams se lleva la palma como el autor que más sagas han cancelado o defenestrado —no en el sentido literal, aunque cada uno hace lo que quiere con su tiempo libre y sus libros—. Puede que haya una leve esperanza en el horizonte: la nueva trilogía de fantasía épica ambientada en Osten Ard, el universo de "Añoranzas y pesares", la cual seguro será un pelotazo en cuanto DAW la publique en inglés en abril de 2017.

No sabemos si Timunmas o Minotauro estarán por la labor de recuperar a Tad Williams, porque publicar The Witchwood Crown —ese es el título definitivo del primer libro de "The Last King of Osten Ard", aunque antes vendrá The Heart of What Was Lost— significa que para darle continuidad hay que sacar otra vez "Añoranzas y pesares", y se le ha dado matarile mandándola a los kioscos —que sería lo mismo que enviar a alguien al Muro—, como ya hemos visto antes.

Es cierto, The Witchwood Crown tiene la suerte de que se podrá leer independientemente a "Añoranzas y pesares", y los lectores que no conozcan a Tad Williams podrán leerla sin conocer los hechos anteriores. Aunque, para qué nos vamos a engañar, se disfrutará mucho más habiendo masticado el origen.

Queda en el aire lo de The Witchwood Crown, de si alguna editorial española como Alamut, Ediciones B (con el sello Nova), Oz Editorial —por aquello de que han rescatado la Shannara de Terry Brooks, hace años también en manos de Timunmas— o Fantascy se animarán con la nueva saga de Williams. Pero que sepan que para que la hazaña sea doble hay que sacar antes "Añoranzas y pesares", o por lo menos en paralelo a Witchwood.

Hay otros trabajos de Williams aún sin publicar, como ensayos y un buen puñado de relatos, pero de esos ya no se abrigan esperanzas.

Y sí, Tad Williams tiene la negra.

noviembre 13, 2016y

7 de septiembre de 2016

Warhammer: el Fin de los Tiempos, el fin de Warhammer

Pese a que el mundo de fantasía de Warhammer había ido cogiendo sustancia con el paso de los años, Games Workshop decidió derribarlo a hachazos y convertirlo en un desastre de proporciones épicas.



La novena era —o era de Sigmar— es, lisa y llanamente, un desastre universalmente reconocido. El propósito de este artículo es repasar el por qué de este desastre en lo relativo al trasfondo y a las miniaturas. Como coleccionista de las mismas y devoto del background en que se desarrolla el juego es de lo que puedo hablar, aunque me consta que la mayor parte de jugadores veteranos no están satisfechos con las reglas, en especial, con sus peculiaridades coloristas que restan estrategia y suman pantomima. Ahora, cuando ya ha pasado bastante de la campaña del Fin de los Tiempos y nos hemos adentrado ya lo bastante en la novena era como para juzgarla, es un buen momento para sentarnos y repasar los hechos.

El trasfondo previo no era original, estaba muy, muy lejos de serlo. Consistía en un pastiche entre mitologías varias y generosos préstamos de la literatura fantástica clásica, desde Tolkien a Moorcock. Pero como pastiche funcionaba. Estaba mas o menos bien cohesionado y uno podía llegar a aceptar la existencia de reinos de naturaleza y tecnología feudal al lado de imperios ambientados en una versión fantástica del siglo XVII. El anacronismo que uno constituía para el otro se podía pasar por alto. Con el paso del tiempo, el mundo de Warhammer había ido adquiriendo carácter, criando un plantel de personalidades bien conocidas por los jugadores (y lectores de la Black Library) y definiendo un universo rico en razas, saberes mágicos, localizaciones más o menos exóticas y criaturas monstruosas. Tenía sus grandes villanos —Nagash, Archaón— y sus grandes héroes —Tyrion y Teclis, Sigmar y Aenarion— para la épica y sus pícaros —Gotrek y Félix— para la espada y brujería. No sé si se puede decir que funcionaba o sí tenía aún historias que contar.


Pero entonces llegó el Fin de los Tiempos. Games Workshop llevaba años hablando del terrible, ominoso poder del Caos que acechaba en el norte del globo: del trágico destino que esperaba a los Reinos del Hombre y sus aliados. Y no le creímos. Teníamos buenos motivos. Habíamos presenciado el ridículo estrepitoso de la campaña de la Tormenta del Caos de hace unos años, en la que la gran invasión caótica liderada por Archaón había sido rechazada de la forma más patética posible sin mayor consecuencia (¿recordáis a cierto Kaudillo Orco y el cabezazo que le pegó al Señor del Fin de los Tiempos?). El momento había llegado y se había ido y nada sustancial había cambiado. Había prevalecido el natural deseo de la empresa de mantener un status quo que funcionaba, evitando sacrificarlo a las necesidades trasfondísticas que podrían haber pedido otra cosa.

"Games Workshop llevaba años hablando del terrible, ominoso poder del Caos"
Y de pronto, el año pasado GW nos sorprendió con una nueva campaña del fin del mundo. La anterior nunca había tenido lugar, había sido borrada de la continuidad. Y esta vez GW puso toda la carne en el asador, porque la empresa había cambiado, había decidido optar por otro curso de acción para reflotar la línea de Warhammer Fantasy. Empezó el Fin de los Tiempos.

En Ulthuan, la isla de los Altos Elfos, se urdió una trama cuya consecución traería la resurrección del creador de la nigromancia, el mismísmo Nagash. Y en el proceso, antiguas mentiras quedaron desnudas ante los ojos de los Asur. Ya no se podía negar el derecho al trono de Malekith, el hijo legítimo del primer Rey Fénix, y pronto la nación entera se sumiría en la guerra civil. En el Viejo Mundo, entretanto, los enanos se estaban enfrentando a hordas de skaven y pieles verdes como no se habían visto nunca antes, y un Nagash resucitado se dirigía al sur para reclamar Nehekhara, su tierra de nacimiento, y usurpar el lugar de Morr, el dios de la muerte. Así, convertido al fin en un verdadero dios, podría desafiar en condición de igualdad a los cuatro grandes dioses del caos y evitar la segura destrucción del mundo. A este gámbito había apostado Teclis, ayudando al primero de los nigromantes aún cuando implicara traicionar a su hermano. Y es que Teclis sabía del avance de Archaón; sus tropas de choque, lideradas por tres hermanos bendecidos por el dios de la plaga Nurgle, habían desembarcado en el viejo mundo arrasando con todo a su paso: Marienburgo, Talabheim, borradas del mapa. En el norte, el grueso de las tropas del elegido se preparaba para golpear, y hacerlo con una fuerza imparable.


La guerra prosiguió y el azar hizo extraños aliados: algunos de los señores de la no-muerte, tan desesperados como los mortales para detener el avance del caos, brindaron a estos grimorios necrománticos de los que obtener la magia necesaria para erigir barreras que detuvieran al mal. El mayor hechicero del Imperio se convirtió así en nigromante. En el lejano oeste, las junglas de Lustria no quedaron al margen de la guerra global: los Skaven, que se habían aliado con el caos y ya habían destruido los reinos de Estalia y Tilea, estaban asaltando las ciudades templo de los Slann en tales cantidades que ni los hechiceros más poderosos del mundo podían rechazarles. Y así, en un último asalto titánico, los hombres rata volaron la luna de Morrslieb y los Slann se sacrificaron deteniendo con su hechicería los meteoros verdes que habrían arrasado la tierra, muriendo en el proceso.

"No es original, es literalmente la cosmología de la mitología escandinava"
Las piezas seguían moviéndose en el tablero de las formas más barrocas mientras el conflicto progresaba. Cargado con una inesperada maldición, Nagash no pudo culminar su plan y acabó convertido en algo poderoso si bien no divino como pretendía. Cuando en Ulthuan Teclis decidió que era el momento de jugarlo todo a una carta, deshizo el hechizo que mantenía el vórtice creado eones atrás por Caledor Domadragones y desató la magia libremente por el mundo. Los ocho vientos arcanos los apresó y ató a ocho mortales, elevándolos así al status de semidioses y paladines para luchar contra el caos. Y fueron estos ocho paladines, y todas las fuerzas que pudieron reunir, los que se enfrentaron en el último asalto a Archaón. Tyrion y Karl Franz, Caradryan y Alarielle, Malekith, Grimgor, Balthazar Geltz y Nagash, unidos contra el Elegido. Viejas rivalidades dejadas de lado para enfrentarse a un mal mayor. Quizás habrían triunfado. Quizás. Pero un vampiro corroído por el odio, seducido por el caos, apuñaló a uno de los elegidos. Y el resto colapsó. Y no quedó nada en el mundo capaz de detener a Archaón. Y así, Archaón cumplió al fin su destino y escribió "The End" en las crónicas de Warhammer.

El mes siguiente GW desveló la incógnita: ¿qué pasaría ahora? La respuesta: la novena era, la Era de Sigmar. Sí, Archaón había destruido el mundo, pero algo había sobrevivido. Sigmar y varios de los semidioses que encarnaron a los ocho vientos. Entre el fin del mundo y el nacimiento de algo nuevo pasaron eras, y más eras aún entre la formación de los nuevos mundos (en plural) y la actualidad. En todo este tiempo, los semidioses, liderados por Sigmar, reconstruyeron la civilización y mantuvieron el caos a raya; en todo este tiempo, lo perdieron todo y la alianza se dispersó. En el inicio de la era de Sigmar nos encontramos en uno de los mundos. Descubrimos que estos nuevos planetas fueron creados asociando cada uno a uno de los ocho saberes mágicos. Así, aquel en el que reina Sigmar como dios viviente es el vinculado al viento del saber celestial; y el que pertenece al saber morado, el de la muerte, es el reino de Nagash. El de las sombras es terreno de Malekith, y el de la vida es de Alarielle. El resto está poco claro.


El viaje entre mundos era posible por medio de puertas, pero ahora esta posibilidad ya no existe porque el caos se ha infiltrado en los mundos y corrompido las puertas. La intención de Sigmar es recuperar aquella alianza que funcionó tan bien en los inicios de esta nueva realidad, y para ello ha forjado a una especie de Sigmarines: armaduras vivientes imbuidas de la esencia, el espíritu de antiguos guerreros caídos en combate. Los ejércitos, de este modo, son innumerables e inagotables: si caen en batalla, los guerreros pueden ser reforjados. Y este es el punto de partida, el inicio de la Era de Sigmar, que se irá desarrollando y añadiendo contenido a medida que nuevos mundos sean reconquistados.

"La mecánica, la exploración y liberación de mundos enteros es simplemente Warhammer 40K"
¿Por qué es esto un desastre? Puede parecer original, podría hasta considerarse una transformación valiente por parte de GW. Pero nada de eso. No es original, es literalmente la cosmología de la mitología escandinava, con los nueve mundos distribuidos entre las ramas del Yggdrasil. No es valiente, es conveniente. Ahora GW dispone de la excusa perfecta para renombrar sus criaturas y reforzar sus derechos de copyright. Sus gigantes ya no se llaman así, ahora son gargantes. Sus enanos ya no pueden confundirse con los de El Señor de los Anillos: ahora todos parecen Matadores, ya que es un estilo que sí es propio de GW. No es original: la mecánica, la exploración y liberación de mundos enteros es simplemente Warhammer 40.000. Incluso la estética de las figuras se ha adaptado para parecerse a la de W40K.

Y es que, fuera de España, el 40K triunfa muchísimo más que el Fantasy. Mirad la miniatura de uno de estos nuevos soldados de Sigmar, comparadla con un Gran Espadero Imperial del antiguo Warhammer, y después comparadla con un Marine del 40K, y llorad. No es valiente: es un burdo intento —burdo por la torpeza con que se ha construido— de moldear una realidad de cero para justificar la necesidad de comprar ejércitos nuevos, nuevas miniaturas, nueva escenografía. Y por encima de todo planea la más pura pereza: ya no hace falta justificar nada. Razas con distintos credos, distintos niveles tecnológicos, distintas formas de ver el mundo pueden coexistir en una misma realidad gracias a ocupar cada una su propio mundo separado. Como los soldados de Sigmar se pueden forjar una y otra vez, no hay que temer escasez de tropas. Desde un punto de vista práctico, esto significa mantener un mundo de fantasía sin hacer ningún esfuerzo para hacerlo realista. Cada contradicción, cada fricción queda eliminada simplemente aislándola.


El trasfondo, simplemente, no tiene gracia alguna, y lo que es peor, si la tuviera, tampoco nos enteraríamos porque los libros de ejército son pobres en trasfondo y pobres en narración, tan mal escritos que para un lector avezado leerlos es un reto mayor que enfrentarse al rival en el campo de batalla. La novena era es, en resumen, como la Quinta Era de Dragonlance o la cuarta edición de Reinos Olvidados: no hay por donde cogerla. Pero siendo mucho más radical en sus cambios que las de las franquicias de D&D, no parece que vaya a haber vuelta atrás.

Y desearía que hubiera vuelta atrás. Es este deseo contradictorio del amante del trasfondo que pedía verdaderos cambios y progreso en la historia, y que reconoce que la campaña del Fin de los Tiempos fue interesante y sí, apocalíptica. Demasiado apocalíptica. Y ahora añora los tiempos en los que el Caos era una amenaza sin forma concreta, indeterminada, lejos en el norte. Los viejos buenos tiempos del Imperio y Bretonia, de Ulthuan y Naggaroth. Este universo de Warhammer no es el que he conocido: las suyas no son las miniaturas que he disfrutado pintar. No es el mismo estilo. No es mi estilo, no sé de quién es. Quizás no lo sabe ni la propia GW, que lleva tiempo a la deriva hinchando sin parar los precios de las miniaturas y los libros a la vez que recorta en su calidad. ¿Hay alguien que realmente considere que el Finecast es mejor que el metal? Para los nostálgicos siempre quedarán las viejas novelas de Gotrek y Félix, el hojear los libros de ejército. Para los que quieran mirar adelante está la novena era. No para mi, he terminado con Warhammer.

IMÁGENES: Todo el arte de este artículo pertenece a Games Workshop.

septiembre 07, 2016y

7 de febrero de 2016

¿'Harry Potter and the Cursed Child' se publicará en papel?


La edición impresa de la obra de teatro parece muy probable.


Harry Potter and the Cursed Child, la obra de teatro dividida en dos partes que se estrena en el West End de Londres el próximo verano, se considera parte del actual canon de Harry Potter así como la continuación oficial de los libros del niño mago escrita por Jack Thorne y John Tiffany con la colaboración de J. K. Rowling, y con Jamie Parker en el papel de Harry Potter, Noma Dumezweni en el de Hermione Granger y Paul Thornley en el de Ron Weasley.

Después de las muchas expectativas que los fans del universo mágico de Rowling han depositado en la representación teatral y tras cierta polémica (incomprensible por otra parte) desatada por la elección de una mujer de raza negra para el papel de Hermione, ahora sólo queda saber si Harry Potter and the Cursed Child se publicará en papel (y esperar al estreno y las numerosas críticas en la prensa, claro).

De momento no hay nada confirmado, pero la página de fans The Rowling Library apunta a que podría haber dos editoriales en plena guerra mágica cuyo premio serían los derechos de la susodicha obra en papel. Es tan sólo un rumor (si acierta bien, si no también), y tampoco indican datos de ningún tipo, pero sería una realidad muy posible ya que es frecuente que este tipo de obras teatrales terminen dando el salto al papel, sobre todo teniendo en cuenta que no todos los fans de Harry Potter podrán asistir al teatro el próximo mes de junio en la capital de la pérfida Albión.

La razón de que todavía no sepamos nada de Harry Potter and the Cursed Child en papel podría obedecer a que quieren dar máxima prioridad a la obra de teatro y la versión en celulosa no se anuncie hasta pasado el estreno o incluso unas semanas o un mes antes. En caso de que se publique de forma paralela a la obra o inmediatamente después de esta evitará posibles spoilers de los que la hayan visto en el teatro, y dad por hecho que internet será un hervidero de spoilers de todo lo que acontezca en la obra.


Harry Potter and the Cursed Child transcurre diecinueve años después de los acontecimientos de Harry Potter y las Reliquias de la Muerte y tratará sobre [SPOILER ALERT] Harry Potter y su hijo Albus Potter.

Sabiendo que es canon y que habrá, literalmente, millones de lectores que quieran conocer todos los vericuetos de la nueva historia del universo mágico que no podrán ver la obra (entre los que me incluyo), ¿de verdad que no se publicará en papel? ¿Perder ventas millonarias? ¿Y si hicieran una novelización de la obra y Rowling la estuviera escribiendo en secreto? ¿Y si Warner Bros. se hiciese con los derechos de la película? (Esas dos son sólo teorías mías, así que cogedlas con buenas pinzas).

En cualquier caso, este año tenemos un retorno del universo mágico de Rowling por todo lo alto: no sólo hay una obra de teatro pendiente de estreno, sin olvidar que hace unos meses reformaron Pottermore, sino que a finales de año podremos ir al cine a ver Animales fantásticos y dónde encontrarlos, con la aparición estelar de Eddie Redmayne en el papel del mago Newt Scamander.

¿Y vosotros, recibiríais con los brazos abiertos una edición en papel de Harry Potter and the Cursed Child?

Imágenes: Adam Brockbank

febrero 07, 2016y

28 de enero de 2016

Malaz, el mito rumbo al olvido


A principios de mes se hacía oficial algo que muchos nos temíamos, en vista de la falta de noticias y actualizaciones y la nula presencia en las redes sociales, La Factoría de Ideas entraba en concurso de acreedores. Estamos ya en la recta final de la cuesta de enero y el asunto sigue sin esclarecerse. ¿Qué (o quién) ha llevado a una editorial puntera en su sector a esta situación? ¿Cómo ha pasado La Factoría de Ideas de tener uno de los catálogos más atractivos del mundo de la literatura de género en España a publicar obras —como poco— marginales? ¿Cómo fracasa alguien que es o fue referente en las publicaciones de rol y que cuenta con dos series literarias tan emblemáticas como las de Harry Dresden y Malaz? Y que ha publicado a Banks, Hamilton, Barker, Niven o Campbell.
Seguramente podemos dar respuesta a algunas de estas preguntas, y entre ellas no está la piratería, clásico chivo expiatorio a la mínima que el mundo de la cultura registra pérdidas reales o imaginadas. No, podemos pensar en saldos descontrolados, mala política comunicativa/publicitaria, traducciones deficientes y, quizás, un intento de abarcar demasiado sin la capacidad para exprimir nada a fondo.

Sea como fuere —y termine como termine,  esperemos que de la mejor manera posible para la empresa y sus trabajadores— lo cierto es que como lectores ávidos no podemos evitar preocuparnos por nuestras series favoritas (tampoco deberíamos intentarlo). Es cierto, hay muchas otras sagas por leer y muchos autores a descubrir, pero una cosa no quita la otra. De todas las obras que quedan en el limbo la más importante —por número de seguidores, fama mundial  y calidad, en opinión de este redactor— es sin duda la saga de Malaz. Y uso el término "Malaz" de forma genérica, entendiendo tanto las dos sagas que LFdI estaba editando ("Malaz: El libro de los caídos", serie principal, y "Malaz: El Imperio") como las que aún siguen inéditas.

Malaz no es una saga más, una obra cualquiera, no es —con todos los respetos para sus seguidores— un "Las crónicas de Shannara" o "La Espada de la Verdad". La de Malaz no es una historia de fantasía más del montón, fabricada en unos moldes archiconocidos y escrita en un tono ligero y simplista. Malaz es compleja de un modo que, creo, no tiene igual en la literatura de género, o no lo tiene si no retrocedemos hasta Tolkien y su Tierra Media.

Joe Abercrombie o George R. R. Martin rompen el tono de ingenuidad y relativo simplismo (maniqueísmo, héroes arquetípicos) que reinaba en la fantasía desde Tolkien. Escriben fantasía oscura, y la fantasía oscura conquista lectores por doquier. Sus libros son sumamente realistas, sus personajes complejos y sus tramas complicadas. No escatiman en sexo, sangre y sudor, y la base de su creación es una Europa medieval que retratan con la crudeza que tal período requiere. Esta es su forma de escribir fantasía de una nueva era.

Erikson y Esslemont reman en otra dirección, ambas válidas, ambas sorprendentes, ambas refrescantes en un contexto que se estancó muchísimo durante los noventa. Esslemont y Erikson reman hacia una fantasía que, si bien como la de Martin o Abercrombie es cruda cuando toca, además es desbordante, exuberante. Malaz no tiene ninguna clase de comedimiento. De un modo similar a como Martin descabeza a un personaje tras otro sin pudor, Erikson sobrepasa una y otra vez los límites de lo que la prudencia parece sugerir. En cierto momento se estableció que en la fantasía épica la magia debía estar en remisión o, en cualquier caso, debía ser discreta y con un aire realista. Erikson se burla de este cliché. En Malaz parece que siete de cada diez personajes posee algún grado de capacidad hechicera. Y de estos siete, cinco son capaces de prodigios que dejan en ridículo los mejores esfuerzos de Merlín, Gandalf, Raistlin o Belgarion. Y de los cinco, dos poseen un poder capaz de dar forma a continentes enteros. Y de estos dos, quizás uno es un asesino de dioses. Malaz desborda magia (estructurada por cierto de un modo original e interesante) y donde hay tanta magia hay exotismo, variedad y una pirotecnia espectacular.

En algún momento se decidió también que —como hacen Martin o Abercrombie— el marco apropiado para la fantasía era el medievo europeo, algo que desde Tolkien todo el mundo ha respetado salvo contadísimas excepciones. En Malaz apenas se puede reconocer este referente: Esslemont y Erikson, antropólogos, mezclan en sus libros tal cantidad de culturas e influencias que llegados a cierto punto de la historia uno simplemente renuncia a intentar reconocer de donde surge la inspiración para tal o cual ciudad o paisaje.


En este mismo momento que decíamos, hace tiempo, se estableció un sistema de "razas fantásticas" que, quien más quien menos, también se ha respetado en la literatura de fantasía. Tad Williams usa elfos y enanos (aunque no les llame así) en sus celebradas sagas de "Shadowmarch" y "Añoranzas y pesares", y en todas las sagas relacionadas con Dungeons & Dragons son omnipresentes. En Malaz no las hay, aunque sí se puede encontrar paralelismo entre los Tiste y los elfos, pero es el único que se puede establecer. Los Forkrul Assail, los Jaghut, Imass, K'chain Che'Malle o Thel Akai son otra cosa.

En resumen, en este momento en que se asentaron las bases de lo que debe ser la fantasía también se optó por un comedimiento en la épica que se puede resumir como un intentar ser o parecer realista. En "Canción de hielo y fuego" el Muro es una construcción enorme, de una escala inhumana, pero la defiende una guarnición menguante y muy, muy humana. Hay asedios y grandes batallas pero —de momento por lo menos— se atienen a este marco de "lo posible". Podemos coger cualquiera de estas batallas, trasladarlas en el pasado de nuestro mundo y podrían encajar. No es así en Malaz, donde todo es grandilocuente, exagerado, grandioso. Si hay que luchar, se lucha de forma casi barroca: magia y más magia, magos de combate, razas mágicas, demonios invocados. Si hay que plantear un conflicto, nada de limitarse a una amenaza: proyectemos varias, simultáneas, aterradoras. Si escribimos una novela coral, con multitud de puntos de vista... olvidémonos de la media docena larga que se puede encontrar en obras actuales. En Malaz tenemos literalmente decenas de personajes a lo largo de la saga ofreciéndonos retazos de información que tenemos que recomponer nosotros mismos para lograr una imagen global.

Tampoco vayamos a pensar que con tanto espectáculo Malaz es una obra todo fachada y sin fondo: los personajes y sus motivaciones, las tramas, son complejas hasta el punto de lo retorcido. Hay venganza, hay amor, envidia y pura rabia: hay seres que despiertan compasión, y otros que provocan un odio profundo. Está un Karsa Orlong, pura definición de lo épico, y un Kallor, encarnación de lo mezquino. Y queda sitio —aunque parezca imposible— para los seres corrientes, los soldados rasos, los ciudadanos atrapados en un asedio, los ladrones de poca monta. Y el sitio que ocupan en Malaz también es decisivo: porque Malaz, además de fantasía épica, es novela picaresca. En los diálogos Erikson sabe dar muestra de un ingenio que parece salido del mejor humor británico: a veces me recuerda a Woodehouse y de éste paso a pensar en Jack Vance. En este sentido Malaz tiene a veces más en común con la "Trilogía de Lyonesse" o "La saga de la Tierra Moribunda" que con "Canción de hielo y fuego". 

Al final, la dificultad es quizás la más importante de las singularidades de Malaz; es difícil, es una tarea ardua leerla y conseguir entender qué está pasando. Y lo digo con la mayor admiración, porque el efecto que Erikson logra es adictivo y transmite realmente una sensación de profundidad histórica, de inmersión en un mundo que lleva mucho recorrido. Me gusta usar el símil de una excavación arqueológica: a medida que progresamos en nuestra tarea, la lectura, vamos obteniendo información. Pero la información no siempre llega de forma ordenada. A veces está distorsionada por el paso del tiempo, a veces se necesita mucha imaginación para llenar los agujeros en la historia que nos vamos montando, y se fuerza al lector a elaborar un sinfín de teorías. A veces, estas teorías se ven confirmadas en libros posteriores, otras excavaciones que nos darán aún más información. Y todo será al final un puzzle que el lector tendrá que componer. La cronología será confusa, y la distribución del espacio: ¿donde está exactamente la isla de Malaz? Donde queda en relación a la de los Seguleh? Donde se encuentra Assail? A saber. Estamos demasiado acostumbrados a encontrarnos, en la introducción, con una detallada descripción del mundo y a veces, los personajes tienen una tendencia curiosa a rememorar de forma exacta episodios pasados que nos dan una imagen conveniente de como se ha llegado a la situación actual. En Malaz ningún sabio sentará a los protagonistas para ponerles en antecedentes y recomendarles un curso de acción. Malaz es puro caos: hay varios bandos, tantos como individuos: y muchos coinciden, y otros no lo hacen. Conocemos las intenciones de algunos y las de otros nos desconciertan. A veces lo que parece muy importante resulta no serlo y pequeños detalles acaban convirtiéndose en el quid de la cuestión. Así es, al fin y al cabo, como funciona el mundo. No es una historia, es una multitud de historias, que a veces convergen y a veces no. Y ningún bando es más importante, acertado o necesario que los demás.

No, no se puede permitir que Malaz caiga en el triste olvido donde se han hundido sagas tan meritorias como "The Broken Empire" de Lawrence (con una pésimamente traducida Príncipe del mal), editada por Planeta y abandonada tras una sola entrega publicada. Sagas como "La daga y la moneda" Daniel Abraham, autor que como Lawrence triunfa en el mundo anglosajón y es ignorado en España tras un solo tomo publicado por RBA; sagas como "Los caballeros bastardos" de Scott Lynch, abandonada tras dos volúmenes editados por Alianza.

Quizás tendríamos que preguntarnos por qué ha sido así. ¿No se les ha dado la publicidad debida? ¿Han llegado en un momento de tal saturación de novedades fantásticas que no se ha sabido destacar lo suficiente su singularidad? ¿Hasta que punto es honesto para con el lector —quien al comprar parte de una saga compra también el derecho a leerla entera, como quien adquiere el primero de una larga lista de fasciculos— dejar estas sagas a medias sin siquiera buscar o proponer soluciones alternativas? ¿Tiene algo que ver con que las ventas bajen este tipo de prácticas editoriales? ¿Somos demasiado permisivos, demasiado tolerantes con este tipo de tomaduras de pelo? Porque esto es lo que son al fin y al cabo: si uno invierte tiempo y dinero en un primer volumen, lo hace por el pacto implícito de que podrá terminar si así lo quiere la historia que le ofrecen desde la editorial.

Ninguna de estas sagas merece acabar así. Ninguno de sus lectores merece quedarse sin terminarlas. Y de entre ellas —y soy fan acérrimo de todas las que he mencionado— creo que la que menos lo merece es Malaz. ¿Qué podemos hacer al respecto? Me gustaría creer que como lectores —y clientes— tenemos la razón. Que como consumidores tenemos la seguridad de que si hay una demanda, alguien cubrirá la oferta. Si es así, asegurémonos de que la demanda sea clara y la oiga quien pueda hacer algo al respecto. Pero por si acaso yo ya he añadido una dificultad extra a las que supone leer Malaz: he comprado en inglés el octavo tomo, primero de los tres que faltan para cerrar la saga principal, porque en el mundo editorial español a menudo parece que reina la sordera. 

enero 28, 2016y

29 de diciembre de 2015

El lamento de la banshee: Lectura por conveniencia o lectura por amor


Muchos años han pasado desde que en el colegio o en el instituto debía asistir a la clase de lengua y literatura a las ocho de la mañana. He de admitir que mi inteligencia nunca ha estado en buenas condiciones al madrugar, da igual al Dios al que rezase (ya podía ser Odín) que lo único que iba a conseguir sería bostezar de forma lamentable y pegarme todo lo posible al radiador junto al que intentaba poner siempre mi pupitre. De esta forma conseguía sumergirme en una agradable y a la vez miserable semiinconsciencia con la que navegaba entre frases condicionales, sujetos omitidos y algún que otro recurso literario que no me interesaba en lo más mínimo. Y sí, aquí quedaba todo. La parte de "lengua" de la asignatura es la que dábamos con mayor esmero, a diferencia de la parte de "literatura", que se basaba únicamente en memorizar unos cuantos datos de la biografía de escritores de renombre, saberse la diferencia entre algunos recursos estilísticos y responder a unas cuantas preguntas que se nos hacía en relación a un pequeño fragmento de un texto. Lo reconozco, también me aburria muchísimo, pero al menos entendía lo que tenía frente a mis ojos y era por tanto algo mucho más asimilable.

Se supone que esa literatura que dábamos en la asignatura estaba especialmente dedicada a fomentar el interés por la lectura, pero conmigo no hizo efecto alguno. No solo no leía lo que me mandaban en clase, sino que para mi se convirtió en algo cercano a una fobia. Aborrecía todos y cada uno de los libros que me obligaban leer. No había nada peor que ese aciago momento, cuando a principio de año, el profesor de turno repartía un papel con todo el temario a impartir con una escueta lista de las lecturas obligatorias apelotonadas al final, como si no tuviese más remedio que incluírlas casi en el último minuto antes de entrar a clase. Esto no es que fuese cosa de mi inmadurez, ya que la sensación de la que os hablo se expandió cual Blandi Blub maligno a lo largo de todos mis años dentro del sistema educativo. Con doce años me hicieron leer La Celestina y La casa de Bernarda Alba; con catorce, intentaron que leyese Don Quijote de la Mancha y con dieciséis me encomendaron la ardua tarea de leer los poemas de Bécquer y las coplas de Jorge Manrique a su padre muerto. No puedo negar que son grandes clásicos de la literatura española, pero a mi no me convencían, no me picaba la curiosidad para nada. Lo que sí lo hacía eran las brumas sobre las landas de Etten, los árboles espesos de Lothlórien, la presencia ignominiosa del Rey Brujo de Angmar y la lucha de Frodo por llevar el Anillo Único al Monte del Destino. También me cautivaba la lucha interna de Paul, Kim y Davor en "El tapiz de Fionavar" cuando debían encontrar su lugar en un mundo completamente opuesto al suyo, lleno de magia y dioses. Pese a que mis profesores intentaran marcarme un rumbo firme por el que seguir, yo prefería leer las descripciones de un universo plagado de djinns en la trilogía "La rosa del profeta" o de cómo Bimbiniqegabenik —Binabik para los amigos— montaba a un perro al estilo de Sir Didymus en Dentro del laberinto como quien monta a un caballo, para ayudar a derrotar al malvado Ineluki en "Añoranzas y Pesares".

Un día, el "psicólogo" de mi instituto me llamó a tutoría. Se había enterado de qué tipo de literatura me gustaba y decidió echarme un rapapolvo. Me dijo que era bueno leer, y que era fantástico pensar que una niña de mi edad —por aquel entonces tenía trece años—, tuviese un buen hábito que marcase claramente su futuro, pero que quizás no había elegido correctamente. Me preguntó si tenía problemas en casa y me aseguró, con cara de santo, que si había algo sobre lo que me interesase hablar estaría encantado de escucharme. Le dije que no solo no tenía ningún problema, sino que no entendía a qué se refería ni qué tenía eso que ver con lo que me gustaba leer. Le dije que a ninguna niña de doce o trece años le debería gustar La Regenta o La Celestina, como fue mi caso, porque para nada conseguía empatizar conmigo. Aprovechando el momento le dije que deberían incluir una hora a la semana únicamente para hablar de literatura donde se explicasen los diferentes géneros y se le ofreciera a los alumnos una guía eficiente para que pudiesen encontrar aquello que les convertiría en fieles lectores durante el resto de sus vidas. Envalentonada con la cara de pasmo del "psicólogo", di el último tajo mortal cuando aseguré que si se seguía enseñando literatura con esa indiferencia hacia la lectura, sin pensar en los alumnos, lo que se conseguiría sería justo lo contrario: eliminar futuros lectores. (Por cierto, he de añadir que años más tarde, me encontré a ese mismo psicólogo en el estreno de Las dos torres con sus tres hijos, pero no se me ocurrió darle mi pésame por su supuesta pésima situación familiar).

Es evidente, ahora que tengo casi veinte años más, la necesidad imperiosa que obligatoriamente debe tener el sistema para que los jóvenes tengan contacto con los clásicos de nuestra literatura, y cierto es que deberían leer en clase aunque solo sean fragmentos de esas obras que terminaron marcando poderosamente una época y que forma parte de nuestra herencia, al igual que se estudian acontecimientos históricos o las distintas partes del cuerpo humano. No obstante, sigo sin entender la razón por la cual hay chavales que acaban el instituto y que no saben qué es la novela negra, la ciencia ficción o la novela de terror, géneros que para ellos suelen destacar únicamente en el mundo del celuloide; mucho más en los últimos años en los que la novela juvenil parece haberse lanzado al rescate de ese sindicato de guionistas tan quemado.

Siempre he tenido la sensación de que quizás la literatura que damos en nuestro país se parezca más a esos videojuegos lineales en los que hay una falsa sensación de libertad; ese juego en el que, si tienes alguna idea que se salga de lo establecido que te impulsa a querer explorar tu entorno, inserta de forma instantánea una pared invisible que no permite salir del camino construido por los programadores. Es evidente que cada vez hay más maravillosas excepciones, de profesores que luchando contra viento y marea —lucha seguramente motivada por su propio amor a los libros y a la lectura—, deciden probar nuevas opciones para tratar de descubrir a sus alumnos un mundo infinito donde podrán viajar, aprender y de paso conocer a personas afines que sientan lo mismo que ellos y con los que mantener largas y fructíferas charlas. Incluso hay quienes gracias a esta pasión se lanzan a escribir, con el corazón henchido de orgullo al pensar que si lo hacen bien, quizás el futuro les trate con benevolencia —o con justicia—y les deje ganarse la entrada en ese Olimpo de escritores que después pasarán a formar parte de esas clases de literatura con las que tanto se aburrían tiempo atrás.

Lo que creo que deberíamos tener siempre en cuenta es que quizás no le estamos dando a la lectura el rincón que se merece. Posiblemente deberíamos exigir que se hable de nuevos autores españoles o incluso de autores extranjeros que ofrezcan alternativas a la hora de elegir una lectura. ¿Hay alguna razón por la que los estudios en nuestro país deban de limitarse a nuestras fronteras, a nuestra ciudad o a nuestro idioma? Sinceramente, creo que hablar de las obras que se escribían a finales del siglo XV o a mediados del siglo XVIII debería dejarse para esas clases en las que de verdad se imparta literatura, y organizar los planes de estudios para que al menos una vez a la semana se de una clase que bien podría llamarse "Lectura" o "Iniciación a la lectura". Sería fantástico poder conseguir que la relación de los jóvenes con los libros no fuese de conveniencia, utilizando siempre la lectura como un comodín para conseguir más puntos de cara a la nota final o como una manera de aprobar el curso cual muleta en la que apoyarse con la que suplir ciertas carencias. Lo ideal sería lograr que la lectura se realizase por amor, ya que al fin y al cabo esto es un asunto propio del corazón, tal y como ya sabemos todos los que bebemos los vientos por los libros y la lectura. La que nos alza en volandas cuando más lo necesitamos, la que es capaz de ahondar en nuestra alma, aquella que es capaz de descubrirnos mundos insondables y la que incluso puede llegar a hacernos descubrir a la persona con la que compartiremos nuestro amor por ella hasta el fin de nuestros días.

Porque como bien decía Jorge Luis Borges:

El verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta "el modo imperativo.

Lectura por conveniencia o lectura por amor (El lamento de la banshee #1)
Imagen: Spells are Hard de Justin Gerard

diciembre 29, 2015y

9 de noviembre de 2015

Primer tráiler de 'Warcraft': las adaptaciones de videojuegos al cine van por buen camino


El viernes se estrenó por fin el esperado tráiler de Warcraft, la primera película basada en el popular MMORPG de Blizzard Entertainment que lleva World of Warcraft a otro terreno. Para que nos vamos a engañar, el nivel de escepticismo de cara a llevar un videojuego tan famoso al mundo del cine era bastante alto, no por nada hablamos de una larga trayectoria de despropósitos en la carrera de Hollywood que en todos estos años no ha sabido hacer sentir al espectador/jugador lo que transmite la obra original, ni siquiera acercarse ligeramente (me vienen a la mente claros ejemplos como Doom o Dungeon Siege).

RELACIONADO: La película de Warcraft tendrá una precuela oficial escrita y más cosas

Pero con Warcraft la cosa parece distinta, porque el que haya visto el tráiler y conozca el videojuego habrá visto todos los detalles (desde las armaduras de los humanos hasta la similitud de las tierras que rodean Lordaeron y la propia ciudad blanca) que el universo de fantasía épica de Blizzard está ahí, ahora en el cine y contando la historia del primer encuentro entre los humanos de Azeroth y los exiliados orcos de Draenor que los más veteranos recordarán de aquel lejano juego de estrategia titulado Warcraft: Orcs & Humans. El que no conozca la ambientación o nunca haya jugado por lo menos le habrá picado el gusanillo por ver una nueva película de fantasía como no se veía desde la trilogía El Señor de los Anillos.

Es de momento el primer tráiler de una película de un videojuego del que no siento algo parecido a la vergüenza ajena, y eso tiene que ser bueno a la fuerza. Que luego la película sea otra cosa ya no tiene nada que ver, pero de momento el asunto está muy bien encaminado, se nota que la compañía encargada del MMORPG está detrás (hasta han respetado el logo original del juego), y eso indudablemente tiene que apreciarse en el resultado final. ¿Quién mejor para hacer una adaptación que la propia compañía que ha encumbrado la obra original?

Por su parte, Legendary Pictures ha hecho un buen trabajo con los efectos digitales y la animación CGI (no hay más que ver el imponente aspecto de los orcos). El resultado es espectacular, como podéis comprobar a continuación:


Warcraft se estrena en junio de 2016, está dirigida por Duncan Jones y escrita por Charles Leavitt y el propio Jones. La banda sonora es de Ramin Djawadi y en el reparto encontramos a Travis Fimmel (Anduin Lothar), Dominic Cooper (Rey Llane Wrynn), Paula Patton (Garona), Ben Foster (Medivh), Toby Kebbell (Durotan), Clancy Brown (Manonegra) Robert Kazinsky (Orgrim), Daniel Wu (Gul'dan), Ruth Negga (Lady Taria) y Ryan Robbins (Callum Keith Rennie), entre otros.

noviembre 09, 2015y

31 de agosto de 2015

La edición extendida de 'El Hobbit: La Batalla de los Cinco Ejércitos' es para mayores de 17 años


Habéis leído bien, los illuminati del cine americano —esto es, la MPAA, Motion Picture Association of America— han deliberado que los veinte minutos de la edición extendida que hacen de El Hobbit: La Batalla de los Cinco Ejércitos una película todavía más larga si cabe no podrán verla menores de cierta edad salvo que vayan acompañados de sus progenitores. La tercera entrega de la última (que sepamos) trilogía de Peter Jackson que adapta una de las historias escritas por J. R. R. Tolkien ha recibido en su versión doméstica y expandida una gran R, lo que en español significa que no podrán verla los menores de diecisiete años, según la MPAA, por tener "algo de violencia". Espera, ¿qué?

ARTÍCULO: Quién es quién en la Batalla de los Cinco Ejércitos

Esta es la primera vez que una película de la Tierra Media obtiene una calificación tan alta, y a no ser que Jackson tuviera en el cofre de los secretos un montón de escenas cochinas en las cámaras privadas de Thranduil (porque sabía que Juego de tronos lo iba a petar bastante en ese aspecto) o montones de aldeanos desmembrados a placer por el gran y terrorífico Smaug, no tengo ni idea de a qué puede deberse esa subida de tono. Oh, quizá hay carnicería gratuita en la batalla final, o a lo mejor algún enano de las Colinas de Hierro o elfo sin problemas de vista se haya dado cuenta del despliegue orco en lo alto del cerro que domina las puertas del reino de Erebor, lo suficiente como para querer hacérselo pagar caro a esos bribones comandados por el orco albino que tienen bajo su mando a los gusanos de arena de Arrakis.

En caso de que estéis interesados de veras (y si no, también) en las escenas añadidas de la película, no tenéis más que acudir al reportaje escena a escena publicado en la web El Anillo Único.


En cualquier caso, temed por la salud mental de vuestros hijos porque El Hobbit: La Batalla de los Cinco Ejércitos será violenta de veras, aunque la versión para cines ya tuviera la calificación de no apta para menores de trece años.

Este es el tráiler que han preparado para la ocasión:


Lo que está claro es que se trata de una estrategia de marketing que desprende ese aroma a "necesitamos volver a sacar esto de cualquier manera porque el público se nos va" ya que, por si alguien no lo sabe, la trilogía entera en su correspondiente edición extendida volverá en octubre a las salas de cine (por lo menos en Estados Unidos y Reino Unido, desconozco si también en España), al estilo maratón durante tres noches consecutivas. Después de eso,ya en noviembre, será cuando La Batalla de los Cinco Ejércitos salga en DVD y Blu-ray con nueve horas de material extra para el disfrute de todos aquellos que salieron satisfechos con la película, que no es mi caso.

CRÍTICA: El Hobbit: La Batalla de los Cinco Ejércitos, la peor película de la Tierra Media

En mi modesta opinión, y como fan de la Tierra Media desde que tengo uso de cierta razón, Peter Jackson debería haber usado esta edición extendida de La Batalla de los Cinco Ejércitos para solucionar los muchos problemas de ritmo, lógica interna y efectos digitales de La Batalla de los Cinco Ejércitos, tratando de no limitarse únicamente a "expandir" el material ya visto en cines (porque material salvable tiene, está claro, especialmente el protagonizado por Gandalf en solitario). Pero claro, esto es una obra puramente comercial y totalmente alejada de la visión artística de un auténtico cineasta, y en lugar de edición extendida podría perfectamente haber sido un director's cut y hacer quedar al director como un rey, en lugar de hacerle obtener el rango de nazgûl vapuleado por la crítica y público cuya opinión extendida de este último, por cierto y aunque su trilogía de El Señor de los Anillos sea notable y Un viaje inesperado bastante potable y fiel a la novela, es que el director australiano no debería acercarse a nada que tenga hobbits, orcos, enanos, batallas, istari o númenóneanos negros.

agosto 31, 2015y

11 de agosto de 2015

Los ganadores de los premios David Gemmell, hachazo a la mejor cubierta del año

Las tres categorías en que se divide el premios David Gemmell ya tienen ganadores. Han sido presentados en la noche del sábado en el marco de la convención Nine Worlds Geekfest que ha tenido lugar en Heathrow, Londres. Esta séptima edición de los premios ha recibido un total de 17.059 votos en la primera ronda y 19.700 en la segunda, se han conseguido un total de 36.759 votos de 74 países distintos, batiendo récord de años anteriores. Estos premios, por si alguien se incorpora tarde a la literatura fantástica, se organizan en honor a David Gemmell, autor de fantasía heroica que en vida ha sido el autor del género más vendido en Reino Unido y se vendieron especialmente bien en otros países del mundo. El premio se divide en tres categorías: el premio Legend, a la mejor novela de fantasía publicada el año anterior, el premio Morningstar, a la mejor novela debut escrita en inglés, y el premio Ravenheart, galardón que se otorga al mejor arte de cubierta. El ganador se lleva una réplica de Snaga, el hacha que porta Druss la Leyenda, uno de los personajes de David Gemmell. El modelo está fabricado por Raven Armouries en acero de verdad (aunque no está afilada) y tiene grabado el nombre del ganador (imaginad los problemas de aduanas que puede ocasionar eso).


Esto es una noticia y sería correcto anunciar a los ganadores y se acabó, pero antes de hacerlo me voy a permitir unas palabras: los David Gemmell me parecen cada vez peores premios, tenía que decirlo. Los premios, que cada año que pasa se rodean de cierta polémica la mayoría de las veces comentada solo en determinados círculos (la ausencia de una fuerte presencia de escritoras de fantasía fue la comidilla de la edición anterior), creo que ha tocado fondo con esta edición, y no lo digo precisamente por Brandon Sanderson, quien, como era de esperar, ha ganado el premio por su macronovela Palabras radiantes, ya que es sin duda de lo mejor del año pasado en fantasía, sino por la cubierta de Sam Green para la edición británica de la novela (estilo que a mí no me entusiasma especialmente). Más allá de eso y sabiendo que Sanderson estará en todas las listas de fantasía épica con cada trabajo que haga (ya se llevó el David Gemmell en 2011 por El camino de los reyes), no puedo creer que 74.000 votantes de todo el mundo hayan escogido la susodicha portada para la edición británica de Palabras radiantes como la mejor cubierta de 2014 para una novela de fantasía, porque, por decirlo suavemente, me parece que roza la tomadura de pelo. Está claro que me he perdido algo (¡es Sanderson!, dirán algunos), yo creía que se le daba valor al trabajo del artista y no a al autor de la novela, aunque no dejo de pensar que todo es muy raro y huele a conjuro de confusión lanzado por algún mago con aires de grandeza. Por pura estadística (si no tenemos en cuenta el factor Sanderson), es prácticamente imposible que una portada como esa termine siendo la mejor ilustración de una novela de fantasía de todo un año (me sigue pareciendo absurdo que se vote al autor de la novela en vez de al artista), porque no hay más que observar las anteriores ediciones de los David Gemmell para darse cuenta de que siempre ha primado la calidad pictórica y la potencia que sugiere la imagen. En la edición del año anterior estuvieron nominadas cubiertas de novelas como Emperor of Thorns (quien finalmente se alzó vencedora), Promise of Blood y Skarsnik de la franquicia de "Warhammer", y las de este año, y salvando Prince of Fools del nunca-te-decepciono Jason Chan, el resto son bastante normalistas tirando a sosas. Es decir, y concluyo ya, que algo ha pasado para que este año la calidad pictórica haya descendido tanto de nivel. Hasta la cubierta de The Emperor's Blades de Staveley debería estar en los Ravenheart. No sé si será el conjuro de confusión, pero quizá la Casa de la Moneda ha metido mano en los resultados, cosa que tampoco sorprende vista la poca variedad de editoriales presentes en los Ravenheart. Por supuesto, esto no es más que una opinión personal totalmente subjetiva, y habrá lectores que prefieran el estilo de Sam Green al de Michael Whelan, algo totalmente respetable y no carente de lógica. Como dice el dicho, "contra gustos no hay escrito pergamino", creo que decía.

NO TE PIERDAS: 5 razones para leer 'El archivo de las tormentas' de Brandon Sanderson

Ahora sí, los ganadores a los premios David Gemmell Legend los podéis encontrar a continuación resaltados en negritas:


Legend Award, mejor novela

Palabras radiantes de Brandon Sanderson (Gollancz, Ediciones B)
Medio rey de Joe Abercrombie (HarperCollins UK, Fantascy)
Valour de John Gwynne (Tor UK)
Prince of Fools de Mark Lawrence (HarperCollins UK)
El Ojo Fragmentado de Brent Weeks (Orbit, Fantascy)


Morningstar Award, mejor debut

The Emperor’s Blades de Brian Stavely (Tor UK)
Traitor’s Blade de Sebastien de Castell (Jo Fletcher)
The Mirror Empire de Kameron Hurley (Angry Robot)
The Godless de Ben Peek (Tor UK)
The Age of Iron de Angus Watson (Orbit)


Ravenheart Award, mejor arte de cubierta

Sam Green por Palabras radiantes de Brandon Sanderson (Gollancz, Ediciones B)
Laura Brett por La música del silencio de Patrick Rothfuss (Gollancz, Plaza & Janés)
Mike Bryan por Medio rey de Joe Abercrombie (HarperCollins UK, Fantascy)
Jason Chan por Prince of Fools de Mark Lawrence (HarperCollins UK)
Jackie Morris por Fool’s Assassin de Robin Hobb (HarperCollins UK)

agosto 11, 2015y


 

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