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"Sabe, oh príncipe, que entre los años en que los océanos anegaron Atlantis y las resplandecientes ciudades [...] hubo una edad no sonada en la que brillantes reinos ocuparon la tierra como el manto azul entre las estrellas."

LA

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Mi espada, mi conjuro. La puerta, magia, Igni. La mazmorra,
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13 de abril de 2015

Regreso al pasado pero sin DeLorean: 'El Ministerio del Tiempo', episodio 7


Siguiendo la espectacular estela de El Ministerio del Tiempo, podemos deducir sin mucho esfuerzo la cantidad de contradicciones a las que se enfrentan todos los funcionarios del Ministerio del Tiempo. Por un lado tienen que salvar a grandes personalidades para que la historia de España no cambie, pero por otro se ven obligados a perder a seres queridos porque no les está permitido viajar en el tiempo para salvarlos. No es la primera vez que esto ha creado problemas entre Julián, sus compañeros y Salvador, el responsable en funciones del ministerio. Es por eso que este capítulo ha tenido una importancia radical para la trayectoria presente y futura de la serie.

Tras los acontecimientos narrados en el capítulo anterior, donde vemos como Irene visita a un antiguo amigo en una cárcel del siglo XI, los personajes siguen su instinto al hacer indagaciones sobre la figura de ese tal Leiva: la secretaria personal de Salvador es la que les saca de dudas al explicarles la razón por la que el jefe del ministerio ordenó la peor de las sanciones para Leiva. Sus intentos para saltarse las normas del ministerio y llevar a su hijo al futuro para curarle la leucemia que padecía provocó una de las mayores revueltas en la institución. Él, junto con un grupo de trabajadores descontentos, decidieron ponerse en huelga, amenazando con desvelar el secreto del ministerio. Todo se saldó con un montón de detenciones y con Leiva enviado a una cárcel del siglo once, donde nadie podría volver a tener contacto con él.

Los tres protagonistas pronto empatizan con la causa de Armando Leiva, pensando cada uno en sus respectivos familiares o bien en la vida del hijo del rebelde. Comienzan a hacerse las mismas preguntas que Salvador consideraba "peligrosas" en Leiva, hasta que sucede lo esperado. Leiva muere, provocando una escena que en mi opinión es realmente impactante con Irene y Salvador a los pies de la tumba abierta de aquel que fuese un gran amigo y un fantástico agente, con ella tremendamente emocionada echándole en cara a Salvador su forma de aplicar las normas del ministerio.


Todo esto nos permite meternos un poco más en el personaje que interpreta Cayetana Guillén Cuervo, cuando nos enseñan cómo fue el propio Leiva quien impidió que en los años sesenta Irene se suicidase saltando desde una azotea. La forma en la que él le habla, dándole a entender que conoce sus "secretos" y asegurándole que al lugar al que va nadie la va a juzgar, es lo que la hacen bajar de allí para terminar ascendiendo en la jerarquía del ministerio hasta lo más alto. La lucha de Irene como mujer libre en la sociedad en la que creció —plenos años cincuenta— y su forma de manipular las normas del ministerio, la llevan a enterarse con horror de cómo Leiva parece haber fingido su muerte, escapando del control de Salvador y dedicándose por tanto a planear su venganza.

Esto conduce a todos hasta los tiempos de la regencia de Maria Cristina en 1830, donde Leiva intenta un atentado contra la vida de la jovencísima reina Isabel II para que esta provoque la clausura total del ministerio. Es una forma de afectar al pasado para que pueda destruir tanto el ministerio como todas las operaciones que se realizaron durante todos esos años hasta la actualidad.

Mientras tanto, Julián está a punto de volverse loco y de volver loca a su difunta Maite, cuando se le ocurre la idea de utilizar una antigua agenda para poder pasar más tiempo con ella. Es una forma bastante macabra de "engañarse a sí mismo" en los dos aspectos, tanto por el hecho de estar con ella, sin reconocer que es algo que debe de dejar atrás y que no tiene solución sin acabar como Leiva, y de engañarse a sí mismo con su propia esposa. Este juego que se trae entre manos —con el que igualmente está incumpliendo un montón de normas—, le hacen estar ausente durante casi todo el capítulo. Es al final cuando Irene —apartada de esta operación por ser sospechosa en el caso de la liberación de Leiva— le saca prácticamente a rastras de su antigua casa para ir a salvar a sus compañeros. La reina Isabel II y la regente María Cristina están encerradas, los compañeros de Leiva masacran a todo lo que tienen por delante y Alonso de Entrerríos está sobre el regazo de Amelia sangrando por un agujero de bala.


Tiempo de venganza es un capítulo frenético y rinde total homenaje a 24, la serie protagonizada por Kiefer Sutherland, y gracias al uso de las pantallas partidas podemos seguir al detalle todos los hechos que se dan lugar en los siglos XIX y XXI —y disfrutando mientras de los cambios de decoración e iluminación para acentuar ese contraste—. Por otra parte, el uso de la cámara lenta para explicar cómo fue detenido Leiva en su día y el cambio que se obra en su personalidad durante el proceso —en el cual me imagino que por estar encarcelado, no podrá estar con su hijo a su muerte—, dotan a este episodio de una carga dramática devastadora. Tanto es así que vemos cómo al final del episodio las tornas se cambian entre Leiva e Irene, cuando vuelven a aquella azotea madrileña donde Leiva ha secuestrado a Nuria, la esposa del personaje de Cayetana, y cómo en su venganza, Leiva se lleva por delante tanto la relación de ellas dos —al revelar el secreto del ministerio a Nuria— como su propia vida al terminar tirándose al vacío.

Como dijo el director de la serie en "Los archivos del tiempo": "Nos interesaba mucho contar con ese personaje con el que tú irías al fin del mundo, pero que de repente, se atormenta tanto de tener razón y de que no se la den, que acaba perdiendo esa razón."

En definitiva, Tiempo de venganza es un capítulo muy interesante pero al que creo que se le nota "enclaustrado". En ningún momento vamos a ver grandes paisajes o decorados que no sean los del interior del ministerio. Incluso la sala de espejos en la que introducen a la familia real parece fuera de contexto en el 1830. Espero que este tipo de capítulos no se repitan con demasiada frecuencia, al fin y al cabo, la gracia de una serie del tiempo es ver a los personajes en entornos históricos mientras estos viajan por el tiempo.

abril 13, 2015y

6 de abril de 2015

Pues sepa Vuestra Merced que a mí llaman Lázaro de Tormes: 'El Ministerio del Tiempo', episodio 6



Una de las cosas positivas que mantiene El Ministerio del Tiempo desde el inicio de su emisión es que la serie no está sujeta a una gran trama general que pretenda tener la última palabra en cuestiones de trascendencia. Cada episodio de El Ministerio del Tiempo es una aventura autoconclusiva, que va al grano y cuando la misión de los protagonistas termina, la siguiente no tendrá nada que ver con la anterior salvo por algún que otro cabo suelto.

Esto lo digo porque el espíritu y temática de la serie sigue incólume después de varias semanas en antena y Tiempo de pícaros —así es como se titula el presente episodio— es el buen ejemplo de que se puede seguir siendo fiel a una obra sin cambiar su rumbo. Los mismos elementos de siempre funcionan una vez más: un viaje a una época pasada concreta, un problema a resolver y evitar que el fracaso de la misión afecte a algo del presente. En este caso, Julián, Amelia y Alonso se trasladan hasta la Salamanca del siglo XVI para detener al dueño de un teléfono móvil que ha sido hallado en una excavación arqueológica del presente, apartado que fue perdido hace varios siglos. Por el camino se encuentran con el mismísimo Lázaro de Tormes, enlazando así una misión secundaria a la que hay que prestar suma atención, porque en caso de morir dicho personaje la obra literaria que lleva su nombre no será escrita jamás, sea quien sea su autor.

Tiempo de pícaros, episodio que se centra más en la figura del ladrón, el pícaro y el estafador que en otras ocasiones, tiene diferentes cualidades que merecen ser comentadas por separado:

1) El episodio empieza con un gancho magnífico que llama inmediatamente la atención del espectador, haciéndole estar pendiente del momento en que conectará dicha escena con la que vendrá después —y que tendrá lugar en el pasado—. Misterio y enigmas a partes iguales, ¿a quién no le gusta?


2) El capítulo tiene muchas semejanzas con el protagonizado por Lope de Vega: una figura histórica, en este caso literaria, a la que hay que salvar para que la historia de la literatura no cambie —si esta se empobrece apaga y vámonos—. La elección de Juan Blanco como encarnación de Lázaro de Tormes es perfecta y la personalidad festiva y agradable del personaje le viene como anillo al dedo.

3) La intención de los creadores de la serie por relacionar ciertos episodios con la literatura española es digna de alabanza: más literatura y menos corazón, cotilleos y programación basura es lo que hace falta en la televisión pública.

4) Un plan nunca sobrevive al contacto con el enemigo, y en este caso se cumple esa máxima. Las misiones que encarga el Ministerio a los protagonistas siempre parecen sujetas con pinzas, por lo que siempre habrá algo que se escape de las manos. Esa es una de las cosas divertidas que tiene la serie, que el guión es dinámico y da pie a la sorpresa.


5) El Lazarillo de Tormes sigue siendo anónimo aunque se le ponga rostro al autor, pero es sumamente divertido poder ponerle rostro —aunque sea ficción— a uno de los misterios más grandes de la literatura española.

6) Con cada episodio aprendemos algo nuevo del propio Ministerio, y en este caso se nos habla de un tal Armando Leiva que, dicen, se rebeló contra las normas del Ministerio —o los que dirigen el Ministerio—. Esto plantea muchos interrogantes. ¿Por qué está encarcelado en una prisión medieval de Huelva? El espectador tiene la sensación de que aquí hay algo encerrado y que hay algún misterio que todavía no conoce. ¿Habrá algún personaje malvado dentro del Ministerio? ¿Hay algún complot mayor que será desvelado al final de la temporada? Interrogantes sin respuesta de momento.


7) Por fin podemos ver a Alonso de Entrerríos en acción. Es extraño, pero desde el comienzo de la serie apenas le hemos visto hacer uso de sus habilidades como veterano de los tercios de Flandes. Es algo muy breve y ni siquiera se nos enseña una escena de lucha —salvo el momento del rifle de caza—, pero le añade cierto grado de emoción y épica el grito de "¡Santiago y cierra España!", como si viéramos un fogonazo de las aventuras del capitán Alatriste —ciertamente el referente que han tomado para construir al personaje—. Cada protagonista tiene su rol en la serie, y el de Alonso es el del guerrero.

Es, en resumen, un capítulo bastante intenso centrado en un personaje literario —muchos años después de sus aventuras en papel—, que hace uso de los tres personajes principales de forma equitativa, algo que en anteriores episodios no se consigue del todo. En mi opinión, la pega del episodio es que no se recrea demasiado en el escenario de la época, y se desaprovecha en cierta forma sus posibilidades.

Ahora tan solo quedan dos episodios para el final de temporada, pero todavía faltan muchos interrogantes que resolver relacionados con el Ministerio y con algunos de los personajes secundarios, los cuales son tan interesantes como los principales.

abril 06, 2015y

30 de marzo de 2015

Yo crecí en los ochenta: 'El Ministerio del Tiempo', episodio 5


En el cuarto episodio de El Ministerio del Tiempo viajábamos hasta finales del siglo XV para ver como los protagonistas eludían un Día de la Marmota medieval para salvar al judío autor del Libro de las Puertas, y de paso conocían a Isabel I de Castilla y al inquisidor Tomás de Torquemada.

La serie en su quinto episodio vuelve a recurrir a épocas más cercanas que no el Siglo de Oro español o la Edad Media para llevarnos hasta la década de los ochenta —principalmente, porque también visitamos brevemente los cuarenta—. El objetivo de la misión de los tres protagonistas no es otro que el de recuperar el recibo que acredita la posesión de España del más famoso cuadro de Pablo Picasso: el Guernica.

Los ochenta supusieron una época de cambio de España: son los años del rock urbano y de la revolución musical, de la televisión como medio de masas a punto de despegar y también supone una etapa muy emotiva para Julián, pues son los mejores años de su vida en el barrio madrileño donde se crió. El tour que hace por su barrio es de los mejores momentos que nos llega a brindar el episodio, y esa es la manera que tienen los creadores de la serie de hacernos partícipes como espectadores en la intención del episodio y dejarnos uno de esos obligatorios interrogantes tan habituales de El Ministerio del Tiempo: ¿viajaríais si pudierais hasta los mejores años de vuestra vida? ¿Haríais un recorrido por aquellos lugares que os marcaron de pequeño, tanto buenos como malos? Es como ver una película de tu vida, pero sin estar muerto.


Cualquier tiempo pasado —no es este el caso, pero no necesariamente tiene que ser mejor, como la canción de Sabina— es como han titulado a este episodio marcado por un profundo sentimiento de nostalgia y de que se haga lo que se haga, el pasado es inamovible.

Es curioso, pero con cada episodio emitido alguno de los protagonistas interfiere en mayor cantidad en el pasado, como es el caso de Julián. Como si de Marty McFly en Regreso al futuro se tratase —de hecho, la secuencia en el bar donde toca Leño es muy parecida—, Julián trata de impedir que sus padres se separen, haciendo de mediador pero sin que su padre sepa que es su propio hijo el que está echando por tierra sus planes de dejar a su madre para irse con otra mujer.

Pese a que el director del Ministerio se empeñe en decir que el pasado no se debe cambiar —salvo para que la historia sea tal y como la conocemos—, aquí tenemos el primer y supuesto caso en el que el tiempo presente difiere del pasado, salvo por un inconveniente bastante importante: ¿las acciones de Julián han hecho que su presente sea como es gracias a su viaje, o de verdad sus acciones en los ochenta han modificado lo que ya existe en el presente? Es un interrogante que nunca sabremos, pero que nos hace plantearnos muchas cosas sobre el tema de los viajes en el tiempo y la posibilidad de usarse para cambiar cuestiones personales que nada tienen que ver con la historia. Por otro lado, las acciones del Ministerio plantean el mismo problema: no sabremos si el recibo del Guernica es el que han creado los del Ministerio y la historia ha cambiado en ese aspecto, aunque el resultado sea el mismo.

Cualquier tiempo pasado demuestra que El Ministerio del Tiempo sigue con la misma calidad que en sus inicios. El guionista usa a Alonso de Entrerríos como vehículo para enseñarnos el despertar de los años ochenta televisivo, aunque no nos hubiéramos quejado que dado el aspecto con el que visten al personaje esta vez —como un heavy ochentero— tuviera más protagonismo en determinadas escenas y acompañara a Julián y Amelia de paseo por Madrid —el contraste hubiera sido otro—. Por lo demás, la manera de mostrar las misiones a cumplir esta vez ha sido muy dinámica y divertida —bendito sea quien inventó las elipsis—, e involucrar más directamente a Velázquez en la misión también es un acierto, salvo que en el futuro abusen del alivio cómico que brinda este personaje cada vez que entra en escena —que demonios, en realidad cualquier personaje que esté en el Ministerio es un agente que sus propias habilidades y talentos—.


Sin embargo, pese a sus virtudes, la pega que le encuentro al episodio es que en realidad la misión en los años ochenta y la espera en el piso franco ha sido una mera excusa para mostrarnos una época y profundizar más en el personaje de Rodolfo Sancho, lo que no es malo en absoluto, sino una cuestión de gustos —luego la acción toma forma con la secuencia del aeropuerto, como si de una película de espías se tratase—. Como bien dicen los creadores de la serie, es la primera vez que los protagonistas viajan hasta una época y tienen que esperar sin hacer nada —de ahí que puedan enseñarnos la televisión y otras cuestiones de la época—. Quizá la compenetración entre argumento, personajes y viaje temporal sea aquí ligeramente menor que en anteriores episodios, pero el resultado es igual de satisfactorio y nos regala un episodio muy bien escrito y dirigido, y con unos asombrosos efectos digitales que ya querrían para sí otras series.

Este episodio se emitió el 23 de marzo de 2015 en TVE1.

marzo 30, 2015y

23 de marzo de 2015

El Día de la Marmota pero en medieval: 'El Ministerio del Tiempo', episodio 4


"El Día de la Marmota pero en medieval", es como resume Julián la misión que él, Amelia y Alonso tienen que cumplir en el cuarto episodio de El Ministerio del Tiempo. Y no puede describirse de manera más acertada, ni usarse un recurso tan efectivo como ese —expresar mediante un personaje la intención del autor— para detallar el ambiente que se respira en casi la mitad de temporada de lo que actualmente ha revolucionado el panorama de las series de ficción españolas.

Una negociación a tiempo nos traslada hasta la época de Isabel la Católica algunos años antes de que Colón enfilara sus barcos hacia tierras desconocidas y nos presenta una trama donde el judío que ha creado el Libro de las Puertas —y por tanto la base que sirvió para crear el Ministerio— muere a manos de la Inquisición española. Pero no una, sino que el pobre no deja de morir una y otra vez debido a que los protagonistas no son capaces de evitar su destino a manos del mayor inquisidor de la historia —mencionar a Tomás de Torquemada son palabras mayores—, creando una situación de bucle perpetuo del que parece imposible salir o cambiar, como la del perro que siempre se mea en la bota de Entrerríos.


En mi opinión, Una negociación a tiempo se diferencia de los anteriores episodios por tres cosas a destacar: es aquí donde vemos el esperado crossover entre Isabel y El Ministerio del Tiempo que con tanto ahínco se nos anunció antes del estreno del primer episodio; este cruce entre series no solo establece un punto de anclaje interesante para los seguidores de ambas, sino que le da una perspectiva diferente al personaje principal de Isabel interpretado por Michelle Jenner, la fantástica —y ya que estamos, otra perspectiva diferente al personaje de Rodolfo Sancho, ya que fue él quien interpretó a Fernando el Católico en Isabel—. Por último, es sobresaliente la manera en que los responsables de la serie establecen paralelismos con la película Atrapado en el tiempo de Harold Ramis, ya que no solo los interludios entre cada repetición temporal se presentan mediante una serie de elipsis narrativas, sino que mientras Atrapado en el tiempo se contaba desde la perspectiva del humor —aunque poco después subiera un punto el grado de dramatismo—, por suerte no se ha hecho comedia con la muerte del podre judío que arde una y otra vez en la hoguera —menos mal que para él solo hay una única vez—. Por otra parte, he de destacar la caracterización de Juan Gea como Torquemada y el parecido que hay entre el actor y algunas representaciones de la figura histórica en pinturas y grabados: si Víctor Clavijo estuvo clavado como Lope de Vega, aquí es Juan Gea como Torquemada la estrella del episodio.


En lo que falla este capítulo es en los conceptos más puramente científicos de la ciencia ficción, aunque no debe hablarse de error como tal, sino a la concepción de la propia serie, ya que sus creadores han optado por una versión muy light del género para que sea consumible por todo tipo de público. Es decir, que para nada se nos va a contar como funcionan realmente las puertas temporales del Ministerio ni qué explica realmente el Libro de las Puertas como para poder desarrollar la fórmula necesaria que cree tales portentos. Eso se reserva para otro tipo de propuestas y no para El Ministerio del Tiempo, porque lo que se busca aquí son aventuras ligeras con elementos de ciencia ficción muy concretos que tiren hacia delante, sin mirar atrás y proponiendo al espectador un juego sencillo y entretenido, un pulp con sabor propio que no se recree en las teorías abstractas de lo que realmente propone. Y da la casualidad de que las paradojas temporales, los bucles infinitos y las ucronías están entre los temas más difíciles de tratar de la ciencia ficción, y para mi gusto son de los más interesantes.


No olvidemos que tampoco dejan de sucederse las referencias literarias, como el hecho de comparar a H. G. Wells con el personaje de Amelia Folch y su diario escrito a base de experiencias en el Ministerio como homenaje a la célebre novela de ciencia ficción La máquina del tiempo —otro punto interesante del episodio es la propia trama familiar de Amelia—.

El capítulo sale airoso en todo este tinglado —aunque no me convence el giro final— y consigue una buena nota en lo que ofrece: ni más ni menos que una misma escena repitiéndose una vez tras otra y ver como consiguen resolverla los protagonistas, como una suerte de puzzle atípico en el que alguna de sus piezas falla. ¿Es Torquemada esa pieza, o lo es el propio creador del Libro de las Puertas? Estamos ante una incógnita que nunca sabremos porque la historia es así, llena de misterios, algunos de ellos irresolubles.

Este episodio se emitió el 16 de marzo de 2015 en TVE1.

marzo 23, 2015y

16 de marzo de 2015

Los nazis también quieren viajar: 'El Ministerio del Tiempo', episodio 3


El prometido episodio de los nazis, Franco y la capacidad de viajar en el tiempo tentando a Hitler como una golosina a la puerta de un colegio. El tercer episodio de El Ministerio del Tiempo nos ha dado los elementos que a muchos de los que amamos el género de aventuras nos gusta ver de vez en cuando: las tropas del tercer Reich en una trama con temática fantástica, como la que casi nos regala el Hellboy de Guillermo del Toro y sí nos brindó dos de las entregas del famoso arqueólogo que se apellida Jones —como el perro—.

Julián, Amelia y Alonso de Entrerríos, los tres personajes a los que seguimos la pista desde el primer episodio, viajan hasta la época de la guerra civil española para impedir que las tropas nazis se hagan con el Santo Grial que se oculta en la Abadía de Montserrat —reliquia que resulta ser una puerta que permite viajar hasta la época actual—. Esa franja temporal tan bien conocida por el público español —si bien no todos de primera mano, pero sí por la cantidad de representaciones que ha tenido en películas y series— sirve como época única en este episodio que tiene representado hasta el último detalle para que el espectador sienta que verdaderamente los personajes se encuentran ahí y no en otro lugar: uniformes, cascos, armamento, escenarios —bosque, abadía, montaña, etcétera—, y hasta el tren donde viajan Franco y Hitler.


Porque los dos dictadores más famosos del siglo XX son representados aquí con un estilo y una gracia sobresalientes. Es cierto que la caracterización de Hitler no me ha parecido afinada al cien por cien, pero no sería justo compararla con otras actuaciones como la de Bruno Ganz en El hundimiento ya que para el caso nos basta y nos sobra —y el actor cumple sobradamente su papel—, pero Franco es la estrella del episodio, ya que en ningún momento han recurrido al mal gusto ni a la broma para mostrar el dictador —queramos o no, muy reciente en la historia española—, sino que simplemente lo han plasmado tal cual era: con su voz aflautada, su reconocible físico y lo que su personalidad produce en otras personas —véase Hitler, quien en uno de los momentos comenta que preferiría comerse su propio pene antes que volver a reunirse con él—. Es decir, el episodio es perfectamente creíble gracias a estas dos figuras históricas, además de la ambientación propia de la época y al potente casting de actores que consiguen llevar el tema de los personajes nazis a un nivel bastante alto, sobre todo porque los que interpretan a nazis dominan el alemán, y eso ayuda muchísimo a meterse en la materia.

En cuanto al resto de situaciones del episodio, los protagonistas tienen que vestirse para la ocasión y que sus ropajes no desentonen con el entorno. En determinada altura del episodio tenemos a un Alonso de Entrerríos vestido como un guardia civil y manejando una ametralladora que, cosa de esperar, le gusta bastante —como las motos—. Y si en anteriores episodios Alonso y Julián tuvieron sus momentos, ahora es Amelia Folch quién tiene que descubrir una parte de sus pasado en una época más avanzada que la que dejó atrás, pero su destino como personaje no es más agradable que el de sus compañeros: sabemos que el tiempo no perdona, ni siquiera para uno mismo. Paradojas temporales aparte, los espectadores saben que en la época actual tanto Amelia como Alonso están más que muertos y enterrados.


Queda la intriga por saber de qué lado está ese personaje ambiguo que hasta ahora ha aparecido en momentos claves de la trama, su origen e intenciones. Es sumamente intrigante, y quizá es uno de los personajes, junto al director del Ministerio y otros personajes que trabajan con él, que más interrogantes plantea junto a la posibilidad de que los nazis hubieran tomado el Ministerio y la historia hubiera tomado otros derroteros, quizá hacia la distopía —eso es lo que pretende evitar el Ministerio, que el mundo sea peor de lo ya es en determinados momentos—.

“Cómo se reescribe el tiempo” es una gran adición a El Ministerio del Tiempo que le hace mantener el nivel demostrado anteriormente: en una época totalmente distinta a la de los veteranos de Flandes, de Lope de Vega y de los reyes católicos, lo que sin duda deja algo aturdido al espectador, pero a propósito —la guerra civil española es un avance temporal tremendo respecto a las anteriores ambientaciones que hemos visto—. El humor sigue siendo una constante, y sin él la serie no tendría la misma garra, como lo demuestra la reprimenda del director del Ministerio a Velázquez por su afición a retocar obras suyas viajando en el tiempo, incluso cuando estas ni siquiera le habían hecho famoso.

Y Ambrosio Spínola, menudo momento —de los que se recuerdan en cualquier serie y que resulta ser un buen uso de un deus ex machina, sobre todo cuando te lo puedes permitir de acuerdo a la lógica interna de la serie—; tan sólo le ha faltado exclamar un «Yippee Ki-Yay!», y lo que todos conocemos que viene después.

Este episodio se emitió el 9 de marzo de 2015 en TVE1.

marzo 16, 2015y

9 de marzo de 2015

Persiguiendo a Lope de Vega: 'El Ministerio del Tiempo' episodio 2


Después de un comienzo de serie francamente espectacular que ha puesto El Ministerio del Tiempo como una de las series españolas más prometedoras de los últimos tiempos, estaba por comprobar si el segundo episodio mantendría el mismo interés en el espectador. Pero vaya si lo ha conseguido: no solo ha cumplido con las expectativas al introducir en la trama al célebre Lope de Vega, sino que sostiene el listón dejado por el primer episodio, que ya de por sí era alto.

Lejos de querer entrar en materia de qué datos históricos son fieles o no –que lo son–, si tal cosa fue exactamente así y demás temas derivados de cualquier discusión entre entendidos de historia, lo cierto es que El Ministerio del Tiempo es una serie para los que quieren disfrutar de un entretenimiento de aventuras sin complejos, desconectando el cerebro –¡semiapagado, pero siempre alerta!– para únicamente dejarse llevar por las imágenes y saber lo que pasará en la siguiente entrega de este folletín que bebe del buen pulp. Porque todos buscamos en algún momento de nuestra existencia divertidos e imposibles argumentos que nos hagan desconectar de la vida diaria y sorprendernos con la fantasía o la ciencia ficción, ¿o no es verdad?


En el segundo episodio de El Ministerio del Tiempo las cosas no parecen pintar demasiado bien para Lope de Vega, uno de los autores con más carrera literaria de todo el Siglo de Oro español: morirá en uno de los barcos de la Armada Invencible. Pero ese no es el problema, sino este: si su muerte no ocurre como dicta la historia el transcurso del mundo de las letras españolas no será el mismo sin el mujeriego dramaturgo, razón por la cual podría darse una línea temporal distinta. Es ahí donde entran los agentes del Ministerio: deben encontrar a Lope en la Lisboa de 1588 y evitar que suba al barco que se hundirá frente a las cosas inglesas.


Este segundo capítulo se caracteriza por varios aspectos fundamentales y que de seguro los espectadores han reparado en ellos: una buena compenetración entre personajes –cada uno tiene su momento y pone en práctica sus talentos–, una ambientación sobresaliente –los efectos digitales no «cantan» en absoluto si tenemos en cuenta el presupuesto del que goza la serie– y escenas variadas de romance, diálogos de taberna, alguna que otra pelea y momentos de investigación que consiguen mantener un equilibrio en una trama muy fluida y llena de matices.

El guión ha sido escrito pensando sobre todo en Alonso de Entrerríos –nuestro capitán Alatriste particular–, aunque los otros dos personajes del grupo también tienen ocasión de lucirse –sobre todo Julián, quien parece querer poner en práctica cada truco aprendido en bares y billares de barrio–. El veterano de los tercios de Flandes tiene ahora más motivos que nunca para utilizar una de las puertas del tiempo del Ministerio, ocasionando con ello una interesante paradoja temporal similar a la del primer episodio y llena de sentimientos: por la vida perdida, la nostalgia, el tiempo irrecuperable, etcétera. Temas que han estado presentes en la serie desde el primer minuto y que se suman a la sempiterna pregunta que todos los personajes y nosotros mismos nos hacemos en cualquier historia sobre viajes en el tiempo: ¿se puede cambiar el pasado?


¿Y Lope de Vega? Un poco más y me olvido de hablar de él. El actor escogido para el papel da mucho el pego, incluso tiene una parecido asombroso si echamos mano de cualquier retrato del dramaturgo. Víctor Clavijo siempre ha sido un buen actor y hace un gran trabajo interpretando el papel de Lope de Vega, tanto es así que no sería mala idea recuperarle para algún capítulo posterior de la serie. Lo mismo podemos decir de Miguel Rellán, quien hace de funcionario e intermediario entre los viajeros del tiempo y la época en que transcurre el episodio: su participación es un soplo de aire fresco, y si El Ministerio del Tiempo se va a convertir en un desfile de buenos actores, salimos ganando por todos lados.

Recordad que tenéis una cita con El Ministerio del Tiempo todos los lunes a eso de las 22:35 en TVE1. El episodio de los nazis seguro que aporta el toque de oscuridad y peligro que no han tenido los dos episodios emitidos hasta ahora.

marzo 09, 2015y

2 de marzo de 2015

'El Ministerio del Tiempo', gran debut televisivo de ciencia ficción


Se ha convertido de la noche a la mañana en una serie de moda, por lo menos para aquellos que gusten del fantástico, y en todo un ejemplo a seguir de cara a como hacer una serie de estas características en España. El Ministerio del Tiempo era (y todavía lo es, ya que queda muy poco para que se emita el segundo capítulo) una apuesta arriesgada porque su argumento no tiene necesariamente que gustar a todo el mundo (como al fin y al cabo tampoco Victor Ros o Isabel, y son obras de gran éxito), y precisamente ahí radica su triunfo: por la valentía mostrada a la hora de lanzar a la audiencia de este país un producto fantástico, lo que no es decir cualquier cosa.

El argumento de El Ministerio del Tiempo es tan sencillo como sumamente atractivo y lleno de posibilidades: bajo tierra se oculta un departamento que vela por la seguridad de la historia a lo largo de todas las épocas, gracias al cual todos los mortales que desconocemos su existencia podemos respirar tranquilos y seguir con nuestras efímeras vidas. El Ministerio tiene agentes repartidos por toda la historia, los cuales se encargan tanto de mantener la seguridad en sus respectivos periodos históricos como de servir de enlace con el presente.


Hasta aquí parece una idea atractiva, pero lo es aún más por la manera en que los creadores de la serie se han servido de la premisa de la serie para narrarnos una historia ágil con montones de situaciones que o bien nos sacan la sonrisa o nos mantienen pegados al televisor para querer saber lo que pasará a continuación.

Es gracias a su mezcla de géneros que El Ministerio del Tiempo se mantiene por sí sola: aventura, historia, ciencia ficción y fantasía, todo a partes iguales y sin una gota que salpique a los demás. En conjunto todo ello da al espectador lo que busca, que se entretenga mientras espera ver qué personaje histórico asoma por la esquina. Porque no negaremos que es muy divertido ver a Velázquez paseando entre habitantes del siglo 2015 dentro del propio Ministerio, ver a dos franceses de la época napoleónica entrando en una famosa librería madrileña en busca de información y que luego salgan pitando con un libro en las manos (¿la manera de presentar la escena no os recordó a El día de la bestia de Álex de la Iglesia?), o que las naranjas (o puede que fueran mandarinas) que comen los personajes en el Ministerio tengan que ser importadas de una huerta valenciana de otra época (toma chascarrillo). Ese tipo de situaciones son las que en realidad gustan al espectador, el colocar elementos en apariencia tan dispares entre sí, pero que casan muy bien juntos. Es el gusto por lo extraño, por la maravilla, por lo diferente, ¿acaso no es esa la sensación que buscamos cuando leemos fantasía o vemos una película de ciencia ficción?


El tema del tiempo es uno de los factores que sin duda más llaman la atención en El Ministerio del Tiempo, ya que hace que el espectador se plantee diversas cuestiones como por ejemplo qué pasaría si alguien hubiera impedido la Segunda Guerra Mundial asesinando a Hitler antes de que comenzara el mayor drama del siglo XX, o si nunca hubiera habido una Revolución Francesa. Ese tipo de cosas son las que hacen trabajar el cerebro del espectador, lo que lo mantienen despierto, atento y curioso. El gran acierto y el motor que impulsa El Ministerio del Tiempo.

Los personajes, por lo demás, han sido muy bien retratados, tanto que enseguida nos familiarizamos con ellos, sobre todo gracias en lo tocante al buen nivel actoral que tiene la serie: todos ellos actúan de manera muy natural, soltando de vez en cuando expresiones coloquiales («no va a ser bueno el jodío, si es Velázquez»). Julián Martínez (Rodolfo Sancho), Amelia Folch (Aura Garrido) y Alonso de Entrerríos (Nacho Fresneda) forman la tríada protagonista de El Ministerio del Tiempo y sus correspondientes caracterizaciones no han podido ser más acertadas: un habitante de 2015, una de las primeras mujeres que asistieron a una universidad española a finales del siglo XIX y un soldado español de los tercios de Flandes de 1570 componen el grupo de agentes a los que por ahora vamos a seguir la pista. Cada uno tiene una perspectiva del mundo totalmente diferente debido a la época de la que proceden, por eso son valiosos para determinado tipo de misiones.


El trabajo de Garrido y Sancho son notables, pero la impresión que tengo es que el personaje interpretado por Nacho Fresneda ha causado una sensación especial, sobre todo por su parentesco con el capitán Alatriste, a quien mencionan en varias ocasiones mostrando incluso un ejemplar de la primera novela escrita por Arturo Pérez-Reverte (y que el propio personaje roba de una librería para leerlo más tarde en su propia época, ya que no tiene ni idea de a qué viene que todo el mundo le llame Alatriste; ahí va la paradoja temporal). Hemos de reconocer que sin Alonso de Entrerríos la serie no sería lo mismo, porque le da ese punto aventurero que de otra forma quizá no tendríamos en igual medida, sin por supuesto desmerecer a los otros personajes. No por nada El Ministerio del Tiempo comienza con él, con una forma muy acertada en mi opinión de introducir al espectador en la serie.

En relación a esto quiero recalcar el clásico ejemplo de grupo de personajes con habilidades diversas que terminan trabajando juntos, como en las aventuras de toda la vida o en juegos de rol como Dragones y Mazmorras, por poner un ejemplo. El enfermero del SAMUR bien podría ser el sacerdote con aptitudes curativas, la chica universitaria es la sabia del grupo (la que aporta conocimientos arcanos históricos y populares) y Alonso de Entrerríos es la fuerza bruta, el guardián que protege a los demás y se encarga de los aspectos más puramente físicos de la misión.

En resumen, el primer episodio de El Ministerio del Tiempo ha sido una gran toma de contacto con una serie que, espero, se mantenga durante muchas temporadas con el mismo nivel que ha demostrado. El nivel de actores es muy notable, los efectos especiales son sobresalientes y las posibilidades que ofrece son tremendas, como siempre que el tema temporal e histórico terminan juntos. Por lo demás, es agradable saber que los creadores de la serie son fans de autores que han cultivado la novela fantástica sobre viajes en el tiempo, como Tim Powers, y que bien saben los que han leído Las puertas de Anubis.

«El tiempo es el que es», dice uno de los personajes de la serie. Y no le falta razón.

marzo 02, 2015y


 

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