La novela histórica es un género que me encanta, sobre todo si nos remontamos al periodo clásico. Para mí abrir una novela de este estilo es similar al abrir ventanas al pasado. Me siento protagonista y espectadora al mismo tiempo, y es muy, pero que muy difícil que el libro me aburra o que pase por mis manos sin pena ni gloria. Desgraciadamente, El mercader de Alejandría es la excepción que confirma la regla. No he disfrutado todo lo que cabría esperarse de una historia que prometía ahondar en la no muy conocida dinastía ptolemaica, llegando a aburrirme en muchas ocasiones.
Mi principal problema con la novela ha sido que mis expectativas y el argumento en sí no han ido parejas. La sinopsis de El mercader de Alejandría prometía un argumento cargado de política, intrigas familiares, endogamia, sangre y venganza. Es decir, la historia de un muchacho que escapa de un baño de sangre orquestado por su propio padrastro-tío y que, dado por muerto, juega con una doble identidad para llevar a cabo todos sus deseos de venganza bajo la brillante mirada de la ciudad de Alejandría. Y el caso es que sí, eso mismo es lo que nos da el autor. Pero tengo que decir, con todo el dolor de mi corazón, que he encontrado más pasión en los blogs de novela histórica donde he aterrizado para empaparme y escribir esta reseña que en la propia narración de la novela. El principal problema de El mercader de Alejandría, a mi humilde entender, es que tiene el mismo ritmo que un libro de texto y la misma voz que un catedrático de historia clásica, deteniéndose muchas veces en detalles aparentemente irrelevantes y despachando de un plumazo otros que darían mucho más juego de cara a ser novelados. Y este es el principal problema: la novelización de la historia. He sentido que falta acción, falta interacción entre los personajes, faltan diálogos creíbles, naturales, menos modernizados y más a tono con el periodo histórico que presentan, y sobran datos, muchos datos, que enlentecen el ritmo interno de la novela.
El estilo del autor tampoco ha casado conmigo: lo he notado poco fluido para mí gusto. Hay frases tan largas, construidas a base de oraciones subordinadas una detrás de otra, que llegas a pensar que el punto y seguido ha dejado de existir. También hay una serie de muletillas (“luego de”, por ejemplo) que me han hecho pensar en la necesidad de un buen corrector de estilo para que la novela hubiese brillado en consonancia con su prometedor argumento. No me entendáis mal, a nivel documental, la novela es sobresaliente: realmente hay un gran trabajo de investigación detrás y salta a la vista desde la primera página. El problema ha sido la forma tan textual y ensayística de presentarla, su escasez de diálogos y la falta de interacción entre los personajes. Además, no he conseguido desarrollar ningún tipo de empatía con ellos. Digamos que me daba un poco igual lo que el destino les tuviese deparado tanto a Ptolomeo como a su madre, Arsínoe.
En cuanto a la edición de Algaida, sigue la tónica de todas sus publicaciones: tapa blanda reforzada con solapas, papel normal, buen interlineado, letra adecuada, mapas, un árbol genealógico imprescindible para entender los matrimonios endogámicos típicos de las dinastías faraónicas y un glosario de personajes, que he consultado varias veces y que me ha sido de mucha utilidad. En ese aspecto, no tengo queja alguna, palabra.
En definitiva, El mercader de Alejandría es una buena forma de acercarse a un periodo histórico poco conocido para el público en general: la dinastía ptolemaica. Dinastía que rigió los destinos de Egipto desde la muerte de Alejandro Magno hasta su anexión por el Imperio Romano, y cuyo mejor exponente es un desconocido príncipe que pasó gran parte de su vida dedicado a la venganza, moviendo los hilos de Alejandría, entre las sombras.
Ficha técnicaFecha de publicación: 15 mayo, 2014. Editor: Algaida Editores. Géneros: Novela histórica.
Traducción: -. Páginas: 472. Precio: 18 €. Electrónico: Sí. Correlación: Lectura independiente.

















































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