Título original: Oz the Great and Powerful.
Dirección: Sam Raimi.
Guión: Mitchell Kapner, David Lindsay-Abaire, L. Frank Baum (por las novelas de Oz).
Producción: Walt Disney Pictures, Roth Films.
Banda sonora: Danny Elfman.
Nacionalidad: Estados Unidos.
Duración: 130 min.
Estreno en España: 8 de marzo, 2013.
Temática: Fantasía, aventuras.
Correlación: Independiente, aunque se trate de una precuela de
El mago de Oz.
El cine de fantasía goza de buena salud en la actualidad, no necesitamos más que volver atrás la mirada para darnos cuenta de la cantidad de películas de temática fantástica que han sido estrenadas en un corto periodo de tiempo. Un resurgir que ha sido potenciado en parte por el estreno durante las pasadas navidades de
El Hobbit: Un Viaje Inesperado, la nueva película de Peter Jackson a partir de una obra de J. R. R. Tolkien, abriendo así la veda para todo un sinfín de películas que nos transportan hasta mundos fantásticos que sólo pueden existir en nuestra imaginación –o puede que existan ahí fuera, esperando a ser descubiertos, aunque por ahora sólo sea en las páginas de un libro o en la pantalla del cine–. Es el caso de las películas basadas en cuentos tradicionales o novelas juveniles de renombrado éxito, como
El Hobbit, o también como la que ahora nos ocupa, la enésima adaptación o reinterpretación fílmica del entorno de fantasía creado por el entusiasta de la literatura infantil
Lyman Frank Baum, padre de todo un sinfín de posibilidades fantásticas que tienen lugar en la
tierra de Oz, una de las ambientaciones de fantasía más populares del pasado siglo –curiosamente, marcando el territorio exactamente en 1900–, y que ha servido para cimentar o moldear toda la literatura juvenil del siglo XX, siendo uno de los primeros mundos de ficción de la que bebe toda literatura juvenil fantástica.
El atrevimiento del productor y director
Sam Raimi por regresar al mundo de Oz con una precuela de la historia original –titulada
El maravilloso mago de Oz, en lugar de
El mago de Oz, que es la abreviatura para la primera obra de teatro producida– ha dado como resultado un entretenido y agradable paseo por ese vistoso mundo que el equipo creativo de
Alicia en el País de las Maravillas –la película de Tim Burton que adapta la obra de Lewis Carroll– ha producido gracias a los estudios de Walt Disney Pictures con la que se notan ciertos paralelismos, como por ejemplo la presentación del nuevo entorno. Es cierto que el nombre del director puede echar para atrás a cualquiera que se anime a echar un vistazo a la película, más teniendo en cuenta que es considerado –no sólo por el que escribe esta crítica– como uno de los peores artífices, aunque con éxito, de la industria del cine y la televisión, a ejemplos como la degeneración paulatina de las aventuras de
Hércules o
Xena, la princesa guerrera me refiero, sin dejar de mencionar la en ocasiones ridícula
Spider-Man 3.
Dejando de lado el estigma de su nombre, lo cierto es que
Oz, un mundo de fantasía es
un espectáculo visual de principio a fin que se deja disfrutar con atención, con una secuencia inicial en blanco y negro con sonido monocanal que resulta memorable por el contraste que supone con el resto de la cinta –todo un homenaje al cine clásico, formando parte de ese
revival que está teniendo últimamente la industria de Hollywood con obras como
La invención de Hugo o
The Artist–, más moderno si cabe con efectos digitales que destacan sobre todo en la creación de personajes o escenarios, gracias a las herramientas avanzadas por ordenador que permiten una mayor soltura a la hora de dar vida a un mundo de fantasía como es el caso, aunque los animatronics, las maquetas a escala o los
matte paintings siguen siendo una opción perfectamente válida que dieron su buen resultado en películas clásicas del género fantástico como
Willow o
Dentro del Laberinto sin necesidad de alardes tecnológicos, y estoy convencido de que no habrían sido lo mismo de haber contado con la tecnología actual. El momento en que el sonido mono e imagen en blanco y negro del "The Baum Bros. Circus" deja paso a la gama de colores completa y al sonido Dolby se queda grabada en la mente del espectador como hizo en el momento del tráiler. La banda sonora ha sido realizada por
Danny Elfman, la cual sobresale en los intrigantes e imaginativos títulos de crédito –acordes con la etapa antigua que tratan de emular–, pero se mantiene discreta durante el resto de la cinta, algo similar a lo que ocurrió en
Alicia en el País de las Maravillas, quizá debido a la falta de ideas que hace reincidir una y otra vez en el personal estilo musical del compositor que siempre asociamos con las películas de aires "tenebrosos" de Tim Burton.
Pero pese a esa apariencia de modernidad digital que abunda en cada fotograma de Oz, un mundo de fantasía, se respira un cierto aire a clásico, no ya por el comienzo de la cinta como si de los inicios del cine se tratase, sino por la sensación que tenemos en ocasiones de acompañar de nuevo a Dorothy por el camino de baldosas amarillas, solo que en esta ocasión la joven de Kansas es sustituida por el joven ilusionista que termina aterrizando en la tierra de Oz gracias a un globo aerostático y a un terrible tornado como el que transporta a Dorothy hasta las verdes praderas del mágico mundo. Estamos ante una precuela en toda regla, que no sólo sienta un precedente en la filmografía relacionada con el escenario inventado por L. Frank Baum, sino que forma parte de él como en su momento lo hizo la película de Victor Fleming con Judy Garland como protagonista en 1939. Pero salvando las distancias con la más popular adaptación conocida por todos, Oz, un mundo de fantasía tiene también esa intención de maravillar –creo que es lo que buscamos todos en una película de fantasía, o en cualquier película en general–, puede que acercándose a lo que sintieron aquellos primeros espectadores de la cinta de Warner Bros en los años cuarenta, pero tan acostumbrados estamos a los efectos digitales, a la saturación de opciones de entretenimiento, que es imposible que sintamos el mismo efecto de la maravilla, qué duda cabe, pero la intención está ahí para cada tipo de espectador, quien recogerá lo mejor de la cinta para adaptarlo a sus propias experiencias.
Si en lugar ahora,
Oz, un mundo de fantasía se hubiera estrenado hace cincuenta años, estaríamos hablando de un hito del cine, pero que en la segunda década del siglo XXI se queda en una película entretenida que trata de plasmar –y lo consigue– las muchas maravillas que podemos encontrar en el mundo de Oz,
munchkins incluidos. Tiene un inicio magnífico, pero en su mayoría, salvo algunos detalles, no sorprende ni su factura digital ni interpretativa, donde hablamos de un
James Franco que hace bien su papel como el joven cobarde y socarrón que ansiaba una salida a su vida pero que no quiere decir que acabar en Oz sea lo mejor –tengo que admitir que para mi ha sido el mejor personaje de todos–, aunque por otro lado
Rachel Weisz resulta discreta en todo el metraje, mientras que
Mila Kunis, insegura al principio, cobra fuerza en su personaje con la transformación en el clásico icono que todos conocemos –incluso está por ahí Bruce Campbell, presente en todas las películas del director–. Detectamos cierta exageración en la interpretación de todo el elenco de actores, incluso en los personajes digitales como el mono alado o la muñeca de porcelana, lo que nos da que pensar que es cosa del director la insistencia en personajes que resultan en cierto modo demasiado predecibles incluso para tratarse de una obra infantil –bien por la dirección de los actores o la construcción de sus
alter ego–, una de sus características o defectos principales, porque Sam Raimi consigue dotar a cada una de sus creaciones de un tono de parodia del que es difícil desprenderse y que automáticamente asociamos con él. En el caso de
Oz, un mundo de fantasía, no es la excepción, aunque sí es cierto que se encuentra en mucha menor medida que en por ejemplo, los casos mencionados anteriormente, ¿porque acaso el poderoso Mago de Oz no es un charlatán, un farsante?
El tono de precuela de todo un grande de la fantasía ha sido acertado por más que no dejamos de atisbar referencias a la historia original, no ya a la película de 1939 solamente, sino a todo el imaginario de El mago de Oz, desde el viaje por el camino de baldosas amarillas hasta la Ciudad Esmeralda, pasando por las criaturas que pueblan su reparto, el tema de las brujas buenas y malvadas o el sentimiento de compañerismo en el que también hace hincapié El mago de Oz, sentando las bases para una historia que se mantiene perenne en la conciencia colectiva como también han hecho otras obras de igual calado como Alicia en el País de las Maravillas, La Guerra de las Galaxias o Blancanieves y los Siete Enanitos. No será desde luego la última adaptación fílmica o para la televisión que veremos en los años venideros de la obra cumbre de L. Frank Baum, pues cada cierto tiempo la historia nos es recordada de una forma u otra, como lo hizo esa última versión para la televisión titulada Tin Man. Que de esa futura adaptación se encargue Sam Raimi es otra historia, pero desde luego el mundo de Oz ha sido explotado en multitud de novelas y más recientemente cómics, de la que El mago de Oz o, en este caso Oz, un mundo de fantasía, es la punta del iceberg. Una película de fantasía entretenida, que tiene sus defectos pero que resulta igualmente recomendable en muchos de sus aspectos –mis momentos favoritos se encuentran en el tramo final y en la secuencia inicial–, sobre todo para los que han dejado volar su imaginación para quedarse en las coloridas tierras de Oz.