Los paralelismos con varias de las obras del autor son evidentes. La más significativa comparación es con
El juego de Ender, donde podemos encontrar a un muchacho con problemas familiares, donde sus dotes para un fin superior le convierten en alguien único, quizá el más poderoso de su entorno, y donde al fin y al cabo
el autor nos relata el paso a la madurez desde una óptica adolescente o infantil dejando atrás el conocido lecho familiar. Con esa premisa debemos tener claro el desarrollo de
La puerta oculta, salvo que el parecido con
El juego de Ender es pura coincidencia de no ser por los detalles comentados. Para empezar, el autor
nos introduce en un trasunto de mitología nórdica bien cuajado, que hace brillar la ambientación por sí sola. El mero hecho de afirmar que las diferentes Familias distribuidas por toda Midgard sean una versión deteriorada de los dioses de antaño que han ido alimentando las mitologías y panteones de las culturas del globo, me parece loable. Además,
el autor salpica todo el conjunto con grandes dosis de magia, explicando un sistema mágico creíble, bien cimentado (como nos explica en el epílogo que podemos encontrar al final del libro), y coherente con la ambientación sugerida. Fantasía urbana en la que los magos existen, apartados del mundo cotidiano de los mortales, eso sí, pero sin que éstos tengan constancia de su existencia en la actualidad, lo que se transcribe como un símil de que la capacidad de creer del ser humano –la creencia en potencias superiores o entidades mágicas– se diluye con el paso del tiempo.

Prefiero obviar los detalles de la novela para no destripar todo su contenido y sus constantes sorpresas, pues
el estilo de Orson Scott Card se desliza como un guante por nuestros pensamientos, sus diálogos, concisos y directos, avanzan una trama efectiva y entretenida –salpicada con algunos detalles a lo
Oliver Twist que me han parecido deliciosos–, con dos caminos paralelos y que se conduce por sí sola hasta el sorpresivo desenlace. Lo mismo para la evolución del personaje principal, acorde a la de un chico de doce años que tiene todo un mundo de posibilidades por descubrir, que acaba de darse cuenta de que posee poderes excepcionales, su chulería inicial, sus choques de realidad, etcétera.