La cuarta temporada de American Horror Story recupera el tono de sus inicios.
Imaginemos a un Ed Wood modern; en parte, un visionario: una idea dispar tras otra, amontonadas hasta crear proyectos surrealistas que esperan ser obras maestras. Un fan: amante del cine, lleno de referentes contraculturales, tan apasionado por lo que ha visto y leído que empapa su trabajo de todas estas referencias. A diferencia de Ed Wood, este sucesor moderno tiene talento, y sobre todo el dinero, la influencia y el respeto de la industria por sus éxitos previos –Nip Tuck y Glee (sigh)–, de modo que ahora tiene el aval para hacer lo que quiera, como quiera y con quien quiera. Y lo quiere es un plantel de actores envidiable en el que destacan Jessica Lange, Kathy Bates, Zachary Quinto, Frances Conroy, Joseph Fiennes, Ian McShane y Evan Peters entre muchos otros. Éste Ed Wood moderno es Ryan Murphy y su criatura American Horror Story: cuatro temporadas –la cuarta acaba de empezar y ya se ha confirmado una quinta– de un éxito contundente.
Imaginemos a un Ed Wood modern; en parte, un visionario: una idea dispar tras otra, amontonadas hasta crear proyectos surrealistas que esperan ser obras maestras. Un fan: amante del cine, lleno de referentes contraculturales, tan apasionado por lo que ha visto y leído que empapa su trabajo de todas estas referencias. A diferencia de Ed Wood, este sucesor moderno tiene talento, y sobre todo el dinero, la influencia y el respeto de la industria por sus éxitos previos –Nip Tuck y Glee (sigh)–, de modo que ahora tiene el aval para hacer lo que quiera, como quiera y con quien quiera. Y lo quiere es un plantel de actores envidiable en el que destacan Jessica Lange, Kathy Bates, Zachary Quinto, Frances Conroy, Joseph Fiennes, Ian McShane y Evan Peters entre muchos otros. Éste Ed Wood moderno es Ryan Murphy y su criatura American Horror Story: cuatro temporadas –la cuarta acaba de empezar y ya se ha confirmado una quinta– de un éxito contundente.
Sin ninguna duda American Horror
Story es una de las series del momento, un fenómeno televisivo de
los que pueden convertirse en objeto de culto. Lejos del éxito
masivo de Breaking Bad, True Detective o House of
Cards, la criatura de Ryan Murphy se mantiene con un núcleo
abundante aunque no tan atronador de seguidores muy fieles. A
diferencia de aquellas, American Horror Story (AHS en adelante)
es una flor rara, no para todo el mundo. Y donde aquellas seguían un
desarrollo ordenado y bien planificado que tras el duro trabajo de
sus actores y guionistas lograba un producto soberbio, AHS es puro
caos. Y eso es magnífico.
Bajo el formato de antología, cada
temporada es una historia autoconclusiva que gira en torno a alguno de
los grandes referentes del terror: una casa encantada (AHS: Murder
House), un asilo para enfermos mentales (AHS: Asylum), una escuela de
brujas (AHS: Coven) o un circo de monstruos y curiosidades (AHS:
Freak Show); el casting es casi el mismo, y todas son hijas directas
de Ryan Murphy, pero se pueden ver perfectamente por separado y en el
orden que se quiera.
La serie es una extravagancia de
arriba a abajo. No se debe esperar coherencia interna, ni
necesariamente una evolución sostenida de los personajes; todo es
teatral, todo es pose, efecto, luces de colores, humo y espejos. En
los aspectos técnicos, combina flashbacks y flashforwards rodados al
modo habitual o presentados a modo de película dentro de la propia película; recrea momentos que parecen de videoclip, injerta el
musical cuando le apetece, usa la pantalla partida e innumerables
trucos visuales para enfatizar la historia o señalar las
contradicciones internas de sus personajes; lo ata todo con bandas
sonoras espectaculares y remata con festivales de gore, sexo y
fetichismo que le dan el punto decadente necesario.
Argumentalmente, es un excéntrico aún mayor. En la segunda temporada –Asylum–, se mezclaba a una monja sádica encargada de un sanatorio con médicos ex-nazis, extraterrestres, mutantes, posesiones infernales, ángeles de la muerte, asesinos en serie, fetichismo, justicia y venganza; fue una temporada maravillosa sin sentido alguno que nos dejó momentos antológicos (The name game, la seducción del monseñor, la visita del ángel o el Papá Noel, el sótano del asesino), sin duda mi favorita. La primera palidece a su lado, ya que seguía un desarrollo mucho más lineal, y se limitaba a apariciones fantasmales y a los inevitables psicópatas, pero aún así sigue siendo una historia muy digna y sumamente entretenida. Pero la tercera fue una decepción –para mi, aunque no para muchos otros que la encumbran como su favorita–, cuando el tono oscuro y malsano de las temporadas que la habían precedido perdió fuerza en favor del embrollo teenager entre las aprendizas de bruja que bien podrían haber sido mutantes en casa de Charles Xavier por cómo sus habilidades «hechiceriles» se limitaban a cierto poder que cada una esgrimía cual superhéroe, y que terminó con un final lamentable.
Argumentalmente, es un excéntrico aún mayor. En la segunda temporada –Asylum–, se mezclaba a una monja sádica encargada de un sanatorio con médicos ex-nazis, extraterrestres, mutantes, posesiones infernales, ángeles de la muerte, asesinos en serie, fetichismo, justicia y venganza; fue una temporada maravillosa sin sentido alguno que nos dejó momentos antológicos (The name game, la seducción del monseñor, la visita del ángel o el Papá Noel, el sótano del asesino), sin duda mi favorita. La primera palidece a su lado, ya que seguía un desarrollo mucho más lineal, y se limitaba a apariciones fantasmales y a los inevitables psicópatas, pero aún así sigue siendo una historia muy digna y sumamente entretenida. Pero la tercera fue una decepción –para mi, aunque no para muchos otros que la encumbran como su favorita–, cuando el tono oscuro y malsano de las temporadas que la habían precedido perdió fuerza en favor del embrollo teenager entre las aprendizas de bruja que bien podrían haber sido mutantes en casa de Charles Xavier por cómo sus habilidades «hechiceriles» se limitaban a cierto poder que cada una esgrimía cual superhéroe, y que terminó con un final lamentable.
En estos momentos se emite la cuarta
temporada, Freak Show. Resulta evidente la inspiración (en
algunas escenas literal: el cáliz y el One of us) con la
fantástica Freaks de Tod Browning (1932), película que en
su momento escandalizó hasta tal punto que acabó con la carrera de
su director y estuvo prohibida en cines de medio mundo durante
décadas –siendo cine de culto hoy en día–. Ryan Murphy la homenajea a
su manera, e incluye entre el elenco a Jyoti Amge –quien ostenta el
récord de mujer más pequeña del mundo– ideando para el resto del
casting habitual deformaciones varias y las adereza con una
deformación cronológica que le permite usar en 1952 canciones de
David Bowie (Life on Mars es omnipresente incluso en el nombre
del personaje de Jessica Lange, Elsa Mars) o Lana del Rey, con un
efecto memorable.
¿Qué podemos esperar de esta cuarta
temporada? De entrada ha recuperado el tono de las dos primeras:
rumbo directo hacia la locura y el escándalo, y quizás ha aprendido
de la tercera el toque de glamour necesario para llegar a un público
mayor. Al contrario que su inmediata predecesora, aquí Murphy no
salta de una línea argumental a otra dejándolas todas inconclusas o
mal acabadas sino que parece haberse centrado en mantener un solo
arco. No sé qué nos aguardará la cuarta temporada, porque aún le
queda recorrido: pero de momento, con la emisión de un magnífico quinto capítulo realmente impresionante –hasta ahora el mejor de la temporada–, que llega justo cuando aún estábamos babeando con el maravilloso doble episodio de Halloween y la aparición de Edward Mordrake, las expectativas son altísimas.




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