Levita, guantes y traje a medida; repeinado, con bastón y revólver. Altivo, observador, en ocasiones tramposo, petulante, descreído, mordaz hasta el extremo y, sobre todo, increíblemente sagaz. Así es Silas Corey. Su "tarjeta de presentación" editorial lo dice todo: «
Detective. Espía. Asesino. Canalla o héroe. Eso depende del cliente...».
Dibbuks bien puede anotarse un tanto por el acierto de traernos en un integral, de exquisito formato, las dos historietas que componen las aventuras hasta ahora publicadas del personaje creado por
Fabien Nury y
Pierre Alary, apenas unos meses después de su aparición en Francia gracias a
Glénat. Genuino cómic de detectives, con un brillante protagonista central (como exige el género), combina en la misma receta un regusto a clásico de intriga –atmósfera de época incluida– y expresión de BD renovadora. No me cuesta nada afirmar que estamos sin duda ante uno de los mejores tebeos del año.
Con ese porte de antihéroe y de figura atribulada por su pasado del que acostumbran hacer gala los intérpretes de género negro,
Silas Corey cuenta con las singularidades necesarias para codearse con otros personajes famosos de la literatura universal de ficción detectivesca y del cómic sobre investigadores de todo pelaje. No en vano le bastan un puñado de viñetas para mostrarnos su atractiva arrogancia y sus dotes de sabueso.
Protagonista carismático, revestido del mohín cínico y del halo misterioso que rodea a sus análogos –a quienes no tiene nada que envidiar– aúna la enjuta compostura y el talento de la talla de
Sherlock Holmes (también gusta, por cierto, de la pipa de fumar) con métodos de lucha criminal propios de un
Dick Tracy. Por supuesto que también posee el típico doble fondo y ese carácter excéntrico tan común en su especie: si
Poirot ocultaba tras su proceder intachable y escrupuloso una serie de desquiciantes manías obsesivo-compulsivas y
Philip Marlowe no podía disimular su estampa de lobo solitario, en Silas, tras esa fachada de gentleman aséptico y reservado, hay una codicia por el mejor pagador a la vista y cierta irreverencia que constituyen sus señas de identidad. En todo caso, como le recuerda
Nam, su criado y ayuda de cámara vietnamita, es un "tipo con recursos".
París, 1917. La Primera Guerra Mundial ha llegado a un punto de desgaste en el que ninguno de los bandos avanza posiciones y los muertos se cuentan por millones a ambos lados de las trincheras, que aguantan a duras penas los embates armados en tanto que las maniobras de espionaje y toda clase de conspiraciones políticas tratan de inclinar la balanza hacia una facción u otra. Un periodista llamado
Hector Casella intercepta un sello con un mensaje cifrado que podría suponer un vuelco completo a la contienda. Pero agentes alemanes irrumpen en su apartamento y el informador debe darse a la fuga.
“Un extenso trabajo de documentación que recurre a personajes e instituciones reales, así como eventos y anécdotas”
En la redacción de su periódico, el patriota
Georges Clemenceau, principal opositor del extenuado gobierno francés, cita al otrora reportero y posterior soldado desmovilizado Silas Corey, que impone onerosas condiciones para encontrar a Casella. Su misión: recuperar el misterioso sello que confirme los indicios colaboracionistas del actual presidente del consejo, en connivencia con la influyente viuda Zarkoff, dueña de la más poderosa industria armamentística de la época y sospechosa de vender secretos de estado al enemigo. Al aceptar la oferta, Corey se introduce en una red de maquinaciones y se verá trabajando al mismo tiempo para muchos de los implicados, entre los que surgen nuevos y ávidos competidores como los agentes del servicio de inteligencia del ejército, un antiguo romance del pasado... y Aquila, un adversario a la altura de su ingenio.
El ciclo completo que compone la trama de
La red Aquila con sus dos álbumes puede encontrarse en este volumen integral de tamaño europeo que, afortunadamente, nos permite leer la historia de un tirón, sin tener que aguardar con impaciencia a que se reanude en siguientes entregas alargadas en el tiempo, ni caer en la intranquilidad de que la aventura quede descolgada por avatares editoriales. El relato se extiende con habilidad a lo largo de estas dos partes, adquiriendo poco a poco su ritmo, siendo la primera una exposición de la trama, donde además se coloca convenientemente a todos los peones en juego sobre el tablero, y su continuación, aunque no haya un paréntesis muy apreciable que marque la separación entre una y otra (no hubiera estado de más añadir la portada original del segundo tomo), en la que ya se dispara la acción.
Fabien Nury rubrica aquí su trabajo más reciente tras demostrar con
Érase una vez en Francia (por Norma Editorial) su soltura en el género negro, los enredos históricos y los guiones de inspiración bélica. El contexto histórico no puede estar mejor descrito: los mismos personajes (ayudados por un bienvenido apéndice en las páginas finales) son los encargados de ponernos al corriente de la coyuntura por la que atraviesa el deprimido país durante el conflicto militar, pero sin que dichas explicaciones ralenticen la cadencia de la aventura, ni mucho menos. Antes bien, el autor maneja un
thriller incansable de espías y agentes dobles, donde las investigaciones del protagonista discurren simétricamente a una acción
in crescendo.
Todos los ingredientes que aparecen en cómics de corte policial o de espionaje (como la archiconocida "XIII", en cuya serie derivada Nury ha participado poniendo letra a uno de sus álbumes) los podemos encontrar también en "Silas Corey": huidas y persecuciones pistola en mano, juegos de diplomacia, ardides conspiratorios, asesinatos, trampas que se tienden los principales rivales en sus desencuentros, rencillas políticas... con la omnipresente aventura amorosa que sale a flote de nuevo. El argumento no será el colmo de la originalidad, pero compone
un puzzle muy ameno donde todas las piezas acaban encajando, aunque al principio nos sintamos un poco perdidos en el planteamiento de relaciones y lealtades. Quizás ésa sea la única pega que se le pueda poner al guión; es lo bastante enrevesado como para exigir que la lectura sea atenta y reflexiva.
El marco histórico de la Gran Guerra, como también se denominó al primer enfrentamiento armado a escala global, ofrece un sinfín de posibilidades que los autores han sabido exprimir a fondo, a pesar de que las fuentes acostumbren ser menos prolijas con este episodio bélico que con el subsiguiente que tendría lugar entre 1939 y 1945. La recreación infundida en las páginas de esta obra certifica
un extenso trabajo de documentación que recurre a personajes e instituciones reales, así como eventos y anécdotas (las primeras escuchas telefónicas, la utilización de gases letales, la Oficina Segunda, los duelos en el aire entre aeroplanos enemigos que evocan las hazañas del Barón Rojo, etc.) recogidas directamente de las crónicas de dicho periodo. Una de las virtudes de este cómic en ese aspecto es que, una vez leído, se trata de los que te hacen acudir a la enciclopedia (bueno, más bien a internet hoy en día) para confirmar tal o cual detalle, e indagar acerca de determinados personajes verídicos que intervienen en la aventura, lo cual es un mérito del que no todo tebeo pretendidamente histórico puede presumir.
El conjunto de personajes también puede parecernos el típico de una historieta basada en esta vertiente de suspense y acción, donde alrededor del incorregible y perspicaz galán –además de la
femme fatale de turno, que encarna en este caso la seductora
Marthe Richer– orbita una galería de secundarios, de quienes es fácil caer en la tentación de establecer sus álter ego con la ejemplarizante obra de
Conan Doyle. Así, el servicial Nam vendría a ser una especie de Dr. Watson, el coronel Ledoux haría las veces de inspector Lestrade o el insidioso Aquila, temible agente del Kaiser, pasaría tal vez por Moriarty. Pero todos cumplen su papel ganándose una identidad propia, así que no por previsibles se les puede achacar la menor falta ni caer en símiles que no conducen a ninguna parte.
En cuanto al excelente trabajo de
Pierre Alary, pocas (por no decir ninguna) pega se le puede poner. En un repaso rápido, basta echar un vistazo a
Belladona y a
Simbad (ambos títulos editados también por Dibbuks en castellano) para comprobar que ya en su trayectoria anterior el dibujante exhibe una manifiesta calidad gráfica. Con "Silas Corey" su evolución es notable y Alary se supera a sí mismo gracias a un trazo magnífico y fluido que no deja nada al azar, y sin olvidar sus orígenes en el campo de la animación consigue aportar a los personajes una genial caracterización.
Pero no se queda sólo ahí, ya que la recreación de ambientes y vistas del París de la época, tanto de interiores (mención especial a la escena que se produce dentro de las Galerias Lafayette) como de planos más generales es igualmente admirable. La guinda del pastel la pone la variada paleta del colorista
Bruno García que logra arrancar las tonalidades adecuadas según el escenario y el momento, con planchas que se suceden entre las sombras nocturnas de los callejones parisinos a los alboreados paisajes de las trincheras. No es necesario por tanto incidir en que dibujo y color son uno de los grandes atractivos de este cómic, que además se permite algún que otro guiño a la historieta francobelga más clásica (ese botones de hotel se da un aire demasiado cercano a Spirou para pensar que el parecido sea puramente casual).
No hay duda que Pierre Alary se convierte en un autor de referencia y un nombre destacado de la BD actual, de quien cabe esperar un trabajo de altura con la adaptación de
Moby Dick en la que se encuentra inmerso.
Con Alary como autor de la casa y una agenda de lanzamientos entre los que últimamente siempre hay propuestas cuando menos llamativas, Dibbuks está consolidando un portfolio realmente efectivo. La edición de "Silas Corey" ha resultado ser idónea, en tapa dura y a tamaño grande, con el epílogo de notas acompañadas de unos cuantos bocetos del dibujante para cerrar este elegante volumen. Un díptico que todo amante de los relatos de detectives no debería perderse y cuya relectura seguro que arroja nuevos matices.
Tengo el pálpito de que el buen hacer de sus autores y la estupenda acogida del personaje nos traerán más Silas Corey en un futuro. Entretanto, regálense una grata aventura que reivindica el tebeo directo y absorbente, recomendado hasta la fecha por librerías y crítica de toda índole, pero sobre todo por los lectores, los primeros en responder favorablemente. Y no es para menos: comprobadlo por vosotros mismos.