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11 jul. 2017

5 razones que demuestran que ‘Añoranzas y pesares’ es un clásico de la fantasía

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Recién iniciada la continuación de la famosa saga, estas cinco mejores razones te animarán a leer la obra de Tad Williams y descubrir cuál es la serie de libros que inspiró a otros autores como George R. R. Martin.


Como bien sabéis los que seguís nuestras noticias, Robert Paul “Tad” Williams publicó a principios de año The Heart of What Was Lost, una novela corta ambientada un año después de los acontecimientos que cerraban la narración de “Añoranzas y pesares” que sirve por tanto de puente o introducción a lo que será su trilogía secuela, cuya primera entrega, The Witchwood Crown, se publicó hace tan solo un par de semanas. Imagino que habrá muchos que estarán salivando ante la perspectiva de volver a sumergirse en Osten Ard, y que al mismo tiempo clamarán al cielo preguntándose por qué no han adquirido el nivel suficiente de inglés como para leerla ya. Por ahora no podemos ofrecer la exclusiva de si alguna editorial va a dar un paso al frente para acometer su publicación en español, mucho más pensando que lo último —nuevo, quiero decir, ya que hace poco se ha reeditado La canción de Cazarrabo— que se publicó de Tad Williams, “Shadowmarch”, fue lanzado por Alamut gracias a una suerte de mecenazgo  y que el autor parece tener alguna que otra maldición en lo que respecta a ser publicado en España.

Por suerte, o por desgracia, dentro del panorama actual de lectores del género fantástico hay una gran cantidad de personas que, sea por edad o por falta de alguna que otra ocasión idónea, no han tenido contacto con la tetralogía de “Añoranzas y pesares” —me referiré a ella con el subfijo -tetra, ya que es así como se editó en España—, publicada a finales de los años ochenta y principios de los noventa. Esto quiere decir, queridos lectores y lectoras, que considero abierta la veda para presentar cinco razones por las cuales hay que lanzarse de cabeza a leer la mencionada serie. Es cierto que a día de hoy no es es fácil encontrar ejemplares de ella tras haber pasado tantísimos años desde su última publicación y haber sido condenada al exilio por parte de los editores de este país —si queréis más detalles sobre esto, aconsejo encarecidamente leer el artículo ¿Por qué Tad Williams es uno de los autores de fantasía peor tratados en España?—. Aparte, también podéis encontrar un gran popurrí de opiniones sobre ella que pueden llegar a desanimar al más pintado o inspirar tal deseo de leerla que veo a cualquiera que lo intente armado al más puro estilo Indiana Jones haciendo arqueología literaria por las librerías y almacenes de viejo.

Es alta fantasía


Recuerdo que este tema surgió hace demasiados años en los foros por los que nos movíamos muchos de los fanáticos de la literatura fantástica. Por aquel entonces no existían los blogs como los conocemos hoy en día y los portales eran simplemente un tropel de gallineros. En ellos se daban muchos debates interesantísimos que harían palidecer a los programas más salvajes de actualidad política de nuestra televisión por la vehemencia de los alegatos que allí se hacían —a día de hoy sé que no hubo un claro ganador en aquella discusión—. Supongo pues que me gusta empezar fuerte y me siento en la obligación de recoger el testigo de “aquellos maravillosos años” para reclamar un trofeo que siempre le he reservado a las novelas que conforman la tetralogía de “Añoranzas y Pesares”: el de encontrarse entre los cinco primeros puestos de esos libros que para mí conforman esa “alta fantasía”.

Muchos de los que hablábamos de este concepto nos basábamos en varios puntos determinantes. Uno de ellos debía ser el de las características mágicas. Una novela de “alta fantasía” no podía carecer de ese elemento misterioso que le otorgaban las artes ocultas más primigenias, que además venían siempre aderezadas por la aparición de razas especiales que le daban al trasfondo un peso y una presencia mucho más real, aunque parezca una contradicción. Otro debía ser el de la calidad narrativa, una que no llegase a ser pesada ni pomposa, pero que nos permitiese obtener hasta el más mínimo detalle de su entorno fantástico —principalmente medieval— sin ningún tipo de dificultad. Y como no, el último punto pero no menos importante, el ambiente carismático que conformaban los personajes más interesantes de la historia y que no siempre tenían que ser los protagonistas iniciales. Lo que contaba al fin y al cabo era que hubiese epicidad por todos los poros. No estábamos leyendo un cuento infantil repleto de colorines, sonrisas y rayos de sol, sino una historia cruenta que nos hacía temer por la supervivencia de nuestros personajes favoritos.

El necio, el héroe y el villano: salsa de caracteres 


Me encantan las novelas en las que ciertos roles no son detectables a simple vista o en las que el autor juega contigo y te va introduciendo nuevos tipos de personaje a medida que avanzas en la lectura. En “Añoranzas y Pesares” no está el típico protagonista que es fantástico en todo lo que hace, desde que empieza hasta que acaba. Aquí se tiene la ocasión de paladear eso que antaño se utilizaba mucho, lo que viene siendo “un guión complejo”. Desconozco si es solo cosa mía o es que me he vuelto más exigente con los años, pero me he dado cuenta de que últimamente las novelas de nueva factura —ni quiero generalizar, ni quiero especificar, dejémoslo en que hay nuevos tipos de lectura que suelen ser algo simples para mi gusto— no son especialmente complicadas, por no decir que son “más simples que el mecanismo de un botijo”. En pocas ocasiones he visto un argumento que haga falta seguir con dedicación casi devota, o que utilicen los giros de guión para sorprender al lector, incluso por las acciones heroicas de sus personajes.

En “Añoranzas y pesares” se paladea la sorpresa cuando el que inicialmente parece el villano resulta ser el necio, el que parece el héroe santurrón es el villano, y que quien inicialmente parecía el necio tiene visos de convertirse a fuerza de palos en héroe. Que conste que con esto no estoy revelando nada de la trama —ya sabéis que, salvo que se indique lo contrario, por aquí no soltamos spoilers a troche y moche—. Por tanto, lo que quiero decir con esto es que estamos ante una lectura que hace pensar en cada uno de los protagonistas que se presentan: desde Simón, Elías e Isgrimmur, hasta Geloë, pasando por Pryrates o el mismo Ineluki. Al fin y al cabo, es una narración de aquellas en las que te hacía falta un dramatis personae para tener bien claro quién era quien, pero no porque todo resultase ser un lío tremendo en el que hasta el tabernero del segundo pueblo que recorren los personajes tiene nombre y abolengo —lo siento, si no menciono “La rueda del tiempo” exploto—, sino porque les terminas cogiendo verdadero amor y odio a muchos de ellos y quieres tenerlos bien localizados.

Ruinas, civilizaciones e imperios, ¿perdidos?


Hay una norma no escrita en todas las novelas de fantasía que, doy por hecho, está directamente influenciada por nuestra sociedad, nuestra historia y la forma que tenemos de basarnos en los mitos, leyendas y tradiciones, para construir nuestras creencias sobre una base sólida que ofrezca cierta sensación de seguridad, a la vez que de ominoso aviso por si nos descarriamos demasiado a lo largo del camino. Me refiero a eso que quedó prácticamente olvidado, a lo que nos sirve para poder construir encima nuestra nueva civilización supuestamente perfecta, a lo que puebla nuestra mente de seres sobrenaturales e irreales que eran más sabios, guapos y listos que nosotros, y que en ocasiones ofrecen a la humanidad esperanza cuando ya creíamos que no quedaba ni una gota.

En unos casos ya no se sabe nada de ellos y se les idealiza; también los encontramos en aquellos cuyo recuerdo se ha perdido en el tiempo y la información que se tiene de ellos es difusa, y en otros casos todavía existen y han alcanzado el rasgo de leyenda viva. La cuestión es que siempre se tienen de fondo para dar vida a lo que de otra forma no sería más que atrezzo para la historia que el autor quiere contar y normalmente son determinantes en la narración dando a entender que las leyendas también forman parte del mundo real de los protagonistas. En el “El tapiz de Fionavar” de Guy Gavriel Kay eran los lios alfar; en “El ciclo de la Puerta de la Muerte” de Margaret Weis y Tracy Hickman eran los patryn; en El señor de los anillos de J. R. R. Tolkien eran los Istari; en “Las crónicas de Belgarath” de David Eddings eran los ulgos. En “Añoranzas y pesares” son los sitha, una clara referencia a los Eldar de Tolkien.

Como no podía ser menos, también tendremos la oportunidad de recorrer esas ruinas que antaño fueron parte de civilizaciones mucho más prósperas que en la que viven los protagonistas de la historia. La capacidad que tiene Tad Williams de describir este tipo de entornos es simplemente perfecta. A diferencia de muchos nuevos escritores a los que parece que les cobran por las palabras que incluyen en el texto, dedicándose a enumerar simplemente los elementos que aparecen en escena como si estuviesen narrando teatro, este autor es capaz de ser directo, conciso y a la vez poder transmitir mil detalles con la menor cantidad posible de palabras sin llegar a parecer una calculadora, algo que, honestamente puedo decir, últimamente echo mucho de menos en mis lecturas.

La Liga del Pergamino, la resistencia


Admitámoslo, una de las cosas que más nos gustan en una historia es que haya personajes que quieran arriesgarlo todo por un ideal, algo que les haga tener la sensación de que están luchando por algo más grande que ellos mismos. En las novelas de fantasía no es el patriotismo, tampoco es la riqueza —tampoco en el caso de los villanos, pues es un recurso muy soso—, es la salvación de la humanidad y de “las personas buenas” de ese mal absoluto que todo lo quiere engullir. Parece que no, pero al igual que se hacía con los cuentos hace cientos de años, la novela fantástica también sirve como recurso para ilustrar las miserias del individuo y cómo enfrentarse a ellas. Es una forma fantástica de evadirse de este mundo donde nada parece tener solución para viajar a otro aparentemente mucho más oscuro, pero en el que hasta el más humilde tiene la capacidad de sobreponerse a la adversidad y, ya sea mediante el uso de su magia o de sus habilidades en la lucha, salir airoso.

Mientras que Star Wars tiene a la Alianza Rebelde, “Añoranzas y pesares” tiene a la Liga del Pergamino, un grupo de sabios y eruditos que conocen todo lo que se puede conocer de Osten Ard, sus posibles villanos, sus mitos, leyendas, tradiciones, características mágicas y cómo reaccionar ante un posible mal de proporciones épicas. Los miembros de la Liga son los que mueven conciencias, los que dictan el camino a seguir, los que deciden enfrentarse ante el mayor de los males, normalmente en inferioridad de condiciones, porque saben que su superioridad moral los hará prevalecer sobre todas las cosas.

Un final digno de debate


Evidentemente, no voy a contar cómo acaba la tetralogía. Diré simplemente que otra de las razones para leer esta serie es porque desde sus más tiernos inicios su final ha recogido opiniones de lo más diversas. Hay quienes pensamos que por aquella época un mosquito llamado Spielberg debió picar a Tad Williams y que el famoso director de cine lo poseyó durante un momento bastante desconcertante, haciendo que prefiriera finalizar la narración en el penúltimo capítulo y no en el último como tal; otros consideran que es una buena forma de cerrar la saga, con una proporción justa de drama, felicidad, puntos suspensivos y un gran hachazo —lo siento si soy algo críptica en este aspecto, pero imagino que entendéis la razón—.

Así que La Torre del Ángel Verde tiene dos finales que sirven para hacerte sentir como te sentías en los noventa cuando te lanzabas al ruedo de los foros, armado hasta los dientes de las pullas más hirientes, los argumentos —a nuestro entender— más sólidos y, por supuesto, un montón de ejemplos de finales sobre los que apoyar las pertinentes reclamaciones. En aquella época eran pocos los foros que tenían los contactos suficientes como para poder organizar una entrevista con Tad Williams para preguntarle según qué cosas. Lo bueno es que hoy en día todo es posible y estoy convencida de que el bueno de Tad nos dejaría enviarle una entrevista con todas vuestras dudas, quejas y exigencias, que sería de lo más interesante.

Y montada sobre un lobo de camino a un desfiladero lleno de enanos...


Habréis visto que estas cinco razones por las que leer “Añoranzas y pesares” no son una lista como las que habréis visto en otras ocasiones. La razón es que esta serie es una de mis preferidas y he tratado ser lo más sincera y objetiva posible sin llegar a mostrarme como la “fan girl” que soy de este escritor. Es cierto que vivimos tiempos muy movidos en los que estamos acostumbrados a deglutir lecturas sencillas que no nos hagan perder demasiado el tiempo, que puedan ser llevadas al cine o a la pequeña pantalla en breve —de forma que podamos matar dos pájaros de un tiro— y que además no nos compliquen mucho la vida con sus personajes porque parecen sacados de un “manual de estereotipos para el escritor pluriempleado”.

El tema es que esta es una de esas sagas que conforman “los grandes clásicos de la literatura fantástica” y que hay que leer para no seguir viviendo en pecado, ya que muchos de los nuevos libros que posiblemente gusten a los que están leyendo este artículo estén inspirados en “Añoranzas y pesares” y en el estilo de Tad Williams. En todos los géneros hay ciertos nombres que se mencionan como imprescindibles. Para mí Tad Williams está a la cabeza de esa lista de fantasía y la continuación de esta serie me parece un motivo más que razonable para animaros a sumergiros en la arqueología bibliófila y a patrullar las tiendas de antiguo y los almacenes llenos de polvo, esos que llevan ahí veinte años o más, para que si todavía no habéis conseguido los cuatro libros de “Añoranzas y pesares” que sacaron en España —o los ocho de la edición de bolsillo, o los de letra minúscula de la edición de kiosco—, los encontréis cuanto antes y los hagáis vuestros guardándolos allí, “al otro lado de la esquina de vuestra mente, donde la realidad es una intrusa y los sueños se hacen realidad” —la cita está sacada de la Enciclopedia de las cosas que nunca existieron de Michael Page, edición de Anaya de 1998—.

Para ilustrar este artículo he contado con algunos fragmentos de las cubiertas de la saga publicada por la editorial alemana Hobbit Presse, así como con las inestimables e icónicas ilustraciones que hizo Michael Whelan en su momento.

comentarios

Buenos días! Estoy muy de acuerdo con su comentario sobre la saga. Me gustaría saber que otros 4 sagas interpreta como alta fantasía

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El legendario artista de fantasía heroica y ciencia ficción podría haber ilustrado El Señor de los Anillos de J. R. R. Tolkien, pero el proyecto nunca salió adelante.

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