Mi espada, mi conjuro.
La puerta. Magia.
La mazmorra. Un troll.
Nos gusta la fantasía

"Sabe, oh príncipe, que entre los años en que los océanos anegaron Atlantis y las resplandecientes ciudades [...] hubo una edad no sonada en la que brillantes reinos ocuparon la tierra como el manto azul entre las estrellas."

LA

en la tinta

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8 feb. 2016

John Wyndham despierta al Kraken

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Los seres que acechaban en las profundidades.


John Wyndham (1903-1969) es uno de los grandes nombres de la ciencia ficción británica, sobre todo por dos de sus obras: El día de los trífidos (1951) y Los cuclillos de Midwich (1957), la última llevada dos veces al cine como El pueblo de los malditos (la más reciente a cargo de John Carpenter). En el mundo literario y como novela, El día de los trífidos es seguramente su mejor obra y la que más ha influido en generaciones posteriores. Los cuclillos de Midwich sin embargo, gracias a las adaptaciones a la gran pantalla, es probablemente más conocida: sus niños de pelo blanco y ojos azules, pequeños asesinos con poderes mentales, se han homenajeado y parodiado en multitud de medios. La obra que nos ocupa, El Kraken despierta (1953), fue su siguiente trabajo tras saltar a la fama con su relato de las desventuras de un superviviente en un mundo postapocalíptico plagado de plantas carroñeras.

En las obras de Wyndham luces extrañas en el cielo marcan el principio del fin, como antaño lo pronosticaban los cometas. En El día de los trífidos era una lluvia de meteoritos verdes que cegaron a todos cuantos los vieron; en El Kraken despierta luces rojas (quizá aerólitos o astronaves) que empiezan a caer en las zonas abisales del océano. Como en aquella primera novela, en El Kraken despierta una voraz inteligencia despierta para disputar a la humanidad el dominio del planeta. Aquí terminan por desgracia las similitudes. Quizás si Wyndham hubiera copiado más a conciencia su primer trabajo el resultado habría sido mejor, ya que El Kraken despierta puede resumirse con una palabra: tediosa.

La premisa inicial, el escenario, es atractivo y sugerente. Están las simas abisales, uno de los mayores misterios que quedan en la Tierra: grietas tan profundas que nunca han visto la luz del sol, cubiertas de un cieno que cae lentamente desde los estratos superiores, formado por los restos descompuestos de la vida que prospera más arriba y que resulta casi imposible allí, a diez, once mil metros de profundidad. En una de las coincidencias que son marca de la casa en la obra de Wyndham es precisamente a estas grietas inexplorables adonde se precipitan las luces (u objetos) rojas. Y es en estas profundidades donde la presión es insoportable que se desarrolla algo decidido a terminar con el dominio humano del globo.

Wyndham teoriza con la idea de que no es posible que en un mismo ecosistema sobrevivan y prosperen dos especies inteligentes, que su enfrentamiento es inevitable. Esta teoría se ha explotado varias veces y desde enfoques muy diversos en la ciencia ficción, e incluso se ha explorado entre la comunidad científica, en debates bajo la hipótesis de la naturaleza, hostil o no, que tendría un primer contacto.
En El Kraken despierta Wyndham coloca todas estas piezas en el tablero: un entorno atractivo, misterioso y siniestro (la fosa abisal) de donde procede una amenaza (alguna clase de ser inteligente) dispuesta a acabar con nosotros. Y la naturaleza de esta amenaza es interesante, también las hipotesis que plantea sobre su procedencia, su aspecto y sus métodos para interactuar con nosotros. Wyndham tiene todas las piezas dispuestas, pero una vez las ha colocado las mueve de la peor manera posible.

Wyndham teoriza con la idea de que no es posible que en un mismo ecosistema sobrevivan y prosperen dos especies inteligentes
Los protagonistas son una pareja de periodistas. Él es el narrador, ella su apuntadora. Como periodistas han sido testigos excepcionales desde el principio de todo lo que ha pasado. Pero como testigos puros su implicación ha sido entre nula y escasa. Y este es el problema. La escala del conflicto es enorme, e implica multitud de actores: gobiernos de todos los países del globo, la comunidad científica, los militares, distintos grupos sociales. Y de todos ellos Wyndham se centra en aquel cuyo trabajo consiste en documentar, no participar de la acción. ¿Donde están los debates sobre qué hacer, cómo y por qué? Nuestros protagonistas los viven de segunda mano, cuando todo ya está decidido. ¿Donde está la emoción del primer contacto, del encuentro directo entre un humano y un ser de otro mundo? Alguien debe haberla sentido, pero no nuestros protagonistas, que apenas ven a la criatura. ¿Dónde queda la desesperada tensión de saber que se está perdiendo una guerra y saberse responsable de intentar girar las tornas? En alguna parte, no en las cabezas de nuestros protagonistas. No hay apenas drama, tensión emocional. En un exceso de flema británica, cuando en un momento dado mueren dos marineros el asunto se expone de un modo tan llano, tan desprovisto de emoción, que bien podría haber sido el relato del fin de un par de ficus expuestos demasiado tiempo al sol. El mismo tratamiento reciben el resto de tragedias que, en una novela de este tipo, azotan la civilización.

Y el error, insisto, son los protagonistas. Ellos son periodistas: la mayor parte del libro lo dedican a escribir documentales sobre los extraños sucesos que ocurren en otras partes. Documentan que tal o cual barco ha desaparecido sin dejar rastro. Que una población ha sido arrasada y todos sus habitantes han desaparecido. Hablan con científicos (a los que se refieren en todo momento como "cerebritos"), escuchando lo que estos tengan que decir, pero sin poder aportar nada propio.


Son, en el fondo, personas corrientes. Pero también lo eran los protagonistas de El día de los trífidos o de Los cuclillos de Midwich, incluso los de Las crisálidas. El punto de vista del hombre de la calle puede ser valioso, entretenido y sumamente efectivo para presentarnos un relato de este tipo, y en estas otras novelas Wyndham lo demostró. En El Kraken despierta no es así. Cuando llega finalmente el escenario en que Wyndham se siente verdaderamente cómodo, el derrumbe de la sociedad, el entorno postapocalíptico, ya han transcurrido dos terceras partes del libro. Los periodistas, ahora supervivientes, ya han aburrido tanto el lector que no siente demasiada empatía por sus azares y de todos modos tampoco queda tiempo por desarrollarlos, porque termina el libro. Y lo hace con una especie de deus ex machina que recuerda el final de otro gran clásico —este sí, digno de su estatus—: La guerra de los mundos de H. G. Wells.

Si no me parece que el enfoque de la historia sea el correcto, tampoco me parece que lo sea el desarrollo. Si dejamos de lado a la pareja protagonista, aún quedaría la posibilidad de dar valor al libro gracias a narrar las cosas de un modo interesante: de pintarnos un cuadro (a través de estos reportajes que ambos escriben) que resulte por lo menos atractivo. También en esto falla el autor. Lo que nos explica es cómo reacciona la bolsa ante el peligro que de pronto supone viajar por mar: nos muestra una sociedad que tan pronto está horrorizada ante hechos inexplicables como aborregada por intereses materiales. Explora —y esto podría haber sido interesante si lo hubiera tratado con más seriedad y en profundidad— la manipulación de la información por parte de la prensa, y el como se podría usar en una crisis de esta naturaleza. En un párrafo se pone a defender el derecho del ciudadano de pie a ir armado en su día a día. En resumen, divaga, va a la deriva sin aferrarse a nada y cuando se pone serio acaba copiando elementos de su anterior obra maestra o recurriendo a tópicos tales como el personaje del científico denostado por ser el primero —y el único, aparentemente— que se da cuenta de lo que realmente está pasando.

La visión que tiene de la tensión entre superpotencias propia de la Guerra Fría es una parodia, que resume en un intercambio pueril entre EUA y la URSS que cae en todos los estereotipos posibles. De hecho, no entiendo si todo este fijarse en como la sucesión de hechos inexplicables y agresiones afecta al mercado global es Wyndham intentando ofrecer un relato realista de lo que pasaría si nos atacaran los alienígenas, o un Wyndham llevando la situación al absurdo para criticar el sistema. Si se trata de lo primero, fracasa estrepitosamente aunque sea solo por pura ingenuidad. Para muestra, el modo con que pinta a sus altos cargos del ejército, siempre dispuestos a escudarse con el "secreto oficial", pero que no tienen ningún problema en invitar a un par de reporteros a participar (como testigos) de misiones de alto riesgo y aún mayor secretismo, para después invitarles a cenar y revelarles toda clase de información importante "de forma extraoficial".

Quizás parte del motivo por el cual soy tan crítico con esta novela es por lo mucho que significa para mí El día de los trífidos: fue la primera obra de ciencia ficción que leí hace casi veinte años. Wyndham me parece uno de los autores a reivindicar, a recordar de vez en cuando, y creo que cualquiera que se aproxime por primera vez a su trabajo desde El Kraken despierta no va a entender de donde viene su fama.

Dicho lo cual, ¿a quién podría interesar El Kraken despierta? Posibilemente a completistas de Wyndham, o amantes de la ciencia ficción clásica, o a quienes deseen leer todo cuanto haya disponible acerca de este gran clásico que es el choque de civilizaciones y el primer contacto. Otro posible motivo sería leer la que seguramente es la fuente de uno de los relatos de Los viajes de Tuf, de George R. R. Martin: "Guardianes" parece inspirado en esta novela. 

EL KRAKEN DESPIERTA
Alianza Editorial, col. Runas
Traduce Alejandra Freund
Rústica con solapas 
248 págs. 20 €

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Bastante flojo

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El legendario artista de fantasía heroica y ciencia ficción podría haber ilustrado El Señor de los Anillos de J. R. R. Tolkien, pero el proyecto nunca salió adelante.

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